Colgados de las paredes
Ligustino y sus quinientos hombres escogidos se movían entre los riscos como pez en el agua, o, mejor dicho, como arañas peludas y mortales sobre una pared. No había altura ni precipicio que los detuviera ni aun en la noche. Estuvieron a punto de despeñarse, no una, sino varias veces, pero los dioses en todos los casos vinieron a proporcionarles un apoyo en el último momento.
Tampoco desprendían piedras que pudiera delatar su presencia en aquel paredón que descendía en vertical sobre uno de los flancos del campamento enemigo. Allí, más abajo, no había ni un solo tracio de guardia, lo que no era de extrañar. Nadie en su sano juicio reptaría por aquel abismo; solo hombres de las montañas que, carentes de todo, necesitaban rescatar los ganados que los mantenían con vida en sus agrestes pueblos de Italia.
Colgados y dispuestos todos en el barranco, Ligustino pudo oír en la lejanía el inicio del combate. Primero los desagradables chillidos tracios, después los hermosos cánticos latinos. Algunos de sus hombres se impacientaron y quisieron descolgarse entonces de las rocas, pero tuvo paciencia. Si Nasica le había ordenado que aguardase, lo haría.
Al rato era ya evidente que se luchaba sin cuartel sobre la empalizada. Desde lo alto ya no veía salir tracios de las tiendas, por lo que todos estarían impidiendo que Nasica entrara y los desalojara. Era el momento. Los sorprendería por la espalda.
—Todos abajo —dispuso con agilidad felina, brincando de roca en roca, de saliente en saliente, hasta poner los pies en la altiplanicie.
—Todos adentro —ordenó en cuanto su tropa arácnida estuvo a su lado, entrando en el campamento por uno de sus laterales, muy despacio y agazapados para que nadie los descubriera, pero con toda impunidad.
Fueron de tienda en tienda, entrando con sigilo en cada una de ellas para no dejar un tracio vivo a su espalda. Solo en una ocasión se toparon con uno que roncaba como un elefante acatarrado, notoriamente afectado por una monumental borrachera. Lo degollaron y continuaron su camino. Los tracios luchaban solo en el extremo que daba a Grecia. Ni uno solo había tenido la precaución de cuidar su retaguardia.
Sus quinientos hombres barrieron el campamento entero hasta divisar la empalizada en la que se batían las dos fuerzas. Ligustino sonrió y miró a sus chicos con ojos que brillaban en la luz del alba.
—Gritad hasta quedaros roncos. Que sepan que vemos sus culos. Matad a todos los que podáis. Sacad vuestros rabos.