Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tiempos de Pidna
44%

Tiempos de Pidna

Macedonia, 21 de junio de 168 a. C.

Una nueva lección

Paulo trotó hasta lo alto del cerro, uno más de aquellos que como pequeñas olas parecían avanzar suavemente por la amplia llanura que se extendía entre las faldas del monte Olocro, a su izquierda, y las aguas brillantes y azuladas del mar Egeo, a su derecha.

No iba solo. Nasica y Metelo lo seguían junto con el prefecto del ala derecha itálica y otros cuatro tribunos militares de la segunda legión. No faltaban tampoco, aunque un poco más alejados por prudente respeto jerárquico, sus hijos Fabio y Emiliano. El resto de los miembros de su consejo mayor se reunirían pronto en la cima de aquel promontorio conforme el ejército en marchas forzadas fuera aproximándose.

Paulo alcanzó la línea divisoria de la colina, deteniéndose en su collado. Miró abajo, a la inmensa llanura que en aquel punto se encontraba atravesada por dos anchos y plateados ríos cuyas aguas buscaban mansamente el Egeo.

—Son los ríos Esón y Leuco —informó el explorador de la patrulla de reconocimiento que había dado la señal de alarma.

—¡Más ríos no, por todos los dioses! —barritó Metelo.

—Las aguas no llegan a la altura de la rodilla y las orillas no están fortificadas —aclaró el explorador.

—¡Por Hércules, qué buena noticia! —se alivió Metelo.

Paulo, en cambio, emitió una especie de suspiro. Lo que le preocupaba no eran los ríos Esón y Leuco, sino la estremecedora imagen que se abría a ojos de todos, a saber, el gigantesco ejército macedonio perfectamente formado en la llanura, distinguiéndose magníficamente a vuelo de pájaro cada una de sus unidades: la enorme falange en el centro; la infantería pesada de los curtidos y veteranos peltastas, los etolios y los beocios en los flancos de la falange; la caballería macedonia y sus cuatro mil jinetes en los extremos del despliegue; y la infantería ligera junto con los odrisios, los galos y los tracios compactados agitadamente en vanguardia; todo ello en un vasto y profundo océano de infantes, jinetes, estandartes, mantos púrpuras, escudos de bronce, otros blancos, cascos áticos y cónicos y reflejos dorados proyectados por los rayos de un sol inclemente. Al menos cuarenta mil efectivos.

—¡Allí está el rey! —exclamó de pronto Emiliano con un cierto deje de asombro por tamaño espectáculo, señalando el flanco derecho del enemigo, donde enseñoreaban al aire la insignias reales y los estandartes de la agema, los dos mil combatientes de élite que conformaban la guardia real junto con una parte de la más selecta caballería macedonia.

—Y más allá de todos ellos, el reino de Alejandro —intervino Nasica, insuflado por los aires de grandeza y confianza que le dominaba desde su recientísima victoria en el monte Olimpo.

—¡Ansío escupir en su tierra! —ladró Metelo.

—¡Hagámoslo hoy mismo! —se entusiasmó uno de los tribunos de la segunda legión.

—¡Entremos ya en combate! —pidió extasiado otro tribuno.

Paulo volteó su cuello para observar las caras de todos aquellos que se iban apelotonando a su espada conforme iban llegando al montículo, ya fuesen legados, tribunos militares y aliados extranjeros como el mismísimo Atalo de Pérgamo. Pese a que era una sorpresa mayúscula que Perseo ofreciera el combate porque todos lo creían huyendo y huyendo hacia el interior de su reino, no había en ninguno de los rostros de los suyos vacilación alguna, sino pura excitación y deseo de liquidar al rey ese mismo día. Pero quien debía decidir era él. Solo él.

Se volvió de nuevo y escrutó reflexivo la llanura.

Habían transcurrido dos días desde que Nasica, con su victoria en lo alto de Petra, provocara la huida caótica de Perseo hacia el interior de su reino, abandonando la línea fortificada del río Elpeo.

De esta guisa, enfervorizados todos, reunido el ejército en la orilla norte, se habían lanzado a marchas forzadas en su persecución con una tropa de veintisiete mil combatientes y mil jinetes, dejando por detrás, en un avance más pausado, los veintidós elefantes númidas enviados por el rey Masinisa, mil jinetes y otros diez mil legionarios para la custodia y transporte de los bagajes del ejército.

La tropa había progresado bajo una irrespirable nube de polvo y un calor sofocante, pero aun con ello de modo alegre y decidido, envalentonada como el majestuoso león que exhibe su potencia para dar caza a un insignificante animalillo. Desde la vanguardia a la retaguardia, seis millas desde el primer hombre hasta el último, solo se habían oído alegres cánticos auspiciados por un Metelo imparable.

—¡Olisqueo la fiebre por el combate! —no había dejado de gritar hecho un bravucón en el centro del avance—. ¡No hay más que ver sus caras! ¡Nuestros hombres arden por luchar! ¿No lo oléis? ¡Yo sí lo huelo! ¡Son las meadas y las cagadas de un rey en fuga al que se le ha ido el vientre de tanto miedo! —se regocijaba a su fiel manera, provocando incluso que hombres serios como Nasica sonrieran divertidos.

