El lodazal de Carbón
Roma, días después. Comienzos de marzo
—¡Cómo lo echaba de menos! —bromeó Quinto Escápula en cuanto vio aparecer a Carbón en los muelles del puerto fluvial, el lugar más sórdido y sucio de Roma a excepción de alguna de las tabernas y putiferios del barrio de la Subura.
Carbón lo escrutó inclemente.
—¿A qué te refieres? —escupió.
Escápula puso cara de fingida sorpresa.
—¿A qué va a ser? A ese labio que te vibra y a esos ojos inquietos y negros como el tizón que no paran de moverse. ¡Hoy promete! —exclamó, feliz como un cerdo en su charca.
Carbón, conmovido, dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—¿A cuántos has reunido?
Escápula elevó los brazos con las palmas de las manos orientadas al cielo y después miró teatralmente por encima de un hombro y a continuación por el del otro. A su espalda se arremolinaban un grupo de al menos cuatrocientos matones.
Encaró de nuevo a Carbón.
—¿Te parecen suficientes? —ironizó.
Carbón torció el morro.
—Te dije que quería miserables que pareciesen ciudadanos de bien, no esta chusma de los suburbios —desdeñó sin tapujo, provocando que los aludidos se agitaran, pero no enfadados, sino halagados por un aristócrata que por fin sabía distinguir sus virtudes.
—Desconocía que tuvieras escrúpulos. Si te parece puedo ir puerta por puerta del Palatino y pedir a los ilustres ciudadanos que se manchen un poco sus manitas blancas y purificadas —repuso Escápula.
Carbón contrajo la cara. Ya no había remedio.
—Cuando yo comience, entrad al foro.
—Por supuesto —contestó Escápula con exagerada inclinación.
—Y cuando te mire y haga un gesto, comenzad.
—Por supuesto.
Carbón giró en redondo y se encaminó hacia la puerta Trigemina, dejando a su izquierda el Tíber con sus atestados muelles de carga y a la derecha los malolientes almacenes.
Ya dentro de la ciudad atravesó el foro Boario y continuó en línea recta, acometiendo con brío el vicus Tuscus hasta desembocar en el foro, entre la basílica Sempronia y el templo de Cástor y Pólux. Allí todo era ajetreo, con cientos de ciudadanos yendo de un lado para otro, visitando templos y altares, cerrando negocios, cambiando moneda, formalizando pactos contractuales o políticos, celebrando juicios o comprando en los comercios. Qué más quería Carbón que allí hubiese miles de personas y de orejas para oír lo que iba a decir. Sonrió.
Sin detenerse giró en diagonal hacia su izquierda, llegó hasta la tribuna de los oradores y subió sus peldaños. No tenía permiso para hacerlo ni para hablar, y ni falta que hacía. Iba a hacer lo que le viniera en gana. Las revoluciones no se iniciaban con delicadezas.
—¡Quirites! —bramó en cuanto estuvo en lo alto de los rostra y hubo posicionado bien sus piernas para que ni un vendaval lo arrancara de allí—. ¡Quirites! —berreó de nuevo.
Pocos de los que por allí pasaban levantaron las cabezas, pero consiguió hacerse oír justo lo suficiente para que por los huecos que se abrían entre la basílica Sempronia y el templo de los dioscuros irrumpieran los cuatrocientos hombres de Escápula. Lo hicieron mansamente, pero su volumen y masa empujó a los que allí estaban hacia la tribuna de los oradores, interrumpiéndose todas las actividades públicas y privadas. Carbón tenía, ahora sí, la atención de un foro completamente abarrotado.
