Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) La retaguardia del campamento
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La retaguardia del campamento

Nadie lo vio llegar.

Ni a él ni a sus quinientos escaladores.

Se arrojaron sobre la retaguardia tracia como dementes sanguinarios. Tal fue el impacto que tembló el suelo. Los tracios vacilaron. Algo grave sucedía a su espalda. Nasica y Léntulo estiraron el cuello. Todos los vélites hicieron lo mismo. Los tracios, nerviosos, comenzaron a mirar hacia atrás, donde muchos de los suyos desaparecían como si se los tragara la tierra.

Y tan pronto como habían permanecido en la lucha, la abandonaron. Luchaban por dinero, pero querían vivir para gastarlo.

Llegó el pánico.

Y con él sus amigas más fieles, la desbandada y el desconcierto.

Todo el frente tracio se vino abajo.

—Es Ligustino, ¡al fin! —barbotó Nasica, mirando a Léntulo con una sonrisa de enorme alivio.

—Resulta que va a ser cierto que ese hijo de perra parte cuellos de jabalíes y escala como las cabras —farfulló este en su asfixia.

—Eso parece —celebró un exhausto Nasica al tiempo que notaba una presencia a su espalda. Se giró. Era Emiliano, o más bien una alma rabiosa que clamaba que la liberasen. Nasica resopló. No podía ponerle puertas al campo—. Persíguelos, adelante —cedió—. Hazlo antes de que explotes. Pero no te alejes ni cometas impruden…

No pudo continuar. El joven Escipión perseguía ya sin denuedo la huida alocada de los tracios, que ahora, derrotados y acribillados por todas partes, se precipitaban ciegos en su descenso hacia Macedonia, por donde había camino y por donde no lo había, no deteniéndolos ni precipicios ni peñascos.

—Nasica, las puertas del reino están abiertas —proclamó Léntulo con gran boato y solemnidad.

—Pues entremos en sus salones y hagámoslo persiguiendo a nuestros anfitriones los señores de Tracia —respondió Nasica con igual ceremonia al tiempo que se sentaba para descansar. Necesitaba tomar aire. A su alrededor se amontonaban cientos de muertos, de los suyos y de los otros. Pero Macedonia se abría a sus pies.

En el campamento romano junto al río Elpeo. Amanecer del 19 de junio de 168 a. C.

—¡El cónsul debería ver esto!

Paulo, que leía un despacho senatorial, levantó la vista. La cara de Metelo, completamente iluminada, anticipaba que aquello que había de verse merecía verdaderamente la pena.

Salieron del pretorio y se unieron a la riada de legionarios que, alborotados como hormigas después de que un niño importunara su hormiguero, corrían dando botes en dirección a la puerta pretoria, aquella orientada al enemigo o, lo que era lo mismo, al río Elpeo.

Allí se dirigieron con premura, yéndose a asomar a la empalizada, no sin que Metelo repartiera tortas como panes para abrirse paso entre la masa de legionarios que estiraban sus cuellos como pollos.

Hecho el hueco necesario, Metelo señaló al frente con una sonrisa que no le cabía en su carota adornada por sus espesas cejas.

—¡Perseo se va!

Paulo, el hombre tranquilo, miró a lo lejos.

Efectivamente, todo era ajetreo en el campamento macedonio, siendo evidente que el movimiento no lo era para preparar las tropas, sino para salir de allí a toda velocidad. Muchos hombres salían despedidos de sus tiendas, llevando sobre sus espaldas fardos enteros y su panoplia. Otros empujaban carros o tiraban de los bueyes y mulas de tiro. La caballería, levantando una gran polvareda, se retiraba igualmente. Todo era desorden, gritos y precipitación. Y más allá del campamento, en dirección a Macedonia, se elevaba una gigantesca columna de polvo que delataba la marcha apresurada y en fuga de un ejército entero. Perseo se retiraba al corazón de su reino.

—¡Perseo se va! —reiteró un emocionado Metelo—. ¡Ese hijo de perra de Nasica lo ha conseguido! ¡Estoy seguro! —barritó a los cuatro vientos, provocando que el ejército lanzara un bramido de júbilo.

Paulo, en cambio, no compartía tanta exaltación.

—Crucemos el río, con cautela —se limitó a ordenar sin ningún exceso y sin dejar de escudriñar, muy serio, la orilla contraria.

Tres horas después, una vez que las partidas de exploradores confirmaron que no quedaba un alma en el campamento macedonio, Paulo, sobre su caballo, surcó majestuosamente las aguas del Elpeo, al paso, sin prisas, ataviado con su armadura de gala y bien escoltado por sus legados, los tribunos y los prefectos de los aliados.

No descabalgó en ningún momento, tampoco cuando superó las empalizadas y las abandonadas torres defensivas con sus máquinas de artillería, entrando en el campamento enemigo.

Atravesó las calles desiertas formadas por los millares de tiendas en las que todo había sido desatendido, incluso la enorme y suntuosa tienda de Perseo, con lonas púrpura con hilos de oro y banderolas al viento de la casa real macedonia. Era evidente que todo aquel lugar había sobrevenido el pánico.

—¡Nasica, ha tenido que ser Nasica! —celebró a lo suyo un Metelo cada vez más arrebatado.

Paulo, sin embargo, mantuvo de nuevo el silencio y cruzó el campamento hasta abandonarlo por la puerta que se abría a Macedonia. Delante no había montañas, sino la verde y plácida llanura marítima que conducía a la cercana Díon, la capital política y religiosa del reino. El ejército de Perseo no era más que una gigantesca nube lejana.

Paulo miró al frente, observando el nuevo mundo que se abría a su pies. Al rato, descabalgó.

—Traedme mi silla curul —pidió. Y se sentó con las manos apoyadas en los muslos, esperando, sin dejar de escrutar Macedonia.

Nadie se atrevió a abrir la boca, tampoco Metelo, yéndose a colocar su consejo militar y miles de legionarios a su espalda en un silencio sobrecogedor.

El sol ascendía sin que nada llegara desde Macedonia.

Delante solo había vacío.

Y silencio, mucho silencio.

Hasta que comenzó a oírse.

Era un cántico, lejano al principio, fuerte y apasionado después.

Y al coro le siguieron los estandartes de las unidades del Olimpo.

Emergieron poco a poco, divisándose cada vez más coloridos.

—¿Veis? ¡Era Nasica! —aulló Metelo con orgullo.

—¿Qué cantan? —preguntó un tribuno.

—Algo de que ya vuelve la legión de los rabos —entendió otro.

Pero Paulo seguía sin moverse de la silla curul, con la mirada perdida al frente. Un tribuno hizo el ademán de echar a correr para recibir a los triunfadores, pero Metelo se lo impidió.

—Nadie se mueve hasta que él lo ordene.

La espera se hizo eterna. Los héroes se acercaban y seguían cantando. Con todo, nadie movió un musculo ni activó sus cuerdas vocales hasta que pudo verse al frente de la tropa a Nasica y, junto a él, cabalgando sonrientes, a Emiliano y a Fabio. Solo entonces Paulo se puso en pie y se giró a todos con ojos, ahora así, efervescentes.

—¿A qué esperáis? ¡Dadles la bienvenida que merecen! ¡Y hacedlo rápido! ¡Debemos dar caza a un rey!

Y el ejército de Macedonia salió en estampida para abrazar a los héroes de Petra al tiempo que Paulo se fundía en un brazo con sus hijos.