Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Parte frontal del campamento
38%

Parte frontal del campamento

Los vélites presionaban y presionaban y se turnaban en sus líneas, pero los apestosos tracios, apelotonados en una masa informe, no cedían.

Incluso las heridas en sus cuerpos desnudos y sangrantes los espoleaban, siempre que fuesen aparatosas y carnosas, porque cuando penetraba hasta el fondo de sus carnes una bola de honda o una punta de flecha y no podían sacársela, se lanzaban al suelo desesperados de rabia porque podía terminar con ellos una herida tan aparentemente insignificante.

—¡Bestias repugnantes! —escupía Léntulo cada vez que lo veía.

—¡Otra carga! ¡Una más! —arengaba Nasica al borde del agotamiento. Los tracios podían ser bestias repugnantes, pero en resistencia y en el cuerpo a cuerpo eran admirables.

Una nueva sección de mil vélites arremetió contra la línea enemiga. La luz del sol bañaba ya con fuerza las paredes del collado y dejaba ver las salivas del esfuerzo despedidas desde las bocas secas, los brillos de las espadas, las gotas de sangre y el vapor de las respiraciones en el frío alpino de la mañana.

Pero los tracios no perdían terreno.

Bien al contrario, lo ganaban en el centro de la batalla.

—¡Van a partir la línea! —barruntó Léntulo lleno de alarma.

—¡Más vélites al centro! ¡Reforzadlo! —le gritó Nasica al oído a un centurión empapado en sangre.

Nuevos destacamentos llegaron apresuradamente para taponar la brecha frente al colosal empuje del enemigo.

—¿Es que estos tracios no respiran ni se agotan? —gimió Léntulo, uniéndose él mismo a la refriega, repartiendo mandobles a diestro y siniestro.

—Ligustino, por todos los dioses, ¿dónde estás? —imploró un desfallecido Nasica.