—¿Es cierto lo que mis ojos acaban de ver? —expelió con el rostro contraído—. ¿Desde cuándo los ciudadanos romanos desatienden de este modo su ciudadanía y sus leyes? ¡Allí, a mi espalda, los padres conscriptos pretenden que los latinos y los socios itálicos tengan más derechos que vosotros en el cumplimiento de la ley agraria de vuestro querido Tiberio Sempronio Graco, y hoy, sí, hoy, estáis aquí con vuestros negocios y quehaceres como si nada hubiera ocurrido! —recriminó y abrió los ojos como platos—. ¿Sois conscientes de que algunos de los hombres que integran el Senado han decidido que los aliados no tengan que entregar las tierras públicas que os pertenecen? ¿Dónde queda ahora vuestro orgullo cívico? ¿Es que ya no sois ciudadanos romanos? ¿Es que preferís que los aliados compartan la ciudadanía que hemos ganado con la sangre de nuestros antepasados? —machacó antes de la deflagración—. ¡Reaccionad! —rugió—. ¡No permitáis que nadie os arrebate vuestra dignidad porque lo siguiente será la derogación de la ley agraria! ¿Por qué entonces el que antes tanto amabais, Escipión Emiliano, ha decidido tomar parte por los aliados y no por vosotros pese a que se lo disteis todo? ¡Solo ansía abrogar la ley de Tiberio y arruinar vuestros derechos como ciudadanos! —aulló, retorcido, al tiempo que era capaz de encontrar a Escápula entre la multitud y hacerle un gesto imperceptible.
Lo que sucedió a continuación superó al propio Carbón.
Como esperaba, los cuatrocientos de Escápula, cual celtas dementes que descienden de las faldas de los Alpes, elevaron sus brazos con furia y comenzaron a gritar cual plañideras histéricas, ojos fuera de las órbitas y espumarajos por la boca, empujándose entre sí y a todos los que tenían al lado.
Hasta aquí, lo normal.
Lo que Carbón no esperaba era que el foro mismo se rajara por la ira repentina del resto de los ciudadanos.
—¡Amábamos a Tiberio Sempronio Graco! —chilló uno de ellos, desolado, girando sobre sí mismo con cara pálida y augural como si acabara de ver su propia muerte—. ¡Lo amábamos, y ahora quieren destruirlo, matarlo de nuevo! —graznó, entrando en ebullición.
—¿A qué esperamos? ¡Gritemos que lo amamos! —voceó otro completamente extasiado y con tal ímpetu que la masa entera, contagiada por tanta expresividad comenzó a cantar: «¡Tiberio, Tiberio, Tiberio!».
Carbón, en lo alto de la tribuna, con los labios vibrando y los ojos frenéticos, feliz porque bastaba mentar el nombre de Tiberio para que el populacho se lanzara al fuego, señaló la curia Hostilia.
—¡Que sepan que no vais a permitir que os humillen! ¡Gritádselo a Escipión, a ellos y a Roma entera! ¡Evitad con vuestras voces la aprobación de sus senadoconsultos! —inflamó.
Fue suficiente.
Los cuatrocientos de Escápula parecieron de pronto simples y tiernos gatitos en comparación con los simples y espontáneos ciudadanos, pues la masa se convirtió en turba.
Y la turba arrasa.
El Senado fue rodeado de inmediato. Los alguaciles tuvieron que cerrar las puertas apresuradamente, no fuera a ser que se nombrara cónsul a cualquier miserable gritón.
La turba no se desanimó.
—¡Al Palatino! —rugió uno de los improvisados alborotadores.
—¡A todas partes! —se desgañitó un tercero.
Y la turba, cual viento de tempestades, se esparció por todos los barrios de Roma, y así estuvieron los indignados, en número creciente, durante cuatro días con sus cuatro noches.
Roma se sumió en el caos.
Las estatuas, los templos y los altares fueron respetados, pero tuvieron que suspenderse todas las actividades públicas, los juicios y los negocios para regocijo de un Carbón desatado. Desde los días de la muerte de su admirado Tiberio no se había visto en la ciudad cosa igual.
—El pueblo grita. Ya tenemos nuestro lodazal —se jactó al cuarto día de colosales disturbios y con retorcida felicidad en una cena con Flaco y Cayo. Solo ellos podían circular libremente por las calles.
—Emiliano cederá —afirmó convencido Flaco.
—O lo hace o se refuerza —musitó, un pensativo Cayo.
—Hagamos que se retuerza —jugó con las palabras Carbón.
—Que continúe la agitación —pidió Flaco.
—Eso es música para mis oídos —se excitó Carbón.
—Solo hasta la sesión senatorial —pidió Cayo.