Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tiempos de Pidna #2
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Tiempos de Pidna #2

—¿Seguís sin observar nada? —les preguntó nuevamente a sus hijos con rostro inquisitivo al comienzo de la tarde.

—Yo veo lo mismo que antes —reconoció Fabio con cara de despiste. Lo suyo no era la observación.

Emiliano, en cambio, frenó a su caballo, estiró el cuello y miró a su alrededor. Su padre y su hermano se detuvieron con él, rodeados por una maraña de manípulos y cientos de miles de hombres perfectamente formados con su escudo apoyado en el suelo y bien firme el pilum en su mano derecha. A esas alturas del día el calor era ya tórrido, y ni las plumas negras de los cascos parecían poder mantener su orgullosa verticalidad bajo el peso del sol macedonio. Eso sí, las moscas —peludas, verdosas y especialmente habilidosas para ir a posarse machaconamente sobre bocas, ojos y orejas—, atontadas por el bochorno, podían contarse en un número superior al de efectivos humanos. En aquel campo, el sudor regaba el suelo agrietado por el estío.

—¿Y bien? —insistió su padre.

—La expresión de los hombres ya no es tan viva y las voces se apagan —aseveró Emiliano.

—Y muchos se doblan sobre el escudo y se apoyan en el pilum —añadió Fabio con la cara iluminada. Por fin lo comprendía.

Paulo asintió comprensivo.

—Hijos, en ocasiones hay que procurar que se convenzan por sí mismos. Buscad a los tribunos y reuniros conmigo en la cima del cerro —ordenó, y arreó el caballo para seguir recorriendo las filas.

Al rato, aplastados por el calor del comienzo de la tarde, Paulo alcanzó lo alto de la colina, descabalgó y se asomó de nuevo a la llanura, solo, en primera línea, quedando a su espalda sus hijos, los tribunos y los aliados extranjeros, una treintena de hombres escogidos.

—Las tropas esperan la señal —le informó Nasica.

Paulo, nuevamente sin decir nada, se limitó a seguir contemplando lo que estaba al alcance de pocos mortales, un ejército romano en perfecta formación frente a otro macedonio apenas separados por el río Esón. Casi setenta mil hombres. Un ejército, el macedonio, de colores dorados y púrpuras. El otro, el romano, de hierro y escarlata. La imagen era sublime.

—Escuchadme bien —se arrancó sin dejar de mirar a la llanura pero con la voz suficientemente firme para que todos lo oyeran—, ordenad que los centuriones tracen los límites del campamento y que se depositen en su interior los bagajes. Después que las tropas se replieguen ordenadamente. Hoy no combatiremos —anunció de improviso. El discrepante y crítico silencio que sintió en su cogote se percibió hasta en la lejana Alejandría—. Hoy no es el día —insistió, y aguardó las reacciones.

Metelo, para su sorpresa, sin duda por algún maravilloso designio divino o porque por fin tenía algo de cabeza de romano y no de oso atolondrado, se quedó callado como un muerto, pero no su querido y apreciado Nasica. Lo oyó carraspear a su espalda, e incluso pudo imaginar cómo miraba a todos los demás buscando una explicación por aquel cambio súbito de postura. Nasica llegaría a ser, sin duda, uno de los mejores hombres de Roma, pero su juventud, por muy madura y noble que ya fuese, estaba a punto de imponerse a aquel silencio.

—Cónsul —oyó Paulo que balbucía finalmente—, no debemos dejar escapar de las manos a un enemigo que se ha burlado de Roma y de los anteriores cónsules rehuyendo el combate. Si no luchamos, se alejará durante la noche y será preciso ir tras él. ¡No podremos darle alcance y vagaremos por los senderos y gargantas del país! Os lo suplico humildemente, ataquemos hoy mientras tengamos al enemigo en campo abierto. Ataquemos ahora que hemos conseguido desalojarlo del paso del Elpeo. Todos lo creemos. Han sido muchos los sufrimientos para conseguirlo. ¡No dejemos escapar la ocasión para vencer!

La voz implorante de Nasica precedió a un nuevo silencio. Solo se oían los gritos aislados de los mandos macedonios y de los centuriones que, amortiguados por la distancia, sobrevolaban sin estridencias el promontorio. Pero ni un solo tribuno más tuvo a bien exponer su opinión.

Paulo se dio la vuelta, muy despacio. Entrecruzó su mirada con la de Nasica. Como esperaba, no había desafío en ella, solo honrada advertencia. De alguno de los presentes, como del oscuro Servio Sulpicio Galba, no podía decir lo mismo.

De todas formas, era el cónsul y la última palabra no la tenía nadie más que él, Lucio Emilio Paulo.

—También yo, Nasica —comenzó su sentencia—, he tenido la misma convicción que tú tienes ahora, y con el paso del tiempo tú tendrás la misma que yo tengo ahora —aplastó suavemente—. Por mi edad, en los muchos peligros de la guerra he aprendido cuándo se debe combatir y cuándo hay que abstenerse de hacerlo, y no tengo inconveniente, Nasica, de exponer, de exponeros —barrió al resto de tribunos— las razones por las que es preferible no entrar hoy en combate por mucho que Perseo haya sido expulsado del Elpeo. De hecho, estoy tan lejos de arrepentirme que creo que con esta decisión estoy salvando al ejército, pues que cada uno eche cuentas conmigo de cuántos elementos juegan a favor del enemigo y en contra nuestra. Voy a hacerlo frente a ti, Nasica, pero también ante otros que, sin manifestarlo de frente, comparten tu manera de pensar, para que nadie piense que mi criterio está falto de fundamento, ¡por todos los dioses! —exclamó antes de lanzar un nuevo y autoritario repaso.

