Ella
Miseno, finales de marzo
Carbón abandonó Roma al anochecer, tomando la vía Apia. Escápula y sus esbirros constituían una protección más que adecuada para evitar problemas en la penumbra del camino.
Cuatro días después, tras haber dejado en los márgenes del camino el monte Albano y los insalubres pantanos pontinos, Carbón llegó a Sinuessa, donde abandonó la vía Apia para tomar el ramal que conducía al estuario del río Volturno y a las ciudades de Literno y Cumas.
Al sexto día alcanzó plácidamente Miseno, plantándose poco después, al mediodía, en la villa costera de Cornelia Africana.
No obstante, no accedió por su pórtico de entrada principal, sino que, guiado por dos solícitos esclavos, trotó perimetralmente hasta un bosquecillo una vez superada la villa. Escápula y sus matoncillos ya no le escoltaban. Un famoso prostíbulo de Cumas les había parecido más estimulante que aguardar en una playa insulsa lanzando piedritas al mar.
Los esclavos le indicaron a Carbón que esperase en un banco bañado por el sol del mes de Marte, y allí permaneció sosegadamente, a la vista del verdoso mar, hasta que ella se dignó aparecer.
Carbón se puso en pie con sonrisa de hiena.
—Sempronia, la belleza no te abandona. La brisa del mar acaricia tu piel y te priva de los estragos del paso del tiempo —le estampó sin perder aquella sonrisita que podía interpretarse de muchas maneras.
Sempronia, lejos de dejarse adular, se sentó mayestáticamente en el banco de enfrente —Carbón hizo lo propio—, y solo cuando se hubo colocado debidamente y arreglado todos los pliegues de la estola, levantó pausadamente su rostro ovalado, mirando a Carbón con sus inconfundibles ojos almendrados.
—¿Mi hermano Cayo se encuentra bien?
—Perfectamente. Es feliz con Licinia y con su pequeña Sempronia —contestó Carbón de lo más amable y educado.
—Pero sin embargo el Senado ha decretado que los poderes judiciales de los triunviros pasen a los cónsules. Dudo que mi hermano sea feliz por ello, aunque sé de aquel que estará nadando en la vanidad más despreciable. Lamentablemente, es mi esposo.
—Además de conservarte la belleza, esta maravillosa brisa te concede la mordacidad más venenosa —satirizó Carbón.
Sempronia lo escrutó unos pocos instantes, tratando de leer aquellos insondables ojos oscuros. Obviamente, era imposible.
—Cayo Papirio Carbón —se arrancó sin ánimo de formalidad, pero sí de llamada de atención—, hace dos días recibí una carta en la que me pedías que me reuniera contigo en un lugar apartado. También me rogabas que no le informara de ello a mi madre y que viniera sola. Pues bien, aquí estoy. Dime qué quieres antes de que ella note mi ausencia o algún esclavo se vaya de la lengua.
Carbón borró la sonrisita de su rostro, pero no se puso serio ni solemne. En su rictus se dibujaba un halo de placer extremo.
Lo soltó a bocajarro.
—Sempronia, no hay otra alternativa. Hagámoslo por tus hermanos y por Roma. Ayúdanos a matar a Emiliano.