Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El acabose
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El acabose

Roma, a continuación

Pacuvio cruzó de lado a lado el comitium cual monarca sirio y escaló los peldaños de la curia. Ya en lo alto le dedicó a Cayo su mejor mirada de desprecio y se giró a continuación a los representantes latinos e itálicos, todos detenidos a los pies de la escalinata.

Pacuvio les sonrió, engreído, todos lo aplaudieron dando felices palmas, les correspondió con un gesto de repentina falsa modestia y, acompañado por Marco Emilio Escauro, penetró en el Senado cuan largo y ancho era, es decir, poco de lo primero y mucho de lo segundo.

Caminó hasta colocarse en mitad de la sala, flanqueado a ambos lados por las gradas de la curia en la que se apelotonaba un mar de togas expectantes. Contuvo sus pasos. Inclinó su cabeza ante el cónsul Sempronio Tuditano, que presidía la sesión. Alzó después la vista, pero dado que no era tonto en absoluto, se abstuvo de mostrarse arrogante.

—Es de los que vendería a su propia madre —le dijo Carbón a Flaco por lo bajo al tiempo que Pacuvio juntaba sus hombros, elevaba unas manos suplicantes y comenzaba su ansiada perorata.

—¡Telamón, Metauro, Ilipa, Zama, Cinoscéfalos, Magnesia! —citó sin preámbulos en un golpe de efecto—. ¡Son todas ellas grandes batallas, grandes victorias de Roma que resuenan en vuestros oídos, padres conscriptos, pero también en los nuestros! ¡Sí, en los nuestros, en los de los socios latinos e itálicos! ¡Porque nosotros también estuvimos allí con vuestros legionarios, con los ciudadanos romanos, codo con codo, escudo con escudo, luchando por la grandeza de la ciudad hegemónica de Italia! ¡Combatiendo por la victoria de nuestra benefactora y protectora! ¡Sirviendo a nuestra madre! ¡Eso he dicho, a nuestra querida madre! ¡A Roma! ¡Porque eso es Roma, nuestra madre! —aulló enfervorecido en una verdadera entrada triunfal al tiempo que el Senado se venía abajo. La gran mayoría de los senadores salieron propulsados de los asientos, batiendo las palmas como si no hubiera un mañana.

Y Pacuvio, en medio del estruendo, sonrió.

No había nacido todavía un noble romano cuya vanidad pudiera resistirse a un halago de tal magnitud.

Podía continuar.

—Padres conscriptos —dijo, ahora de forma sosegada—, bien sabéis que desde que todas las ciudades de Italia somos vuestras aliadas hemos cumplido fielmente nuestras obligaciones para con vosotros según los tratados que Roma nos impuso. Los latinos respetan el foedus Cassianum. Las colonias latinas no se separan de sus leyes de creación. Y los aliados itálicos obedecen los acuerdos federados —reverberó con pausa, comprobando que los padres asentían con las cabezas—. Todas las ciudades conservamos por la generosidad de Roma nuestros Senados y magistrados. Algunas tienen más deberes que otras, y los latinos y las colonias ostentan más derechos que los itálicos, pero todos nosotros, cada uno en su justa medida, siempre hemos aportado y costeado las tropas que el Senado nos ha requerido para engrandecer el poder romano, primero en Italia y después en Hispania, África y Oriente. Hemos estado donde Roma nos ha necesitado —afirmó, y recorrió las bancadas.

Lo estaba haciendo bien, pero no quería alargarse. Era el momento de plantear la verdadera razón de su discurso. Elevó nuevamente las manos y redobló su gesto de corderillo degollado.

—Sin embargo, si todo cuanto he dicho es verdad, si siempre hemos cumplido, ¿por qué, pese a nuestra fidelidad, se nos priva ahora de las tierras que hemos poseído y cultivado desde hace generaciones? ¿Son justas esas acciones que parecen un castigo? —inquirió con semblante compungido.

