Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El cuadrante de Catania
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El cuadrante de Catania

Roma, al mismo tiempo

—¡Ya ha pasado el mediodía y no nos reciben! —despotricaba Pacuvio sobre el podio de la Graecostasis, agitando puerilmente sus brazos—. ¡Nos están ofendiendo! ¡Hasta en esto nos quieren hacer pasar bajo el yugo! —se regodeaba en su queja y en su semblante tieso, más aún cuando, para colmo de males, se acercó hasta el lugar uno de los cuestores senatoriales con una sonrisa encantadora que se la habría despejado de un manotazo.

—Roma confía en la altura del sol —dijo el cuestor sin perder su agradable compostura.

—¡Pues lo dudo! —bufó Pacuvio, y señaló un precioso reloj de sol colocado en el comitium—. ¡Hace tiempo que ha marcado el mediodía!

El cuestor hizo esfuerzos para evitar la carcajada.

—Es el cuadrante solar que el cónsul Manio Valerio Máximo Mesala trajo de Catania hace más de ciento cincuenta años —explicó mordiéndose la lengua—. Señala mal las horas porque la latitud de Roma y la de Catania son distintas. Tardaron en darse cuenta, pero lo hicieron —matizó con un guiño—. El reloj que hay que observar es aquel —Y señaló otro, dispuesto en otro lugar del comitium—. Lo instaló el censor Quinto Marcio Filipo hace tres décadas. Este sí que fue hecho expresamente para Roma y es exacto. Según la sombra proyectada, aún no es mediodía —ilustró con cierta pedantería, lo que provocó que Pacuvio se sintiera como un idiota palurdo.

—Aguardaremos entonces a que el sol tenga a bien llegar al mediodía en Roma —murmuró entre dientes justo en el instante en el que un alguacil consular que estaba en la cima de la escalinata de la curia hacía sonar una estridente trompeta.

—¡Aja, ya es mediodía! —celebró, mordaz, el cuestor, llevándose el dedo índice al oído—. El sol subido en su carro ha arreado sus caballos para no importunar a Sexto Pacuvio —añadió.

Pacuvio, sorprendido por aquel personaje, lo miró con curiosidad. Tendría treinta y poco años y ojos astutos. Le había caído simpático.

—¿Cómo te llamas?

—Marco Emilio Escauro.

Pacuvio cabeceó con signos de aprobación.

—Marco Emilio Escauro… —barruntó—. Tienes un ingenio perspicaz. No lo abandones nunca. Llegarás alto en vuestro cursus.26 Y ahora, como doy por sentado que ese es tu cometido, condúceme oficialmente ante vuestro Senado.