Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Por el valle de Perrebia
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Por el valle de Perrebia

En cuanto las tinieblas cayeron sobre Heraclea, la «legión de los rabos» —como la había bautizado Ligustino para espolear a su vez a todos los hombres— abandonó el campamento, alejándose de la costa en dirección a la ciudad perreba de Pition, que distaba unas veinticinco millas hacia el oeste.

Con la vigilante y oscura mole del Olimpo siempre a su diestra, la columna avanzó sin contratiempos, como lo haría una enorme serpiente en su caza nocturna, en perfecto sigilo, sibilina, serpenteante, oculta en el bajo bosque, cruzando las plateadas corrientes que descendían de la cordillera, todas ellas pequeñas y estrechas salvo una, de gran amplitud, muy mansa y de al menos sesenta pasos de ancho, frente a la que se detuvo Nasica y toda la tropa.

—¿Qué profundidad tendrá? —preguntó un dubitativo Fabio.

—Puede que cubra al caballo y a su jinete —dijo Nasica.

—No conviene marchar de noche con la indumentaria empapada —porfió el tribuno Aulo Antonio.

—Puede que haya remolinos. Busquemos un paso cercano —sugirió el también tribuno de los soldados Publio Léntulo.

—No conviene retrasarnos —negó Nasica.

—Hay otras maneras de saber cuánto cubre —oyeron todos que decía sin preaviso el joven Emiliano antes de arrear su caballo y meterse directamente en el río sin contemplación alguna, hundiéndose primero hasta la panza de su corcel, luego hasta su cintura, después hasta el pecho y, finalmente, bajo la atenta mirada de todos, cuando su rastro ya casi se perdía en la negrura, hasta el pecho, todo antes de volver a emerger.

—¡Hasta aquí cubre! —gritó Emiliano.

Nasica, con las dos manos tranquilamente apoyadas en el lomo del jamelgo, miró a los demás con gesto pícaro.

—¿Hay alguien que no quiera mojarse o cruzar el vado ahora? —No obtuvo respuesta alguna—. Pues adelante, que no hay remolinos y la noche es calurosa. Nos secaremos pronto —ordenó risueño, entrando él mismo en las aguas—. Bien hecho. Así hacemos las cosas los Escipiones —felicitó a Emiliano cuando pasó a su lado, ya en la margen contraria, provocando que el joven se encogiera feliz y humildemente de hombros.

Poco antes del amanecer llegaban a las inmediaciones de Pition, yendo a descansar bajo el templo dedicado en aquellos lares a Apolo Pitio. No era un lugar sagrado tan famoso como el dedicado al mismo dios en Delfos, ni mucho menos, pero estaba apartado del camino y muy poco visitado por la proximidad de la guerra. Era, en definitiva, un buen sitio para reponer fuerzas después de haber caminado toda la noche.

—Dormid, que al anochecer afrontaremos el paso de Petra —requirió Nasica al tiempo que señalaba las gargantas que, hacia el norte, ascendían abruptamente pegadas a la vertiente occidental del Olimpo.

Los más cercanos giraron sus cuellos y elevaron sus miradas. Allí la montaña estaba dominada por inmensos paredones que nacían de un frondoso bosque extendido en todas direcciones.

—No es de extrañar que eligieran este lugar —balbució Fabio.

—¿Los tracios? —preguntó Nasica.

—Los dioses —aclaró Fabio con voz trémula, señalando la cima del monte Olimpo.

Un escalofrío recorrió la espalda de todos.

—Puede que se asomen desde sus casas de cristal para disfrutar del combate en las alturas —arengó Nasica, y añadió—: Descansad, que esta noche nos batiremos con ellos.

—¿Con los dioses? —ironizó Emiliano.

—¡Por Hércules, no quiero verlos todavía! ¡Con los malditos tracios! —porfió Nasica con gesto de fingida alarma, provocando un estridente coro de risas nerviosas.

El paso de Petra. Noche del 18 al 19 de junio de 168 a. C.