Tras una teatral pausa y de evitar las miradas abrasadoras de Flaco y Carbón, fingió recomponerse y prosiguió:

—La realidad, senadores, es que poseemos las tierras de conformidad con las cláusulas de nuestros tratados, ¡esa es la verdad! ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿No nos permite Roma conservar nuestros Senados y nuestras leyes, pero también las tierras que rodean las ciudades? —preguntó antes de adoptar un gesto de reflexiva pena. Respiró hondo y llegó allí a donde quería llegar desde el principio—. Padres conscriptos, cuando surge una disputa sobre la propiedad de unas tierras en suelo itálico no hablamos de un simple conflicto entre Roma y los campesinos latinos. No, de lo que hablamos es de una cuestión superior. ¡Se trata en realidad de un litigio formal entre Roma y las comunidades latinas e itálicas! —declamó, elevando la intensidad de su oratoria—. ¡De un asunto capital que incumbe a las cláusulas de los tratados! ¡Porque, si Roma pretende privarnos de las tierras, está lesionando nuestros acuerdos! ¿Y creéis que en este estado de cosas corresponde a los triunviros agrarios resolver los litigios? ¿Acaso no deberían resolverlos las partes firmantes de los acuerdos, que no son otros que el Senado de Roma y los de las ciudades aliadas? ¿Es contrario a la buena fe lo que os digo? Pues por ello mismo, senadores, os pido hoy y aquí humildemente que sea el cónsul Sempronio Tuditano, y no los triunviros agrarios, quien juzgue y resuelva las disputas de propiedad en nombre de Roma. ¡El cónsul, no los triunviros!

—Y yo estoy de acuerdo con estas palabras —declaró de pronto, poniéndose en pie, Emiliano.

Lo que sucedió a continuación fue indescriptible.

A Flaco, a Carbón y al resto de los senadores de su cuerda, unas cuarenta togas, sorprendidos cual Horcas Caudinas, se les desencajó la mandíbula, pero no tardaron en reaccionar. Los ojos se les pusieron del revés y las venas del cuello se les hincharon al tiempo que se elevaban en masa, arremetiendo a gritos contra Emiliano.

El frente aliado senatorial no se quedó atrás.

Arropándose entre sí los Cornelios, Fabios, Emilios, Servilios, Lelios, Junios, Livios, Popilios y demás comandita antigracana, desataron su propio y demente júbilo brincando sobre las bancadas y aplaudiendo con las orejas mientras no faltaban los senadores más jóvenes que, desde las filas de atrás, señalaban a Flaco y compañía y les dedicaban bonitos versos de odio eterno.

La onda expansiva salió despedida por las puertas de la curia como si hubiera reventado el cono mismo del volcán Etna.

Cayo se asomó y contempló la refriega.

Después miró con alarma a Apio hijo.

—Corre hasta tu casa y avisa a tu padre —dijo sin aliento.

Apio hijo salió lanzado a la velocidad del rayo mientras la curia Hostilia se agrietaba sacudida a golpes.

¡Mi toga!

Roma, poco después

—Padre, ¡despierta!

Claudio emitió un gruñido. No quería despertar. Pese a sus persistentes dolores y el agotamiento por haberle contado a su nieto su campaña contra los salasos, por fin había podido conciliar el sueño.

—Padre, ¡te lo suplico! —oyó que le susurraba de nuevo aquella voz de cuervo que se colaba insistente e inoportunamente en su descanso. Por nada del mundo deseaba abandonar a Morfeo.

—Padre, ¡es importante!

Otra vez el graznido, aunque ahora pudo identificarlo. Quien lo reclamaba era el pasmarote de su hijo Apio, del que solo cabía esperar que se colase en sus plácidos sueños para tornarlos en la pesadilla de recordarle que su vástago era un inútil que nunca alcanzaría el consulado.

—Padre, ¡se trata de Emiliano! ¡Es muy grave!

¿Emiliano? Claudio se agitó como una culebrilla y abrió los ojos dispuesto a tomar el escudo y embestir a cuanto se le pusiera delante.

—¿Es el Senado? ¡Qué ocurre! —sacó fuerzas de flaqueza.

Apio hijo tomó aire aparatosamente antes de hablar de un tirón.

—Lamento despertarte, padre, pero Emiliano acaba de defender en el Senado que los poderes judiciales de la comisión agraria deben pasar a los cónsules…

Apio hijo no pudo continuar. Su padre, aupado por las Furias, concentrando en su menguante musculatura la poca fuerza que le quedaba, pegó un brinco del camastro, se puso en pie, tambaleante pero en pie, y comenzó a gritar echando espuma por la boca.

