Será un placer
Roma, esa misma noche
El silencio chillaba en la casa de Flaco.
Flaco, Carbón y Cayo, intimidantemente mudos los tres, se repartían en tres triclinios alrededor de una mesita repleta de manjares que ninguno tocaba. Con miradas incendiarias, se limitaban a contemplar el infinito mientras sujetaban una copa de vino hacía tiempo vaciada. Ningún esclavo tenía valor para acercarse y rellenarlas.
Así transcurrió un tiempo indeterminado hasta que Flaco decidió detonar la conversación.
—Emiliano, ese hijo de perra, se propone destruir la ley agraria por la puerta de atrás —susurró tensionado, llevándose la mano a su cicatriz enrojecida.
—¿Destruir la ley agraria por la puerta de atrás? —arremetió Carbón, macerado en su propia combustión—. ¡Ese malnacido nos ha humillado! ¡Yo me vuelvo a limpiar todos mis orificios con sus palabras y con las de todos los padres de la patria que hoy han decidido reírse de los ciudadanos romanos! ¡Me cago en todos ellos! —bramó antes de incorporarse del triclinio, armar el brazo y descargarlo con desmedida cólera, estrellando la copa de vino contra la pared.
—La idea de la lesión de los tratados es muy inteligente y nos ha cogido desprevenidos —reconoció Cayo.
—Es todo pura pantomima legal, Cayo —farfulló Flaco.
—¿Hay algo en la vida pública que no se fundamente en pantomimas legales? —negó Cayo—. No, es mucho más que eso. Emiliano no se atreve a derogar oficialmente la ley ni la reforma agraria, no aparentemente, esa es su empalizada. Pero todos sabemos que al privarnos de nuestros poderes judiciales y transferirlos al cónsul Tuditano consigue de facto el mismo resultado. Porque Tuditano no va a juzgar ni resolver absolutamente nada.
—Lo que significa —continuó Flaco, recreándose en su inquina— que los latinos y los aliados van a impugnar todos y cada uno de nuestros edictos de restitución de tierras solo para conseguir que el cónsul demore los litigios. Y si no se resuelven, no se puede obligar a los demandantes a restituir las tierras. La ley mantiene su vigencia, pero queda virtualmente paralizada.
—¿Paralizada dices? —saltó Carbón incandescente porque ya no se aguantaba más—. ¡Pero si el cónsul se está preparando para irse a hacer la guerra a Iliria! ¡Las devoluciones no quedarán solo paralizadas, sino inanes hasta que a Júpiter se le caigan los huevos! ¡Ya no habrá más restituciones! ¡Han destruido la ley agraria con la excusa de los tratados!
—El Senado no lo ha decretado todavía —matizó Cayo.
—¿Y desde cuándo eres tan pusilánime? —porfió Carbón, cogiendo otra copa y estampándola nuevamente contra la pared.
Cayo se puso en pie.
—¿A dónde vas? —le preguntó Carbón de malas maneras.
—A despedirme de un hombre digno antes que ver cómo otro que no sabe contenerse sigue haciendo volar las copas de vino como un vulgar borracho —repuso Cayo de modo tan peligroso que Carbón, gruñendo, se vio obligado a bajar su mirada de desvarío.
—Claudio se muere —dijo Flaco.
—Lleva muriéndose meses —escupió Carbón—. ¿Y qué haremos ahora? —añadió con la rabia desbordándosele por la boca—. Han esperado tres años, pacientes, agazapados, escondidos en su miseria, hasta que han visto la oportunidad de acabar con la reforma. ¡Habría que tirarlos al Tíber a todos!
—Tal vez si no hubieras ofendido a Pacuvio en Fregelas todo esto no hubiera ocurrido —dejó caer Cayo a plomo, mortecino y letal, clavando toda la intensidad de sus profundos ojos marrones en Carbón.
—¿Cómo has dicho? —palideció este, lo que era mucho decir.
—Lo que has oído.
—Llegados a este punto lo que debemos hacer es justamente lo que mejor sabemos hacer, revolver —se apresuró a intervenir Flaco.
—Eso ya me gusta más —salivó Carbón sin retirar su mirada de la de Cayo. Aquello sí era de su agrado. Nada como la venganza—. Yo me encargaré —siseó incontinente.
—Lo haremos todos —negó Flaco.
—Lo que nos llevaría al fracaso —rumió Carbón despectivo. Cayo ya no lo miraba—. No hay nadie como yo para estas tareas, digamos, especiales. Tengo a los hombres indicados. Convertiré Roma en un lodazal. El Senado no se atreverá a aprobar la propuesta de Pacuvio —reiteró con un tonillo de lo más destructivo.
Flaco entrecruzó su mirada con la de Cayo.
—Sin Claudio en el Senado solo nos queda el pueblo y agitar las calles —le dijo—. Sabes que ningún tribuno de la plebe va a ejercer su veto. Somos unos simples triunviros agrarios.
—Lo que es lo mismo que decir que somos una cagada de jabalí, irrelevantes en la ambición de un tribuno de la plebe —afirmó con desdén Carbón—. Ninguno de ellos va a mojarse el culo por nosotros en contra del Senado. Arruinarían su prometedor futuro político. Son escoria vendida a las magistraturas mayores.
—Cayo —continuó Flaco con tono suplicante—, Carbón tiene razón. Solo nos queda apelar al pueblo.
—Incendiarlo, diría yo —aclaró debidamente Carbón.
—Cayo —insistió Flaco—, recuerda que solo nosotros velamos por los intereses de los pobres y desposeídos. ¿No es esta nuestra voluntad vital? Sin la ley agraria y sin repartos de tierras, no tendrán nada. No tenemos otra alternativa. Estamos los tres solos frente al Senado.
—Más que suficiente —rio un hiriente Carbón.
Cayo apretó sus molares, resonando siempre en los recovecos de su mente la petición de su madre, sin violencia. Cumplirlo era mucho más difícil que decirlo. Sin Craso y ahora sin Claudio carecían efectivamente de influencia alguna en el Senado. Su única fuerza era el pueblo.
—Está bien, excitadlo.
Flaco miró a Carbón.
—Hazlo.
—Será un placer.
—Ave atque salve —finalizó Cayo, no sin recoger del suelo una de las copas de vino y dejarla provocativamente despacio encima de la mesita, justo delante de Carbón.