Poco después
La explosión del rayo y la consiguiente luz cegadora se sucedieron al mismo tiempo, provocando que todos elevaran las cabezas al cielo, en este caso al techo de la mansión suburbana de Emiliano.
—Ha caído en el Capitolio —intuyó Fabio.
—O tal vez en el Arx —dedujo Bruto antes de que otro colosal fucilazo impactara muy cerca, sobresaltando a los cinco hombres que estaban sentados alrededor de una mesita redonda. Fabio y Lelio mostraban un gesto muy preocupado. Bruto uno que hacía honor a su cognomen. Lucio Opimio se estiraba y lucía un rictus prepotente, feliz porque sus queridos «excrementos sociales», sus chicos de taberna y bronca con Atilio a la cabeza, habían hecho bien su trabajo. Y Emiliano, el quinto en discordia, miraba fijamente la mesita, exhibiendo sus ojos de halcón hambriento. Era su modo de sobrevivir a la imponente presión.
—Solo son muchachos belicosos, nada más —dijo.
—Son escoria —bisbiseó Bruto.
—Ladran, pero no muerden —farfulló Opimio.
—Pero sus ladridos son realmente perturbadores —repuso Lelio.
Emiliano repasó las miradas de todos.
—Sabemos qué debemos hacer —dijo—. Ellos creen que velan por la salud del pueblo, pero solo habrá tumoración si seguimos violentando a los aliados. Nosotros velamos por la salud de Roma entera. Es nuestra obligación. Somos el Senado —se agigantó.
—Después de lo de hoy se agitarán como las alimañas —advirtió Fabio, poco convencido de la suelta de Atilio y de sus matones en lo que era una peligrosa escalada de los acontecimientos.
Emiliano, aun así, negó de lado a lado.
—El Senado no cede. Y como las alimañas, perecerán —sentenció intimidantemente serio.