Y continuó con firmeza:

—En primer lugar, su gran superioridad numérica. Estoy seguro de que todos vosotros sois capaces de ver desplegadas sus líneas y las nuestras. Ellos son cuarenta mil y nosotros apenas veintiséis mil al haber dejado un cuarto del ejército para proteger la impedimenta y bien sabéis que no se deja precisamente a los más flojos para custodiar los bagajes. Pero, aun suponiendo que estuviéramos todos, ¿creéis que debemos entrar en combate sin un campamento que nos proteja? ¿Creéis que no hay diferencia entre ordenar que cada legionario coja sus armas de su propia tienda después de haber dormido y descansado, con sus fuerzas intactas y en pleno vigor físico y mental, frente a otro que llega agotado por el esfuerzo de la marcha, empapado de sudor, con la garganta seca de sed y con el rostro y los ojos cubiertos de polvo cuando abrasa el sol del mediodía? ¡Por todos los dioses! ¡Tenemos enfrente a un enemigo fresco que acude al combate con unas fuerzas que no se han agotado! ¡Incluso un inepto para la guerra nos vencería, más si cabe cuando ellos se han preparado anímicamente y han ocupado ordenada y tranquilamente sus filas mientras que nosotros estamos formando precipitadamente! —reprochó de modo plúmbeo.

Repasó de nuevo a todos, que le miraban ahora, casi todos, como corderitos. No había terminado.

—No se puede salir al combate de forma impulsiva —machacó cada palabra—, sino con un campamento fortificado a nuestra espalda, previsto el abastecimiento de agua, dispuestos destacamentos para asegurar el acceso a ella y tras explorar por completo los alrededores. ¿Es que tengo que recordar que vuestros antepasados consideraban que un campamento fortificado constituye un puerto de donde el ejército sale al combate y donde tiene un abrigo cuando es zarandeado por la tempestad de una batalla? El campamento es la segunda patria del soldado. La empaliza hace las veces de las murallas. Y la tienda es su casa y sus penates —advirtió antes de fulminar todas las miradas. Luego posó su mirada en Nasica.

»Pero aún habrá quien piense que el enemigo, mediando esta noche, puede marcharse, y que deberemos afrontar muchas penurias persiguiéndolo hasta el interior, hasta los últimos confines de Macedonia. Pues bien, yo estoy seguro de que Perseo no se habría quedado si hubiera decidido alejarse de aquí. ¿No le resultaba mucho más fácil marcharse cuando estábamos lejos que ahora cuando nos tiene encima? Después de haber intentado asaltar su campamento protegido por la orilla del Elpeo, ¿qué podría haber más deseable para nosotros que atacarlos por la retaguardia en llanuras abiertas cuando marchase en desorden tras abandonar sus fortificaciones? ¿Creéis de verdad que es tan pusilánime cuando no hemos podido derrotarlo en tres años? No, señores, Perseo va a luchar. Y nosotros lo haremos mañana, y con la razón de la autoridad de un viejo cónsul. ¿He sido suficientemente claro?

—¡Entendido! —reculó de inmediato Nasica.

—¿Entendido? —reiteró Paulo. No todos parecían compartirlo. Se notaba en los semblantes enrevesados de algunos—. ¿Entendido? —reiteró con dura intensidad.

—¡Entendido! —condescendieron algunos y rumiaron otros.

Paulo tensó las mandíbulas.

—Está todo dicho —remarcó con natural poderío—. Quiero que se tracen los límites del campamento en las faldas del monte Olocro, donde pueda divisarse la llanura de Pidna. Y cuando esté hecho y los bagajes depositados en su interior, quiero que se retire del campo la última línea de triarii, después la de los principes y por último la de los hastati, por si el enemigo hace algún movimiento, comenzando en todos los casos por el ala derecha. ¿Está claro?

—¡Lo está! —prorrumpieron casi todos.

—Eso sí —continuó Paulo—, quiero que los vélites y la caballería cubran el repliegue, manteniéndose al frente de la formación, y solo cuando el último de los hastati esté dentro del campamento y con las empalizadas y los fosos terminados, se retirarán. ¿Entendido?

—¡Así se hará! —obedeció Nasica, más estirado que un palo.

—Bien, comunicadlo a los hombres. Y hacedlo ya, no debemos mantenerlos en tensión gratuitamente —exigió, y se dio la vuelta para escrutar de nuevo la llanura.

En la agitación que sucedió, Fabio miró a Emiliano.

—¿Crees que algún día seremos capaces de lo que padre acaba de hacer? —barbotó por lo bajo con un rostro tan expresivo en el que podía leerse con claridad: «Qué lección acaba de estamparles en la cara».

Emiliano cabeceó sonriente.