Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Hazlo
43%

Hazlo

Roma, mediados de marzo

Carbón ascendió al día siguiente los escalones del templo de Castor y Pólux y se giró como una peonza en cuanto alcanzó el podio. Miles de cabecitas con sus ojos muy abiertos se agitaron expectantes. No había un solo hueco en el foro, e incluso muchos comenzaban a escalar los techos de las tiendas nuevas y de la basílica Emilia.

Roma estaba indignada.

Carbón, encantado en su papel de agitador de masas, comenzó cual torrente en un barranco. Iba a ser tan rápido como explosivo.

—¡Los padres conscriptos, los de allí —gritó despectivo, señalando hacia el Senado—, han decidido, según su propio arbitrio privarnos de nuestras facultades judiciales! ¡Pero escuchadme bien! ¡No pueden hacerlo! —rugió, retorcido sobre sí mismo—. ¿Es que no os dais cuenta de que los poderes nos fueron concedidos por una ley aprobada por vosotros, por el pueblo, y que solo vosotros podéis arrebatárnoslos con otra ley? ¡Os están engañando! ¡No basta un senadoconsulto! ¿De qué sirve entonces que vosotros aprobéis las leyes para que sean derogadas por aquellos contra quienes van dirigidas? ¿Vais a dejar que esto ocurra? —regurgitó al tiempo que el foro se venía abajo, desparramándose otra vez la turba enfurecida hacia todas partes mientras Carbón descendía del templo y se acercaba a Cayo.

—No lo hago nada mal —ironizó cuando llegó a su lado.

—Mañana otra vez —se limitó a decir Cayo.

Y Carbón, cual cabritillo feliz, en éxtasis por la actitud de un Cayo que por fin dejaba sus remilgos a un lado, ascendió al día siguiente hasta el podio del templo para incendiar a todo ser viviente.

—¡Ayer, ellos, los padres conscriptos, escucharon que el pueblo no quiere retirarnos nuestros poderes!, pero ¿qué han hecho? ¿Lo han admitido? ¡Pues no, no y cien veces no! ¡Os desprecian! —incentivó debidamente, provocando que la masa enloquecida se echara hacia adelante y saliera despedida en todas direcciones.

—Mañana otra vez —insistió Cayo.

Y en la tercera jornada de disturbios, Carbón berreó:

—¡Roma es la ciudad de la lengua y de la palabra, del discurso ante los ciudadanos, de la oratoria y la retórica más distinguida! —expuso ante la muchedumbre—. Yo vengo aquí cada mañana a hablar ante vosotros y dar mis razones, pero ellos, ¿hacen lo mismo? ¿O se esconden en sus lujosas domus y mansiones suburbanas? —interpeló en clara referencia a Emiliano—. ¡No, ellos han decidido guardar silencio y por ello os ignoran! ¡Son tiranos! —sentenció, apuntillando cada sílaba.

Y no hizo falta en esta ocasión que chillara como si le estrujaran los testículos para que el populacho se agitara.

—¡Miserables! —galleó alguien visiblemente desquiciado.

—¡Nos humillan! —protestó otro.

—¡El Senado nos traiciona! —vociferó un tercero, más caliente.

—¡Quemémoslo! —propuso un exaltado.

—¡Sí, démosle fuego! —rugió otro más histérico, emprendiendo el camino de la cercana curia, arrastrando a miles de devotos iracundos.

Y comenzó la batalla campal.

Flaco, al pie de la escalinata del templo de Cástor y Pólux, fue el primero en verlos venir con palos y bastones. Eran muchos y salían vomitados de todas las bocacalles que desembocaban en el foro a la altura del comitium, ya fuese el Argiletum o la calle de los etruscos.

—¡Por todos los dioses, qué hacen! —exclamó Flaco con el rostro demudado y blanquecino.

—Es la respuesta del Senado. Envían a sus matones —barbulló Carbón con los ojos inyectados en sangre.

