Simplemente Emiliano
Roma, poco antes
Emiliano, con su matemática precisión y metodología, se levantó justo al alba, desayunando con la frugalidad y disciplina que se imponía a sí mismo los días importantes, y aquel lo era, bien que lo era.
Cuando estuvo preparado, con la toga perfectamente ajustada y en armoniosos pliegues, se quedó mirándose al espejo de bronce pulido, donde permaneció largo rato, escrutándose, comprendiendo que ya no era el joven y prometedor senador que había encandilado a Catón en los tiempos previos a la destrucción de Cartago. De hecho, tampoco era el enérgico triunfador que, después, convertido en el héroe del pueblo, había descendido del carro triunfal tras su victoria sobre los cartagineses.
En el reflejo del espejo ya no había igualmente rastro alguno del estricto censor que había procurado una Roma basada en la permanencia del legado de los mayores; una Roma impregnada en cada una de sus acciones de dignidad, severidad y honradez.
Y, en fin, por mucho que se mirase, tampoco encontraba al vencedor de Numantia como último reducto del orgullo romano y de unos valores cívicos y militares que se diluían en el olvido.
No, nada de aquello estaba reflejado en el bronce, pero no porque aquel hombre no hubiera existido, sino porque ahora, a sus cincuenta y seis años, superadas, una tras otra, todas las adversidades, era capaz de mirarse cara a cara y entender por qué su padre lo había entregado en adopción a la familia Escipión Africana.
Porque allí, en soledad, ante el espejo, no solo era ya un patricio, un cónsul, un augur, un censor y un triunfador por partida doble. Era todas las cosas a la vez. Era el hombre que, contra viento y marea, incomprendido o no por el pueblo y por el resto de los senadores, sujetaba los difíciles equilibrios entre unos y otros, entre el ímpetu turbulento de jóvenes como Cayo, Flaco y Carbón, la malicia competitiva de Claudio o la radicalidad de quienes en su locura habían seguido a Nasica para matar a palos a un tribuno de la plebe.
Él, en cambio, hacía un tiempo que había renunciado a que sus acciones buscaran satisfacer únicamente el favor de unos o de otros.
Como Escipión no era ese su papel, sino la salud de la República.
Lo que veía en el espejo era, en suma, al primer hombre de Roma.
Su hermano Fabio lo bajó del pedestal.
—No sé si tengo frente a mis ojos a Narciso embelesado de su propio reflejo en un estanque cristalino o al Publio Cornelio Escipión que está a punto de defender la causa de los aliados en el Senado —oyó que le decía con su característica guasa.
Emiliano, picajoso, se volvió hacia su hermano, que estaba apoyado despreocupadamente en la jamba de la puerta del cubiculum.
—Yo no soy joven ni vanidoso como lo era Narciso.
—Fingiré que no he escuchado lo de que no eres vanidoso —repuso Fabio con expresión burlona.
—Y yo fingiré que has creído que soy joven.
Fabio esbozó una suave sonrisa.
—Estamos todos. Pacuvio ya está en la Graecostasis.
Emiliano se contempló en el espejo una última vez. Después asintió con fuerza y giró sobre sus talones.
—Pues no esperemos. No es mi intención soliviantar todavía más a Pacuvio. No se lo aconsejo a nadie —bromeó, antes de recorrer su domus palatina e irrumpir a una calle abarrotada donde le esperaban cientos de senadores, clientes y amigos para acompañarle hasta el Senado, entre ellos, en primera fila, Cayo Lelio, Décimo Junio Bruto y el aprendiz de lobo Lucio Opimio.