Simplemente Cayo, Flaco y Carbón
Roma, poco después
Cayo, Flaco y Carbón ascendieron los escalones de la curia Hostilia. La sesión estaba convocada para el mediodía y el sol no estaba todavía en esa posición, por lo que tuvieron tiempo para girar en redondo y observar al grupo de aliados que aguardaban en la Graecostasis.
Naturalmente, el centro de su atención fue Pacuvio.
—Miradlo, está tan gordo que va a reventar —escupió Carbón.
—Se comporta como si Roma le debiera honores —porfió Flaco.
—Y mirad sus aspavientos, ¡me muero de risa! —siguió a lo suyo Carbón. El fregelano parecía enfadado y agitaba los brazos.
—Se queja del retraso en el comienzo de la sesión —oyeron que les decía Apio Claudio hijo, incorporándose al grupo.
—¡Pues yo de lo que me voy a quejar es de escuchar su voz de cuervo desafinado! —escupió Carbón, provocando que Cayo y Flaco lo escrutaran con gesto molesto. No olvidaban que si Pacuvio estaba aquella mañana allí era más que probablemente por la provocada estupidez de Fregelas—. ¿Por qué me miráis así? —se defendió el ojos negros, y añadió—: Estáis tan de acuerdo como yo en que lo que vaya a decir hoy va a ser una sarta de tonterías. Que si las tierras; que si son suyas; que si somos muy malos y demás mierda de un latino —ridiculizó, tratando de imitar los gestos de Pacuvio.
Pero Cayo ya no le prestaba atención.
—Quizás hoy no nos deba preocupar qué es lo que vaya a decir Pacuvio —aseveró de pronto, mirando a otra parte.
Flaco, Carbón y Apio Claudio hijo dirigieron sus miradas allí donde lo hacía Cayo, comprobando que Emiliano y su habitual cohorte acababan de acceder al comitium.
—Me limpio el culo con sus togas —farfulló Carbón.
—Has cogido afición a esa frasecita. Debes de tener el culo más que limpio —porfió, con gesto reprobatorio, Flaco.
—Tan limpio como la calva de Emiliano —insistió Carbón.
Flaco entornó los ojos. Carbón era incorregible. Después se dirigió a Cayo, cuya mirada permanecía fija en el avance de Emiliano.
—¿Por qué lo dices? ¿Por qué debe preocuparnos Emiliano? Solo está previsto que hable Pacuvio.
Cayo negó levemente con la cabeza al tiempo que cruzaba su mirada con la de Emiliano, que subía ya la escalinata.
—Entrad ya en la curia. Apio y yo nos quedamos aquí —masculló con el ceño fruncido y llamó acto seguido a su esclavo para que le colocara su silla plegable junto a las puertas del edificio, que permanecían abiertas. Desde allí podría seguir el curso de la sesión.
Flaco y Carbón, atentos ahora de nuevo en los renovados y ridículos aspavientos de Pacuvio, entraron en la curia.