Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tiempos de Pidna #3
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Tiempos de Pidna #3

—Que los dioses y los comicios nos den el privilegio de ser cónsules y dirigir así a los hombres —deseó con asombro, justo cuando comenzaba a soplar un viento ígneo que parecía provenir de las fraguas de Vulcano. El calor estival macedonio era insoportable.

Astronomía. Madrugada del 21 al 22 de junio

Cayo Sulpicio Galo se consideraba un hombre muy elegante, docto, buen orador, erudito en todas las facetas —sobre todo en las cosas griegas—, de mente refinada y de exquisito cursus honorum. De hecho, había alcanzado la edilidad y la pretura en su edad, y dado que esta última magistratura la había desempeñado justo hacía un año teniendo a la misma ciudad de Roma bajo su jurisdicción, confiaba de largo que en las próximas elecciones los comicios centuriados lo designarían cónsul.

Sin duda, eran todas ellas cualidades para sentirse orgulloso, muchas de las cuales lo habían conducido a la amistad con Paulo y a ostentar el cargo de tribuno militar en la segunda legión. Su estima, en definitiva, estaba tranquilamente colmada.

Sin embargo, por muchos logros que atesorara ya en su vida, había uno que le enorgullecía de modo extremo, provocando que su semblante de tipo trabajador, instruido y humilde brillara con luz propia.

Ese logro no era otro que su enorme conocimiento de los astros, de los planetas y de sus particulares movimientos celestes, porque de astrónomo babilónico o griego tenía casi tanto o más que de ilustre romano.

Decir Sulpicio Galo era evocar a Arquíloco, Píndaro o Tucídides, cuyas sucintas descripciones de eclipses había leído con fruición, visitando al mismo tiempo y en numerosísimas ocasiones la casa de su amigo Marco Claudio Marcelo para ver de primera mano el planetario de Arquímedes, asombroso artefacto traído del sitio de Siracusa que mostraba la luna y el sol rotando sobre la tierra inmóvil junto con las cinco estrellas errantes llamadas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, un maravilloso producto del ingenio de Arquímedes.

Todo ello era maravilloso; también aquella noche.

Porque no era una cualquiera.

Era extraordinaria y sublimemente emocionante.

Por ello, temblando de emoción, pese a que ya estaba autorizado y todo preparado, entró una última vez al pretorio para que Paulo comprendiera bien qué iba a suceder.

Lo encontró con la mirada enfrascada en una gigantesca mesa de roble llena de soldaditos y jinetes que mostraban el hipotético despliegue del ejército, pero ni por estas esperó a que se le permitiera hablar.

—¡Un ciclo de saros! —exclamó con humilde euforia—. ¡Doscientas veintitrés lunaciones o, lo que es lo mismo, dieciocho años, once días y ocho horas! ¡Y aquí estamos! ¡Justamente hoy! ¡En los albores de un nuevo ciclo! ¿No es esto el designio de los dioses? —interpeló como un niño con su nueva espadita de juguete.

Paulo, sus dos hijos, los legados, los prefectos itálicos y los veinticuatro tribunos levantaron la vista con gesto cariñoso. A Galo se le permitía entrar de aquel modo so pena de que sufriera un colapso que truncara su desbordante excitación. Y qué más quería Galo que encontrar un auditorio bien dispuesto y entregado a su ciencia.

—Demócrito de Abdera y Apolonio de Rodas opinaban que los eclipses se producen por un descenso de las órbitas del sol y de la luna —ilustró extasiado—, es decir, por una disminución de la velocidad de sus órbitas, lo que produce que su fricción con el éter sea menor, y todos comprendemos que la fricción produce un brillo que mengua si aquella es menor —se explicó sin demora mientras todos lo seguían mirando embobados por tanta sabiduría—. Sin embargo, yo soy de los que creen que Aristóteles tiene razón, y que un eclipse es el producto de la sombra de un cuerpo celeste sobre el otro, lo que probaría, por cierto, la esfericidad de la tierra cuando el eclipse es lunar en la medida en que el borde circular de la sombra de la tierra se evidencia con gran claridad sobre la superficie lunar —ilustró con maestría antes de aguardar el aplauso. No lo encontró, pero sí la sonrisa de Paulo.

—Sulpicio Galo, todos te esperan ahí fuera. Sal de una vez —le ordenó con afecto, y Galo ya se marchaba cuando le dijo—: Y por todos los dioses, háblales para que te entiendan.

Galo asintió con el rostro tan iluminado como la luna llena que lucía esplendorosa aquella noche, y abandonó el pretorio.

Ya en el exterior dio unos pocos pasos y se detuvo frente a los pocos escalones de madera que ascendían a la tribuna del cónsul. Respiró hondo. Apenas un puñado de hombres en el orbe entero sabían lo que él sabía. Era el momento cumbre de su vida, aquel por el que iba a pasar a la historia. Sintió a su espalda la mirada de Paulo y de todo el consejo militar, abierto ahora en abanico frente al ejército formado en el foro del campamento. «Por ti, Selene», se animó para sus adentros, invocando a la diosa griega que personificaba la luna.

Subió a la plataforma.