Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Votemos
43%

Votemos

Roma, tres días después

Carbón, navegando en la salsa que más le gustaba, en la de la provocación con especias y mucho picante y alguna que otra dosis de cicuta mortal, mantuvo en vilo a Roma durante tres días más.

Su amiguito de trastornos, Quinto Escápula, le prestó en su labor la ayuda necesaria, y no había mañana en la que no descendiera con sus amados chicos de las faldas de la Subura y del Aventino para poner el foro patas arriba, ya fuese rodeando el Senado, apedreando las casas de los senadores, llenándolas de pintadas, hostigando y apaleando a aquellos incautos nobles que tenían a bien cruzarse en su camino o montando empalizadas frente a la Regia o en los accesos a la ciudad.

De los ediles y de los triunviros capitales, que debían mantener un cierto orden intramuros, ni rastro. Nadie se atrevía a poner un pie en la calle so pena de ser arrasado por las algaradas.

Roma ardía.

Al séptimo día de disturbios estaba por ver si Emiliano cedería o no lo haría, si abandonaría o no su apoyo confeso a la propuesta de Pacuvio o no lo haría. La expectación de una Roma hirviente era absoluta, tanto que la mañana en la que el Senado iba a reunirse para tomar su decisión se arremolinaron en el foro y el comitium miles de entusiastas adeptos tanto de un bando como del otro, tanto de los populares como de los senatoriales.

Y si Flaco y Carbón, líderes de los populares, llegaron a la curia más sonrientes que un recién casado que ama ingenuamente a su guapa esposa, con una comitiva de dos mil amigos y clientes —Cayo se mantuvo en una posición apartada—, Emiliano, cabeza de los senatoriales, no se quedó atrás, presentándose con su propio séquito de otros dos mil amigos y clientes en los que no faltaban, para variar, los Fabio, Lelio, Bruto, Opimio y demás togados de alcurnia.

Aquello era tanto como mezclar agua y aceite.

Un grupo comenzó a presionar al otro y llegaron los primeros empujones y escarceos. Se vio volar alguna sandalia y no pocos blandieron al aire unas porras, pero más allá de estas marejadas e intercambio de improperios sobre la dignidad de la madres de unos y otros, la sangre no llegó al Tíber. Esas eran las consignas de Carbón, además de que todos deseaban conocer de una vez por todas cuál era el parecer del Senado.

Cuando todos los padres conscriptos tomaron asiento, el cónsul Tuditano tomó rápidamente las riendas. Tras resumir aquello que iba a ser objeto de discusión, dio la palabra a los antiguos censores, primero a los patricios y, entre ellos, al de mayor edad.

—Lucio Cornelio Léntulo Lupo, ¿deseas pronunciarte?

—No.

—Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano minor Numantino —continuó Tuditano con hercúlea capacidad pulmonar—, ¿deseas pronunciarte?

—Sí.

Y el mundo se detuvo en Roma.

Los populares contuvieron el aliento.

Flaco y Carbón, rodeados de los suyos, ni pestañearon, observando cómo un solo hombre en el orbe conservaba el movimiento.

Emiliano se puso en pie. No se oía el vuelo de una mosca. Flaco y Carbón lo seguían mirando al tiempo que se sujetaban mutuamente por los brazos, dispuestos a saltar de júbilo y regodeo cuando el Escipión adoptado rechazara su apoyo a los aliados, porque estaban convencidos de que así iba a ser, de que cedería, de que siete días interminables con el pueblo quedándose afónico solo podían terminar de un modo. ¿De qué servirían sino todos sus esfuerzos? Era imposible que Emiliano fuera tan ciego y tozudo cuando el pueblo mismo le privaba de su favor, y no había realidad que más pudiera escocerle que el desprecio popular.

Pero Emiliano seguía allí, de pie, provocando que todos contuvieran el aliento.

Se ajustó la toga.

Se la ajustó de nuevo.

Flaco y Carbón corrían ya el riesgo de amoratar sus brazos por la fuerza con la que se achuchaban ardorosamente.

Emiliano, finalmente, tuvo a bien hablar.

—Estoy de acuerdo con la propuesta de los latinos y de los socios itálicos. Los poderes judiciales de los triunviros agrarios deben pasar a manos del cónsul. Deben prevalecer los tratados sobre la ley agraria. Pido que se vote —dijo, y añadió mirando fijamente a Flaco—: Y pido a los triunviros que dejen de provocar desorden y violencia.

Y se sentó.

Flaco y Carbón, retorcidos sobre sí mismos como un árbol tétrico, tuvieron que aguardar horas hasta poder abrir la boca, porque después de que Emiliano hablara pasó el turno a los censorios plebeyos, y después a los consulares, los cuales tomaron la palabra, mostrando idéntica opinión. Y como se podía platicar todo el tiempo que se quisiese, Fabio tuvo a bien mover la lengua tan incansable como intencionadamente hasta el mediodía. Lelio lo hizo hasta el comienzo de la tarde y Bruto hasta media tarde, sucediéndoles el resto de los consulares, pretores y antiguos pretores en una oratoria desesperante para Flaco y Carbón.

A última hora de la tarde se pronunciaron los ediles y, a continuación, los edilicios, entre ellos por fin, antes del ocaso, Flaco.

Renegando desde lo más profundo de su ser, se alzó con un rencor que se le desparramaba por el rostro.

—Allí, a pocos pasos —señaló con el brazo y dedo índice violentamente extendidos—, se erige el altar dedicado a Concordia, símbolo de la unidad del pueblo romano. ¡Símbolo del acuerdo entre patricios y plebeyos! —arremetió todavía con contención—. ¡Símbolo de la concordia entre unos y otros, de Roma con el pueblo! —arreció ya con desmedida furia—. ¡Vais a destruir la paz! ¡Con vuestra arrogancia vais a arruinar nuestra concordia! —aulló desquiciado.

El cónsul Tuditano, que lo miraba con cara de besugo, ahuecó los labios y se dirigió al Senado.

—Votemos —rumió indiferente.

Y se votó.

Doscientos cincuenta senadores rodearon a Emiliano.

Todo estaba dicho.

Cuando Flaco y Carbón abandonaron la curia apenas quedaban ciudadanos en el comitium, agotados por el aburrimiento de un día entero de discursos vacíos.

—Así vencen al pueblo romano, con palabras huecas —rezumó Carbón, embarcado en el odio.

—Su egoísmo es obsceno —añadió un devastado Flaco.

Cayo, que acababa de unírseles en el podio de la curia, mantenía una mirada profunda y terrible. La gran obra de su hermano, por la que había perdido la vida, estaba arruinada. Y le dolía el alma. Sin violencia y con la ley, le había pedido su madre hacía un tiempo en Miseno. Y bien que lo había intentado. Pero todo se había demostrado insuficiente. Si la determinación de Emiliano se elevaba como una insuperable fortificación rocosa, él, con su propia fuerza y deseo, minaría la autoridad amurallada de los padres de la patria.

Porque ya no se podía dialogar con ellos. Ya no atendían a razones al albur de la conservación de la costumbre y el orden de los mayores cuando no había otra cosa que falsedad y codicia.

Elevó la vista y orientó su mirada con rabiosa presencia, tomando el mando de los acontecimientos.

—Un senadoconsulto no puede imponerse a las prescripciones de la ley agraria. Redoblad la presión popular —exhortó.

—Yo me encargo —resolvió Carbón.