Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) La lucha en las alturas
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La lucha en las alturas

Emiliano nunca había participado en un combate real y sentía el nervio en su interior. Sin poder evitarlo, se debatía entre dos opciones. La primera, si estaba agitado por el miedo. La segunda, si lo estaba por arrojo, pues sabía por propia experiencia que la mente también podía estar ansiosa por hacer algo, y no solo por evitarlo.

Era cierto que sudaba profusamente y que percibía en sus sienes todos y cada uno de los latidos de su corazón, mas tampoco le servía para discernir si en su interior anidaba el temor o el valor en la acción. Solo sabía que, encontrándose en cuclillas allí donde terminaba el bosque y comenzaba la pequeña altiplanicie, sus músculos ardían.

—Lo sabrás en cuanto Nasica nos haga avanzar. Ahí lo sabrás. A mí me ocurrió lo mismo la primera vez —oyó que le decía con gesto sereno y comprensivo el tribuno Léntulo, acuclillado como él junto a otros cuatrocientos hombres más que conformaban la segunda línea de ataque en la divisoria entre el bosque y el collado. La primera línea era un pelotón de cincuenta arqueros cretenses.

Emiliano miro a Léntulo con agradecimiento. Después elevó la vista al cielo, que comenzaba a anaranjarse. Sus nervios se intensificaron todavía más y su musculatura se tensionó de modo natural, pero, para su sorpresa, de modo placentero.

Y cuando Nasica susurró «adelante», lo supo.

Su excitación no era vacilación.

Su nervio era valor.

Los primeros en moverse con un sigilo imposible fueron los cretenses. Todos ellos, los cincuenta, abandonaron la protección del bosque, corrieron para alinearse, tensaron sus arcos y se quedaron inmóviles, con las flechas preparadas, mientras el propio Emiliano, su hermano, los tribunos, Nasica y cuatrocientos hombres más se colocaban en dos líneas justo detrás con las jabalinas ligeras en mano.

Los tracios que guardaban la puerta del campamento seguían sin inmutarse, ajenos al despliegue, medio adormilados, tirados por aquí y por allá hasta que, una vez más de tantas, aquel silbidito tan característico los hizo ponerse en guardia.

Era tarde.

Veinticinco flechas cayeron desde lo alto, acelerando en su caída y yéndose a incrustar en troncos, piernas, brazos y cráneos.

Una segunda e inmediata andanada los acribilló aún más.

Y una tercera y una cuarta, pues los cretenses, como máquinas de la guerra, disparaban por turnos sucesivos y en una cadencia vertiginosa.

—Ahora, avanzad —oyó Emiliano que ordenaba Nasica con un sosiego inconcebible.

Las dos líneas de tropa ligera echaron a correr, pero sin gritar, emergiendo del bosque inmediatamente detrás de ellos un destacamento de otros cuatrocientos vélites, y detrás otro más, y otro más, en perfecto orden, ocupando todos el ancho de la meseta tanto como la empalizada del campamento que la bloqueaba.

El fuerte enemigo estaba ya a cuarenta pasos y los guardias de la puerta todos muertos, pero no eran los únicos. Los gritos de la endiablada lengua tracia se elevaron sobre las gargantas y despertaron a la horda que custodiaba las puertas de Macedonia. Las tiendas comenzaron a vomitar guerreros, cientos de miles, cegados por la rabia, pero casi todos ellos sin sus corazas y cascos. Como los galos, muchos iban a combatir desnudos.

Cuando apenas restaban quince pasos para alcanzar la empalizada, llegó desde su interior una nube de flechas, bolas y jabalinas. Los tracios eran rápidos en la defensa.

Emiliano vio cómo dos de los vélites que corrían a su lado caían como sacos con sendos venablos clavados en cuello y clavícula.

—¡Rodilla al suelo y elevad los escudos! —bramó Léntulo. Su orden fue repetida por los centuriones a lo largo del frente.

Tres mil hombres a la carrera frenaron en seco, hincaron la rodilla y colocaron sus pequeñas rodelas redondas sobre sus cabezas. La lluvia de proyectiles no cesaba, como tampoco el ruido de los chasquidos, impactos y crujidos sobre la madera y cuero de las defensas.

Al mismo tiempo, los cretenses, ahora desde la retaguardia, no dejaban de escupir flechas, muchas incendiarias, que volaban sobre la tropa romana para ir a caer en el interior del campamento tracio, provocando las primeras llamaradas e incendios en las tiendas.

—¡Lanzad! —rugió Léntulo cuando cesaron los dardos enemigos.

Y tres mil hombres se pusieron en pie, alargaron sus brazos y expulsaron la primera jabalina, formándose un enjambre que cayó a plomo sobre el enemigo.

—¡A tierra! —aulló el mismo Léntulo cuando los tracios devolvieron tanto cariño. Hierro contra hierro.

—¡Lanzad y cargad! —repitió hecho un basilisco en un ínterin, alzándose de nuevo la legión para propulsar el segundo de los venablos y reiniciar el avance, gritando ahora sí como bestias surgidas de la profundidad de la foresta.

Los vélites, despojados de coraza, mucho más ágiles que los legionarios de infantería pesada, recorrieron velozmente el espacio que quedaba hasta el campamento, ascendieron la empalizada y superaron la estacada como gatos monteses. Pero allí aguardaban los tracios, desordenados y sin cotas de malla, muchos sin escudos y heridos por las andanadas de venablos y flechas, pero con la ira en los rostros, blandiendo sus espadas al tiempo que pedían a los romanos que llegaran hasta ellos. Incluso uno de ellos, al ver a Nasica y reconocer su panoplia, se adelantó y se abalanzó como un animal salvaje. Nasica, sin inmutarse, le clavó la jabalina en el pecho y el tracio cayó muerto al instante.

—¡Desalojadlos de la empalizada! ¡Enviad a esos hijos de perra al inframundo o allí donde moren sus muertos! —gritó un Léntulo enardecido por la pasmosa defensa de Nasica.

Los vélites espolearon su ánimo y embistieron a los tracios, prácticamente dentro ya del campamento. Emiliano, desatado, tajaba y estocaba el primero, tensas las mandíbulas, letales y profundos sus ojos de joven y voraz halcón.

—Ve detrás —oyó sin embargo que le ordenaba Nasica. No le hizo el menor caso—. ¡Detrás, a retaguardia! —bramó esta vez Nasica, que no esperaba tanto ímpetu y que se zafase tan abiertamente en primera línea. Su hermano Fabio, más sensato, luchaba por detrás—. ¡He dicho que a retaguardia! —insistió—. ¡No quiero llevarle a tu padre la victoria y tu cadáver! ¡Atrás!

Emiliano aún tuvo tiempo de protegerse con el escudo de un mandoble tracio y devolver el golpe en la cara de su oponente, destrozándole la mandíbula, todo antes de relajar su empuje y dejar con la viva decepción en su rostro que el ataque de los suyos lo superara y lo envolviera en la seguridad.

No, no sentía miedo.

Solo ardor.

Los tracios no cedían.

Quería luchar.

Quería vencer.