Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Has vencido
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Has vencido

Esa misma noche

Cayo fue recibido en la domus de Claudio por su cuñada Claudilla, que lloraba desconsolada.

—No pasará de esta noche —le dijo ella entre sollozos.

Cayo la besó en la frente y avanzó hacia el interior de la casa.

En el atrio se encontró con Apio hijo. Deambulaba de lado a lado, notoriamente nervioso y alterado. Sintió lástima por él. No había en su pose la gravedad, ánimo y fortaleza de espíritu que se exigía a todo romano de alcurnia. Jamás alcanzaría nada memorable en su vida.

Ya en el peristilo se topó con Claudia la vestal. Ella estaba sentada en un taburete, hierática, con la espalda muy recta y las manos yacentes sobre los muslos. Claudia se limitó a rotar el cuello, como si fuese una muñeca articulada, para hablarle.

—Nos honra tu presencia, Cayo Sempronio Graco —susurró.

Cayo sintió un escalofrío, pero tuvo arrestos para afirmar educadamente con la cabeza y seguir los pasos de su guía Claudilla.

Vislumbraba ya la puerta del dormitorio de Claudio cuando, entre las tinieblas de la noche y de los brillos anaranjados de las lámparas de aceite, se le apareció Antistia. Cayo sintió esta vez no uno, sino un doble escalofrío que recorrió su espinazo de arriba abajo y de abajo arriba. Las almas del inframundo tenían que ser más agradables que aquella mujer. Solo una cosa le tranquilizó e incluso le condujo a la ternura, lo que era mucho decir cuando se trataba de la terrible Antistia: sus ojos estaban enrojecidos. Aquella mujer también sentía.

—Querido Cayo —le dijo ella con voz trémula—, no ha querido ver a nadie, pero a ti sí. Te espera. —Y con un gesto de la mano permitió que entrara en el cubiculum. Lo hizo solo.

Cayo encontró a Claudio tumbado en su camastro, totalmente consumido, con los ojos cerrados, manos sobre el pecho y respiración agónica. Se acercó y se colocó a su lado, sentándose en una banqueta, sin saber realmente qué hacer o decir. Le ayudó el propio Claudio al desplegar los párpados y advertir su presencia.

—Apio Claudio… —masculló Cayo con respeto.

Claudio carraspeó débilmente antes de hablar.

—¿Sabes que en ocasiones sueño con él? —confesó.

Cayo no dijo nada. Ese alguien bien podría haber sido Emiliano, pero no, no lo era. De quien hablaba era de su hermano Tiberio.

Claudio continuaba con esfuerzo.

—Tiberio no me dice nada en esos sueños. Solo me contempla con sus ojos bondadosos y justos, y de algún modo sé que me perdona… —se interrumpió para coger aire—. Lo hace porque yo le conduje a la muerte… —Otra toma de oxígeno—… Porque yo le inoculé el veneno de la reforma agraria… —Nueva inhalación ronca—… Y si no lo hubiera hecho aún viviría, ¡lo haría! —exclamó a duras penas, agotando sus últimas fuerzas. Después, clavó sus ojos azules, de brillo menguante, en los de Cayo—. Yo lo maté, joven Graco. Yo maté a tu hermano.

Cayo, lejos de impresionarse, sonrió y negó con la cabeza.

—No hay hombre en Roma con la inteligencia de Apio Claudio Pulcro —condescendió—, pero aun así descubro ahora que ese hombre ha vivido en el error.

Claudio entreabrió los ojos.

—¿En el error?

—Apio Claudio Pulcro —dijo Cayo, ahora solemne—, ¿crees que si mi hermano no hubiera creído firme y personalmente en sus acciones las habría seguido? ¿Acaso no fue él quien a lo largo de su vida dejó con la palabra en la boca a Catón, Nasica Córculo, Emiliano o a ti mismo? No, Apio Claudio, no era necesario que nadie guiara a Tiberio a la muerte. Él se conducía a sí mismo y elegía todos y cada uno de sus pasos. No fuiste tú quien lo mataste. No lo hiciste. Sus asesinos siguen sentándose en las bancadas de la curia Hostilia —afirmó con colosal peso y oscuridad en sus palabras.

Fue Claudio quien sonrió esta vez, débilmente. Giró la cabeza para acomodársela en el almohadón. Entornó los ojos por el cansancio.

—Joven Graco —masculló—, una vez más me ha vencido la arrogancia, ¿verdad? Le sucede lo mismo a Emiliano, tan hábil militar como nefasto político… —rio entrecortado antes de inhalar con dificultad—. De ser engreído no me arrepiento…, aunque me consuela saber que ellos, los que se sientan en la curia, no podrán contigo cuando llegue tu momento…, no podrán…, el pueblo te elevará al Olimpo… porque te aman…, y te lo demostrarán… —Y se desvaneció en el sueño.

