Simplemente Pacuvio
Roma, comienzos de marzo de 129 a. C.
Sexto Pacuvio amaneció cuando lo hizo su anfitrión, un opulento caballero enriquecido con el comercio marítimo que poseía en la cima del Aventino una domus del tamaño de Fregelas.
Era una rareza, pensó Pacuvio, que hombres como aquel con tamaña fortuna no quisieran dedicarse a las magistraturas ni al gobierno de la ciudad, pero así era Roma, una mezcolanza de senadores latifundistas, caballeros dedicados a los negocios y publicanos de gigantesca riqueza junto a campesinos soldados. También una plebe urbana que lo fiaba todo a holgazanear por las calles y que repartía sus simpatías a quien más banquetes ofrecía. A fin y al cabo, la obligación del rico era obsequiar.
Pacuvio desayunó con el caballero, sirviéndose tal magnitud de manjares que aquello parecía una cena engalanada en lugar de un frugal refrigerio matutino. Hablaron de lo lucrativo que era el tráfico de esclavos y de las rentabilidades de los viñedos y los olivares, nada comparables, en cualquier caso, con las ganancias que proporcionaban los inmensos pastos itálicos en los que correteaban felices miles de ovejas cuya lana se vendía a precios exorbitantes.
Departieron también sobre la muerte de uno de los pretores del año anterior alcanzado por un rayo, justo lo mismo que les había sucedido a un perro y a un lobo que se peleaban en Ostia. Pero del asunto que le había llevado aquel día a Pacuvio a Roma, lamentablemente el caballero no dijo ni esta boca es mía.
Y es que Pacuvio ansiaba compartir con la ilusión de un niño que, en una reciente sesión, el pretor urbano había solicitado que se escuchase en el Senado a una representación de los latinos e itálicos para que pudieran exponer su parecer sobre las restituciones de tierras públicas.
Lógicamente, los senadores populares al mando de Flaco y Carbón —Claudio, decían, se moría— habían puesto el grito en el cielo y pataleado como niños enrabietados hasta sobrevenirles la ronquera más ridícula, pero los padres conscriptos habían aceptado la propuesta.
En estas lides, Pacuvio bullía de prepotencia, porque, obviamente, no tenía ninguna duda de que el que estaba detrás de la petición del pretor no era otro que el mismísimo Emiliano, quien, a la postre, a su vez, había movido ficha gracias a él y a su astuta inteligencia, ya fuese por el día en el que le había cortado el paso en las Ferias Latinas, o por la noche en la que había irrumpido en su casa para denunciar la agresión de Carbón en Fregelas.
Además, su alegría y vanidad alcanzaban cotas orgiásticas al haber sido elegido de forma unánime por las ciudades latinas e itálicas para hablar ante el Senado y mostrar los abusos de los triunviros agrarios.
En conclusión, todo un éxito del que, sin embargo, su anfitrión aquella mañana no quería decir ni pío, bien porque el naviero no quería meterse en política, bien porque no le interesaba que en el comercio oriental ganaran mercados y derechos los latinos.
Sea como sea, con la panza llena en exceso, Pacuvio se despidió de su generoso protector y salió a la calle, justo donde arrancaba en su descenso el clivus Publicius. Allí le aguardaban Quinto Numitor y un abigarrado grupo de latinos de Praeneste, Tibur o Beneventum, además de itálicos de comunidades de los samnitas, los marsos o los marrucinos, no más de cincuenta hombres.
—A la casa del Senado de Roma —ordenó grandilocuente.
Todos lo siguieron obedientemente.
Cruzando el barrio de los artistas y los poetas, allí donde habían vivido Ennio, Cecilio Estacio o Terencio, Pacuvio sintió unas enormes ganas de activar la lengua y lanzar una de sus profundas y magistrales reflexiones. Y el agraciado en escucharla fue nuevamente el bueno de Quinto Numitor, que lo acompañaba a su lado.