—¿Se ha vuelto loco? ¡Ese desgraciado va a conseguir que nos matemos entre nosotros y que el pueblo arrase la curia hasta sus cimientos! ¡Sin poderes judiciales los triunviros no podrán aplicar la ley agraria! ¡Mi toga, que alguien me traiga la toga! —lanzó un alarido gutural al tiempo que se quitaba de en medio a su hijo e irrumpía en el peristilo con su túnica corta de descanso y las piernillas blancas y desnudas al aire.

Una esclava que tuvo a bien pasar por allí se llevó una fenomenal colleja, y Claudio —que seguía avanzando por el peristilo agarrándose a todas las columnillas para no caer— estaba ya a punto de alcanzar a otra sierva que huía despavorida hasta que de las profundidades de no se sabía dónde emergió Antistia y le cortó el camino.

—Mujer, tráeme la toga —se atrevió a exigirle.

—Te quedas en casa —repuso ella como un muro.

—Soy el príncipe del Senado y el Senado también es mi casa… —Claudio tuvo que respirar. No le entraba aire en los pulmones—. Apártate de mi camino y de mi deber… —Nueva pausa para inhalar oxígeno. Estaba a punto de desplomarse—. Solo yo puedo evitar esta calamidad… Aprovecha mi ausencia… Emiliano se sirve de que nadie puede enfrentársele en el Senado… Soy el princeps Senatus… —exhaló en su asfixia.

Para entonces todo en la casa era desorden. Los esclavos corrían como pollos sin cabeza, algunos trayendo togas; otros se tapaban la cara con las manos para no ver a su señor de aquella guisa y se daban a la fuga; Apio hijo trataba de sujetar a su padre, a punto del derrumbamiento; Antistia, con los brazos en jarras, negaba con el gesto más oscuro que el más profundo lugar del universo; y Claudio, el gran Claudio, con la boca muy abierta, encorvado y con mirada agónica, apoyando la mano en un busto de Apio Claudio el Ciego, respiraba a duras penas, expandiendo y reduciendo unos pulmones que silbaban de modo ronco y desagradable.

Pero se mantenía en pie.

Elevó la vista y clavó sus ojos azul glacial en su esposa.

—No me dejes morir así, Antistia, ¡no me dejes! ¡Debo ir al Senado! —Antistia le miraba inmutable—. Mi toga, por favor…

Ella frunció el ceño, cruzó los brazos sobre el pecho y bajó la mirada al suelo. Solo se escuchaba el resuello de Claudio.

—Antistia… —oyó que suplicaba su esposo.

Levantó la mirada y se dirigió a una esclava.

—Hay un gran señor en esta casa. Ponedle la toga.

Así se hizo, y Claudio, sibilante y mareado, investido con la toga y con la majestuosidad de toda la familia patricia Claudia Pulcra, progresó por el peristilo.

Nadie caminaba delante.

Todos, con Antistia y Apio hijo en primera línea, lo hacían por detrás, agrupados como un atento manípulo, con el aliento ahogado, expectantes ante los vacilantes pasos, avanzando o deteniéndose cuando él lo hacía.

Claudio llegó al atrio.

Paró en seco.

Sus piernas comenzaron a temblar.

Con su brazo derecho buscó un apoyo que no encontró.

Cayó al suelo en bloque.

Antistia corrió en su ayuda.

Claudio pudo levantar a duras penas la cabeza y mirar a su esposa con ojos de pánico. No había teatralidad alguna en su postura.

—Antistia, me muero… ¡Me muero!

Apio hijo corrió de vuelta al Senado como nunca antes lo había hecho. Cuando llegó a la altura de Cayo, que seguía apostado a las puertas de la curia Hostilia, le hizo un gesto más que indicativo.

Cayo apretó los dientes y se asomó de nuevo al interior, donde nada había mejorado. Es más, había empeorado. Atrincherados todos en su sección de los graderíos, solo faltaba que entre los dos grupos antagónicos volaran los pila y cargaran espada y escudo en mano.

Al poco, pudo oírse por fin la voz a gritos del cónsul Tuditano.

—¡Terminaremos el debate y votaremos la propuesta dentro de siete días! ¡Doy por terminada la sesión!

Un nuevo rugido. Una nueva trifulca. Cayo, con el rostro descompuesto, abandonó el comitium.