Simplemente Claudio
Roma, al mismo tiempo
—¡Arpía! ¡Gorgona! ¡Sirena de canto emponzoñado!
—¿Algo más?
—¡Escila! ¡Lamia! ¡Keres! ¡Déjame morir tranquilo! —gritó Claudio postrado en el camastro.
—Te morirás cuando yo lo diga —replicó Antistia.
—¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¡Apenas puedo levantar las cejas en mi lecho de muerte pero sigues atormentándome con tus remedios! ¡Vete, pústula sanguinolenta!
—De aquí no me voy sin aplicarte el ungüento en la espalda.
—¡He dicho que no!
—Inmovilizadlo.
—¡El primero que se acerque sufrirá tormento! ¡Sigo siendo el padre de familia de esta casa! —les gritó Claudio a los infortunados esclavos que debían cumplir la orden.
—Eres orgulloso hasta para morir —gruñó Antistia.
—Soy incorregiblemente Apio Claudio Pulcro.
Aquella contestación podía sonar infantil, pero viniendo de quien venía, no lo era. Antistia se dio por vencida. No obstante, para no parecerlo, ahuecó el labio, frunció el ceño y se acercó a su esposo con el tarro de pestilente ungüento en la mano. Los esclavos que la rodeaban dieron entonces un paso atrás, aterrorizados, temiendo que aquellas dos fuerzas hercúleas de la naturaleza, dominus y domina, chocaran como dos cuerpos planetarios provocando el caos y la destrucción del universo. Ella estaba envejecida, canosa y cansada, y él no era más que un saco de huesos de ojos hundidos consumido en su camastro, pero eran ellos, simplemente ellos, Claudio y Antistia.
Para su descanso, todo fue un camino de rosas, quedando incólume el universo y, además, de la manera más sencilla, puesto que Claudio, al detectar el avance inmisericorde de su esposa, levantó su mano cual autoridad invencible, provocando de modo milagroso que Antistia detuviera su masa en movimiento.
—Pues si no quieres el remedio, vete al inframundo y ni se te ocurra esperarme, porque yo he de ir mucho más tarde que tú —espetó ella como contraofensiva. Callada no podía quedarse. Claudio tampoco.
—Es lo malo de ser un Claudio Pulcro, que siempre debemos ser los primeros, también en la muerte. No te voy a esperar —repuso con gesto tan insolente como indiferente.
Antistia, por el motivo que fuera, tal vez por un sentimiento profundo que no permitía aflorar, se quedó paralizada. Claudio, sorprendido, aprovechó para perder la mirada. Y los esclavos, boquiabiertos y estupefactos, creyeron ver que los ojos de ambos se vidriaban, lo nunca visto, aunque solo fuera un instante, muy fugaz, interrumpido abruptamente por la gélida llegada de la hija mayor de ambos, Claudia la vestal, ataviada de arriba abajo con sus ropajes de intransigente sacerdotisa que enjuicia a todo ser viviente.
—Te dejo con tu padre. Está insoportable —bufó su madre.
—Qué novedad —contestó Claudia con suma mordacidad.
—No me mires así, que no soy el fuego eterno. Aún no me voy a extinguir —ladró Claudio, al percibir el escrutinio inquisitivo de su hija.
—¿Ves qué te decía? —ironizó Antistia antes de girar sobre sus talones y salir del dormitorio con un perceptible halo de pésimo carácter.
Los agradables aires de una familia en estado de guerra soplaron, sin embargo, cálidos y suaves cuando, sin solución de continuidad, irrumpieron en el dormitorio Claudilla y su hijo, el pequeño Tiberio.
—¡Padre, hoy estás estupendo! —exclamó alegremente Claudilla.
—Avus! ¿Podrás hoy contarme tu victoria sobre los salasos de los Alpes? —le apremió con infantil ansia el niño.
Claudio giró su cabeza hacia su hija Claudia la vestal, un verdadero témpano de hielo.
—¿Tan difícil es tratar bien a un esposo, padre y abuelo? —le recriminó con su inagotable teatralidad.
Claudia adoptó un gesto perverso de esos que le encantaban a su padre, y dijo con el pecho abombado:
—Lo es cuando se trata de un hombre que ha sido cónsul, censor y triunfador. De un hombre que es augur, salio y príncipe del Senado.
Claudio, con su cabeza siempre apoyada en su almohadón de plumón de cisne, sin fuerzas físicas, descendiendo ya hacia una muerte próxima, estiró el cuello de modo presuntuoso y llamó a Tiberio.
—Ven, pequeño Graco, que te cuente cómo derroté a los salasos alpinos y cómo entré en Roma subido en el carro triunfal. ¿Sabías que tu tía Claudia subió conmigo al carro y que todos los romanos lo recuerdan como el día más grandioso de la ciudad? ¡Humillamos a los que querían destruirme! ¡Y a Emiliano el primero!
—¡Padre, no exageres! —bromeó Claudilla.
—No exagera lo más mínimo —gruñó Claudia la vestal.
—¿Todo eso es verdad? —preguntó un extasiado Tiberio.
—¡Todo! —reafirmó Claudio, y dejó que su nieto se subiera al camastro. Sus ojos azules brillaban como antaño en sus discursos en el Senado—. Déjame que te lo cuente…
—Pero antes tal vez quieras recordar —le interrumpió Claudia la vestal— que hoy el Senado recibe la embajada de latinos e itálicos.
—¡Tu padre no va a ir a ninguna parte! ¡No está en condiciones! —se oyó en la lejanía que gritaba Antistia.
Claudio puso cara de niño enfadado. En otras circunstancias, por supuesto que no hubiera faltado al Senado, pero realmente no tenía ya fuerzas para hacerlo, cosa que, por supuesto, no iba a reconocer.
—Que se indigeste el Senado con las pataletas de Pacuvio y su panda de llorones. El Senado no me necesita para esto —desdeñó con cara de asco.
—He creído que debías recordarlo —dijo Claudia.
—Sí, sí, muy bien…
—¿Me lo cuentas ya todo, avus? —volvió a la carga Tiberio.
Claudio no se hizo de rogar.
—Mis legiones consulares avanzaban por el valle alpino cuando desde lo alto se precipitó una horda de galos desnudos aullando cánticos estremecedores…