—Ellos, los romanos, nacen de un hombre libre —se arrancó en su soflama. Numitor prestó atención. Más le valía hacerlo. Pacuvio seguía su recitación—: Ellos son «ingenuos», como se llaman a sí mismos, hombres libres que ansían la libertad, pero no solo como estado jurídico, sino como un ideal humano que conduce toda su existencia. Precisamente porque son libres, son soldados, electores, padres de familia, administradores de su patrimonio y dueños de su casa. En su libertad, el romano celebra los sacrificios domésticos, ofrece fuego a los lares familiares, vino puro al genio de la estirpe y quema incienso a los penates de la despensa. Pero también asiste a los juegos y fiestas religiosas, participa en sus asambleas y actúa dentro de la justicia romana. Y me dirás, Numitor, que todo eso también lo hacemos nosotros en gran parte, pero ¿sabes cuál es la diferencia? ¿Lo sabes?
Numitor lo sabía, pero tuvo la prudencia de dejar que a Pacuvio se le llenara la boca al decirlo.
—La diferencia es la ciudadanía romana, querido Numitor, ¡la ciudadanía de pleno derecho romano! —exclamó en una extraña combinación de rencor, envidia y ansia—. Hoy he dormido en la casa de un caballero de Roma —continuó—. He visto su atrio, lleno de vasos de Atenas, tapices orientales y cuadros de maestros griegos. He visto su tablinum con su mesa de roble bellamente labrada, pero, junto a la misma, bustos de Sócrates y de Cleanto, y esculturas de las musas de la historia, de la poesía trágica y de la astronomía. Y he visto su panoplia militar perfectamente colocada a la vista y montada sobre un armazón de plata, con su coraza, su casco dorado, las grebas de oro, el escudo de vivos colores, la espada y el pugio de la victoria. ¿Y sabes que significaba todo ello? ¿Lo sabes?
Numitor, de nuevo, dejó que Pacuvio se explayara. Para entonces ya habían descendido la cuesta Publicia y pasaban junto a los templos de Flora a la derecha y de Ceres a la izquierda, embocando el foro Boario.
—Significa que dominan el mundo, Numitor, ¡el mundo! —prorrumpió rabioso—. Se llevan a sus casas toda la gloria y la riqueza, pero no la comparten con nosotros, ¡cuando sin nosotros no serían nada! ¡Nada!
—Afortunadamente, Escipión Emiliano lo ha comprendido —dijo Numitor en el momento en el que acometían la calle de los etruscos. Al fondo podían verse ya las portentosas paredes laterales de la basílica Sempronia y del templo de Cástor y Pólux, la entrada al foro.
Pacuvio recorrió todo el vicus sin decir nada, limitándose a gruñir con cara de malas pulgas. Accedieron después al foro, lo cruzaron por su lado ancho y ascendieron la Graecostasis, la tribuna erigida junto a los rostra en la que los embajadores aguardaban a ser llamados al Senado.
Allí, con la curia Hostilia a la vista, en el lado opuesto a la plaza circular de los comicios, Pacuvio finalizó su soberbia reflexión.
—¿Crees que Emiliano lo ha comprendido? —le bufó a un Numitor que elevó sus manos en modo defensivo, temiendo que Pacuvio lo devorara si no atinaba con la respuesta.
—Al menos va a defender nuestra causa.
—¡Ja! —desdeñó Pacuvio—. Emiliano solo lo comprenderá cuando llegue por sí mismo a la conclusión de que nada de esto se solucionará si no comparten con nosotros lo que más quieren. En realidad, las tierras nos importan lo que valen las cagadas de una yunta de bueyes. Las tierras no son más que la excusa, la chispa que inicia un fuego, débil al principio, devastador si no se le cuida. Lo que ansiamos es ser como ellos. Queremos compartir la gloria.
—¿Realmente lo queremos? —titubeó Numitor.
Pacuvio frenó en seco.
—¡Oh, por supuesto que sí! Queremos ser ciudadanos romanos. Queremos la ciudadanía romana —concluyó, y subió a la Graecostasis.