Pero hete aquí que aquella mañana, marchando la caballería itálica al frente de la columna, el tiempo se había detenido al toparse abruptamente, muy cerca ya de la ciudad de Pidna,27 en la amplia y verdosa llanura circundada por los ríos Esón y Leuco, con el ejército real macedonio en formación cerrada. Nadie lo esperaba, pero allí estaba Perseo, haciéndoles frente, sacando pecho y ofreciendo algo que había evitado en dos años, una batalla campal. Una decisiva. Tal vez no fuese tan cobarde.

—¡Luchemos hoy mismo! —oyó Paulo que reiteraba un tribuno de la cuarta legión.

Aun así, no dijo nada, manteniéndose absorto hasta que Metelo se colocó a su lado para expresar nuevamente tanto ímpetu.

—Cónsul Paulo —le dijo con dificultades de contención—, esa rata helénica con diadema nos ofrece la posibilidad de luchar después de haber perdido los nervios y de mostrarnos su debilidad. ¡No podemos desaprovechar la oportunidad! —suspiró en una súplica.

—Estoy de acuerdo —secundó Nasica.

No fueron estos los únicos en mostrar este parecer.

—¡Qué hermoso día para luchar! —celebró jovialmente Publio Léntulo cuando pudo incorporarse a lo alto del cerro.

—¡Acabemos ya con esos cobardes! —aplaudió al poco el también tribuno Aulo Antonio.

—Son tan gallinas como estúpidos —porfió poco después otro de los tribunos de la segunda legión, el joven Servio Sulpicio Galba.28

Y así sucesivamente casi todos los miembros del estado mayor conforme iban acercándose, sobre todo los más jóvenes, que parecían moscas pesadas zumbando ruidosamente a su alrededor.

Paulo, sin embargo, optó por no abrir la boca pese al ejercicio de atosigamiento. Con igual gesto pensativo y ocultando sus propias intenciones, se limitó a observarlo nuevamente todo, ya fuese el monte Olocro a su izquierda; el Egeo a su derecha, a no más de cinco millas; el ejército a su espalda, que llegaba como una enorme lombriz envuelta en polvo; o el sol en lo alto del cielo, elevado justo encima de sus cabezas y lanzándoles inmisericorde sus inclementes rayos de fuego.

Al rato, después de buscar y encontrar la mirada de sus hijos para que estuviesen bien atentos, habló por fin.

—Es evidente que puedo confiar en la determinación de mi consejo militar —dijo al tiempo que bajaba la vista y la clavaba en los macedonios—, pero, en cuanto a los hombres, ¿reúnen el ánimo de combate necesario después de una marcha fatigosa? —preguntó.

—¡Se consumen en el deseo! —graznó Metelo.

—Todos lo desean —confirmó Nasica a su modo más elegante.

Diecisiete tribunos más mostraron igualmente su entusiasmo. Paulo apretó entonces los labios y accedió.

—Bien, dado que no conviene detener a un depredador en plena carrera, que se despliegue el ejército conforme las unidades vayan llegando. Demos satisfacción a tanto deseo —decretó conciso, dando lugar a que un excitado enjambre de tribunos emprendiera el galope para trasmitir tan orgiásticas órdenes—. Vosotros, hijos, acompañadme —ordenó en último lugar, emprendiendo el descenso del promontorio.

Los prefectos de los aliados, los tribunos y los centuriones no paraban de gritar para que cada manípulo se posicionara apresuradamente en su sitio, envueltos todos en la persistente polvareda.

Así, entre tanto brío, el ala derecha itálica giró hacia el este cual oruga acorazada y se plantó en su posición, cerrando el flanco diestro.

A continuación, la segunda legión, que venía empujando por detrás, se colocó a todo correr en el centro derecha, y la cuarta, que presionaba a su vez con su pesada inercia de marcha, ocupó el centro izquierda de forma matemática según la rutinaria triplex acies, con los hastati en primer lugar, los principes a su espalda y los veteranos triarii cerrando la legión.

Paulo, supervisando personalmente el despliegue, recorría las líneas, de aquí allá, culebreando con su caballo entre las unidades; soportando con ligereza sus más de sesenta años; apremiando a los tribunos para que completaran la formación; exhortando a los legionarios para que mantuvieran el ánimo combativo.

—¡Cónsul! ¿Cuándo se dará la señal de ataque? —le requerían a viva voz los centuriones más atrevidos, colocados ya frente a sus manípulos y prestos para cerrar filas y embestir a los macedonios.

—¡Pronto! —contestaba Paulo con una sonrisa, no sin dirigirse acto seguido a sus hijos y preguntarles—: ¿Qué observáis?

—¡Que hay hambre de victoria! —contestaba Fabio.

—¿Qué debemos ver, padre? —decía más cauto Emiliano.

—Lo veréis vosotros mismos —demoraba enigmáticamente.

Bien superado el mediodía el ala izquierda de los aliados latinos e itálicos llegó a marchas forzadas y formó junto a la cuarta legión. Aún faltaba el despliegue de las tropas auxiliares de Pérgamo, de Numidia y los ligures y los arqueros cretenses, así como una parte de la caballería itálica, que cerraban la marcha justo por delante de los bagajes. Paulo, en cualquier caso, no renunciaba a zigzaguear entre los hombres y unidades, animándolos sin cesar, controlando de primera mano el inmenso y ruidoso despliegue.