Tal como Nasica había dispuesto, la legión de los rabos inició el ascenso al abrigo de la nocturnidad, primero entre arbustos propios del país, después atravesando un robledal y, por último, allí donde el paso se cerraba y comenzaba a ganar gran altura, bajo un bosque de pinos de hermosas y altas copas por donde zigzagueaban pequeñas sendas naturales en las que apenas cabía un hombre.

Para aquel entonces, dejados los caballos en la retaguardia, todos a pie con venablos, escudos ligeros y espada al cinto, la columna, ramificada en varias líneas en función de los senderos, se alargaba dos millas de comienzo a fin. Eso sí, nadie jadeaba por la pendiente. Nadie pisaba hojarasca o una rama seca. Nadie se alteraba por los ruidos de las bestias. Todos avanzaban bajo las copas de los árboles y bajo una preciosa bóveda celeste inundada por millones de estrellas, con la discreción del lobo, aguzando su vista en la oscuridad de la montaña.

Cinco millas después, sin haber visto ni un solo enemigo, Nasica, que iba en cabeza junto a Ligustino, Fabio y Emiliano, paró en seco, justo donde el bosque terminaba de golpe y el desfiladero interrumpía su ascenso para abrirse a un meseta achatada de trescientos pasos de ancho flanqueada en ambos lados por pendientes vertiginosamente laterales. Aquella olla natural era el fin de la ascensión. Estaban en lo alto del paso de Petra, más de siete estadios por encima del mar.25 Tras aquellas puertas naturales comenzaba el descenso a las llanuras de Macedonia.

Nasica se llevó el dedo índice a los labios y echó muy despacio cuerpo a tierra. Lo propio hicieron todos los de vanguardia y los grupos que iban llegando al collado.

—El campamento tracio —susurró, señalando hacia delante, donde apenas a unos cien pasos se veían las antorchas de la puerta del fuerte custodiada por una veintena de guerreros. Detrás, resguardadas por estacadas y empalizadas, despuntaban por la luz de la luna las lonas pardas de cientos de tiendas de campaña. El campamento tracio, levantado a lo largo y ancho del amplio collado, les cerraba el paso.

—Estos idiotas no nos esperan —bufó Ligustino por lo bajo.

—Os lo dije, los tracios también duermen —siseó Nasica sin dejar de mirar a todas partes, calibrando todas las opciones, hecho lo cual reptó hacia atrás. Todos lo imitaron, protegiéndose de nuevo en la frondosidad del bosque.

Nasica hizo un gesto para que lo rodearan Ligustino, los tribunos militares Léntulo y Antonio y Fabio y Emiliano.

—Son menos de los que esperáramos, pero por el número de tiendas no habrá menos de cinco mil —murmulló, y miró a Ligustino—. Centurión, además de jabalíes, ¿en tu Sabina natal tuviste que perseguir cabras extraviadas en el monte?

Ligustino lo entendió a la primera.

—Las cabras de la Sabina me temían en los roquedos.

—¿Y tienes hombres que puedan presumir de lo mismo?

—Al menos quinientos.

Nasica ronroneó con gesto satisfecho.

—Bien, ¿ves las paredes que cierran la altiplanicie por la izquierda?

Ligustino apretó los ojos.

—Las veo.

—Pues reúne a tus cabras con rabo, bordea el collado y sitúate en lo alto de las paredes. Y cuando oigas el fragor de la lucha, descuélgate por esas pendientes y ataca la empalizada, pero no en los primeros gritos, sino pasado un tiempo, ¿me has entendido, centurión?

—Perfectamente. Caeremos por su espalda.

—Eso mismo. Ve ya.

Ligustino se movió como una silenciosa centella y desapareció en la oscuridad al tiempo que iba tocando en el hombro a los vélites escogidos para emular a las cabras alpinas.

Nasica escrutó entonces a Léntulo y Antonio.

—Los arqueros cretenses los primeros —decretó—. Después, la lluvia de hierro. Por último, la carga de la tropa ligera. Pero todo ello cuando esté a punto de rayar el alba. Que los hombres se tomen ahora un respiro y que beban y coman algo, no mucho. Hemos de ser rápidos y ligeros… Y que se encomienden a todos los dioses. Es la hora.