Cayo respiró profundamente y se puso en pie.

—Hasta pronto, Apio Claudio Pulcro, hasta que nos veamos de nuevo en los Campos de Asfódelos —se despidió con sentido reconocimiento antes de marcharse y de que entrara en la habitación nuevamente Antistia.

—Esposa, he sido más grande que Emiliano —balbució Claudio al rato en un momento de lucidez.

Antistia no supo distinguir si era una pregunta o una afirmación, pero lo que sí sabía era a quién se refería.

—Por supuesto que has sido más grande que él —afirmó altiva, y añadió aún con más soberbia—: Y hasta en la muerte vas a serlo, porque él va a ver tu imago y deberá inclinar la cabeza. Tú nunca lo harás.

—Nunca… —siseó Claudio, y se sumió en el silencio.

Antistia se sentó en el taburete y veló a su esposo durante toda la noche. Al amanecer tomó su mano. Estaba fría. La soltó al tiempo que se ponía en pie con el gesto duro como el mármol. Sabía cuál era su deber.

—¡Hijos! —los llamó expeditiva. Todos entraron en tropel en el cubiculum—. Apio, llama a tu padre —le exigió a su hijo, sin preámbulos, poniendo freno a cualquier atisbo de lloriqueo.

Apio hijo avanzó hasta el cadáver de su padre con mirada esquiva, tragando saliva como si tragara una nuez.

—Apio Claudio Pulcro —lo llamó con sus tria nomina, según los ritos. Lo repitió dos veces más. Al no recibir respuesta, culminó el ritual haciendo verdaderos esfuerzos para que no se le quebrara la voz y su madre lo devorara—. Conclamatum est. Apio Claudio Pulcro ha sido llamado, pero no ha vuelto a la vida —proclamó con frágil ceremonial.

Su madre, estirada y con gesto de hielo, escrutó a sus retoños.

—Es hora del cortejo. Que Roma vea nuestra grandeza. Habéis tenido a un gran padre, pero hay honores mayores en esta ciudad, pues habéis vivido con el más grande de los romanos —dijo antes de activarlo todo con ojos fulgurantes—. ¡Moveos! ¡Tenemos más ritos que satisfacer para que el alma de vuestro padre no quede atrapada en esta casa como una simple larva! ¡Tenemos una pompa fúnebre con la que asombrar a Roma!

Para su satisfacción, el funeral fue esplendoroso.

La ciudad entera, encerrada en el silencio y en un sobrecogedor respeto, lloró al ver pasar frente a sus ojos la imago de Apio Claudio el Ciego y de sus descendientes directos, cuatro en total incluyendo a su esposo, todos ellos ininterrumpidamente cónsules en una sucesión de dignidades, magistraturas, insignias y togas sin parangón.

Mayor aún fue su orgullo al comprobar que su hijo, para su sorpresa, encaramado en los rostra, rodeado por miles de ciudadanos y observado expeditivamente por el Senado y por los mismísimos dioses, era capaz de honrar debidamente el recuerdo, las gestas y las hazañas de su padre, articulando un elogio fúnebre emotivo y grandioso que, después, sería guardado en los archivos familiares como prueba de la inmortalidad y prestigio de un hombre excepcional.

Aun así, el éxtasis como orgullosa esposa lo alcanzó verdaderamente cuando, de pronto, se elevó entre la muchedumbre comprimida en el foro un clamor acompasado por la mágica apertura de un abigarrado pasillo humano.

Antistia estiró el cuello.

Alguien surcaba aquel camino de admiración, y no pudo sino exhibir uno de sus mejores rictus cuando de la muchedumbre emergieron pausada y cadenciosamente dos elegantes y aristocráticas mujeres cuyas apariciones en Roma eran una excepción extraordinaria.

Ambas fueron a colocarse en primera línea bajo la tribuna. Su propio hijo Apio interrumpió durante un instante el elogio. Cornelia y Sempronia, ambas vestidas de luto, merecían aquella pausa.

—¡Bien que sabéis que el Senado concedió tierras a la familia Claudia, así como un lugar para sus sepulturas al pie de Capitolio! —oyó Antistia que continuaba su hijo—. ¡Y bien que conocéis que poseer sepulturas dentro de la ciudad es un honor reservado a las vestales y a unos pocos ciudadanos ilustres, entre ellos los Claudios patricios! —seguía elogiando, pero ella ya no escuchaba, solo miraba sin descanso a Emiliano, de pie junto con el resto de los senadores. Su semblante taciturno era digno de ver. ¡Su propia esposa y su prima Cornelia minor honrando a su mayor enemigo político!

Antistia sonrió a su manera.

—Mi querido esposo, mi Apio, has vencido —barbulló, colmada de poderoso y orgulloso placer.