En Heraclea
Nasica y su tropa llegaron a Heraclea pasado el mediodía, entrando en el campamento levantado a poca distancia de la ciudad.
—Que todos descansen.
Cuando ya anochecía, llegó un mensajero enviado por Paulo. Nasica lo recibió en su tienda.
—Perseo solo mira al frente —se limitó a decir el heraldo.
Nasica asintió. Todos comprendían aquella frase.
—Que venga Ligustino —les dijo a Fabio y a Emiliano, que iban con él a todas partes como si fuesen su sombra.
Poco después, el centurión estaba ya perfectamente cuadrado ante Nasica, con su barbilla característicamente elevada hacia el cielo.
—Ligustino —le dijo Nasica—, ¿eres más de mar o de tierra?
El centurión ni se lo pensó.
—De tierra, tribuno, pero si debo navegar porque me lo ordenan, soy capaz de enseñar mi rabo a todas las bestias que pueblan las aguas.
Nasica tuvo que contenerse para no echarse una carcajada y perder de paso su jerárquica seriedad y compostura.
—Bien, centurión, olvidándonos entonces de los océanos, ¿eres también capaz de enseñar ese rabo tuyo a los animales que acechan en las montañas? —le preguntó con fingido gesto de enfado.
Ligustino no entendía nada, pero ni por estas descendió el mentón.
—En mi pueblo natal, en la Sabina, soy famoso por mis cacerías de jabalíes. Los sujeto por los colmillos y les parto el cuello.
Nasica sonrió. Aquel tipo de hombres eran una delicia.
—¡Ligustino! —le dijo de pronto, abruptamente.
—¡Tribuno, soy todo oídos!
—¡Guarda de momento tu rabo y escúchame! No vamos a embarcar en la flota. No vamos a recorrer las costas de Macedonia. Y tampoco vamos a desembarcar en Tesalónica. El plan es en realidad otro.
—¿Y qué plan en ese, tribuno?
—Dentro de dos horas, ya de noche cerrada, partiremos del campamento hacia el oeste y nos adentraremos en secreto en el valle de Perrebia, que discurre al sur de la cordillera del monte Olimpo. Si todo sale como espero, llegaremos a la ciudad de Pition antes del amanecer. Allí descansaremos unas pocas horas y después, de nuevo en la noche, ascenderemos hacia el norte para cruzar las alturas del paso de Petra. Hecho esto, descenderemos las faldas de las montañas hasta el llano para sorprender por la espalda a Perseo. ¿Ha quedado claro?
Ligustino, por primera vez, bajó ligeramente su barbilla. Sus ojos brillaban de alegría.
—Eso significa que el verdadero plan no era navegar, sino rodear el monte Olimpo y caer sobre la retaguardia macedonia. Es una maniobra envolvente —barbotó emocionado.
—El centurión no solo tiene rabo, también cabeza —celebró Nasica con divertida mordacidad.
—Pero el paso de Petra está guarnecido por tracios aliados de Perseo —añadió Ligustino, repentinamente realista.
Nasica frunció el ceño, disgustado.
—¿Eres tan tímido que enseñas el rabo a las bestias del bosque y de las aguas, pero no a los tracios?
—¿Cuándo partimos? —repuso Ligustino, herido en su orgullo, elevando la mirada, aun a riesgo de partirse el cuello.
—¡En dos horas, ya te lo he dicho, centurión! ¡Corre ahora mismo ante la tropa y desvela el plan! Y, por cierto, somos más de cinco mil hombres, ¿verdad Ligustino?
—¡Verdad, tribuno!
—Entonces, que sean más de cinco mil rabos los que expulsen a los tracios de las alturas del paso de Petra. Ve y díselo a la tropa.
Ligustino dio un formidable cabezazo castrense y salió de la tienda en marcha marcial. Nasica miró a Fabio y a Emiliano.
—Me encantan estos hombres.
—No hay nada como motivarlos —confirmó Emiliano con admiración. Para él, todo era aprendizaje.
—Toda motivación va a ser poca para desalojar a los tracios del paso de Petra. Va a hacer falta algo más que enseñar rabos. Sabemos que son al menos diez mil los tracios que pueblan aquellas alturas —suspiró Fabio, siempre más prudente.
Nasica asintió vagamente y se puso muy serio.
—Los tracios tienen una mala costumbre.
—¿Cuál? —preguntó Fabio como una centella.
Nasica sonrió malicioso.
—Duermen por la noche.