—¿Ese es Atilio? —barbotó Flaco sin poderlo creer todavía.

Carbón aguzó la vista. Todas las columnas de ataque de los recién llegados acababan de confluir en un solo frente a la altura de los rostra, y quien lo encabezaba luciendo un hermoso garrote efectivamente no era otro que el famoso Atilio, el personajillo apodado el Númida al recordar sus gigantescos pabellones auditivos a los elegantes africanos. Si Escápula era el hombre de Carbón, Atilio lo era de Lucio Opimio.

—Es Atilio —acertó a contestar Carbón, antes de que la tempestad los azotara con desmedida fuerza, separándolos por el empuje comprimido de los que querían unirse a la trifulca y de los que trataban de salir por piernas de aquel atolladero. Cayo no había acudido al foro aquella mañana.

Ambos grupos de combate ciudadana impactaron como dos enormes muros de lodo en mitad del foro, dándose palos y bastonazos durante un tiempo tan indefinido como eterno en un incansable intercambio que hacía volar los dientes a pares. Escápula perdió hasta tres piezas dentales, y el propio Atilio cuatro, además de parte de una de sus tremendas orejas producto del esmerado mordisco de un ciudadano al que no le faltaban los incisivos.

Flaco y Carbón, bien protegidos en una primera línea de circunvalación por decenas de adeptos, y en una segunda con fosos y empalizadas por otros tantos amigos y clientes, fueron aun así zarandeados y llevados violentamente de aquí para allá, e incluso un palazo fue descargado sobre la coronilla de Carbón.

Así estuvieron todos hasta que los dioses se apiadaron de Roma, enviando un aguacero tan torrencial e inclemente que provocó el repliegue y dispersión hacia sus guaridas de las tropas ciudadanas.

Para entonces el día moría ya oscuro y desapaciblemente lóbrego, iluminado sobrecogedoramente por los destellos de los relámpagos.

Carbón, al pie de la escalinata del templo de los dioscuros, se llevaba las manos a la cabeza. Sangraba profusamente.

Flaco, por su parte, sentado en los escalones, con la lluvia azotando su rostro e igual de calado hasta los huesos, solo tenía rasgada la toga, pero exhibía una mirada tan despiadada como la fuerza de la naturaleza que acababa de desatarse en el foro.

—Esos mierdas lo van a pagar caro —porfió Carbón.

Flaco no dijo nada. Se puso en pie, se echó un pliegue de la toga sobre la cabeza y echó a andar de regreso a su domus palatina, como un demente, con mortal mutismo, golpeando el suelo y las aguas encharcadas como si en aquellos lugares habitara la autoridad del Senado. Le había fallado. Su muerte no había servido nada más que para retrasar el fin de la reforma agraria. Tiberio yacía en el lecho del Tíber, sepultado bajo toneladas de fango acumulado por la miseria de unos padres conscriptos que, al igual que el día del asesinato, habían lanzado a sus perros con mazas y bastones contra los ciudadanos. No podía soportarlo. Emiliano no cedería jamás. No podía sobrellevarlo un instante más en su dolorosa existencia.

—Hazlo —le dijo de pronto a Carbón, que seguía sus pasos.

El ojos negros no era hombre de miedos, pero incluso él se estremeció esta vez al escuchar aquel susurro de ultratumba.

—Hazlo —oyó que insistía Flaco.

Carbón, que también se había tapado la cabeza con un pliegue de la toga, se la descubrió y dejó que la lluvia le golpeara en la cara. Detuvo sus pasos en mitad del vendaval y elevó los brazos. Comenzó a reír, primero con una simple risita nerviosa, después dando paso a una carcajada irrefrenable.

—Hazlo. Habla antes con ella —oyó nuevamente que le decía Flaco, al tiempo que se alejaba y se perdía en la noche y en la tormenta.

Los rayos caían sobre Roma derribando estatuas.

Los dioses participaban en el desastre.