Al amanecer
Paulo, escondido en la oscuridad, siguió la marcha de Nasica, implorando a todos los dioses que sus hijos volvieran sanos y salvos. Después, cuando dejó de verlos, cruzó apresuradamente el campamento de sur a norte y fue a asomarse —junto con medio ejército— a las empalizadas orientadas al río Elpeo. Era de gran importancia tener distraído a Perseo y que no advirtiera ninguna de sus operaciones.
—El rey, a partir de ahora, solo debe mirar al frente, nunca a los lados ni a su espalda —le había dicho a Metelo con destellos de preocupación. De ello dependía la victoria y la vida de sus vástagos.
Allí, en la empalizada, todo estaba ya dispuesto.
Las primeras y débiles luces del crepúsculo permitían distinguir que dos mil vélites del ejército romano formaban extramuros del campamento en dos estiradas líneas de poco más de una milla, todos ellos con sus tradicionales cascos forrados con cabezas de animales, fundamentalmente lobos, escudos redondos y dos jabalinas ligeras. Algunos daban grandes saltos para prepararse para lo que se les venía encima. Otros, más comedidos, propinaban saltitos. Había quienes no hacían ni una cosa ni la otra, manteniéndose en silencio o conversando con los compañeros de línea, en susurros o con voces y risotadas. Todo valía para preparar la mente antes de ir en busca de la muerte.
No eran los vélites de las legiones los únicos que esperaban la orden. Un contingente de otros tres mil combatientes ligeros de entre los tracios, cretenses, tesalios y pergamenos los precedían. Los tracios, con sus túnicas negras, estaban en el centro de la línea, bufando como toros salvajes al tiempo que volteaban sus cuellos, impacientes, ansiando que las tubas ordenaran el avance.
Paulo miró al frente. El campamento macedonio emergía de las brumas del amanecer, tachonado por miles de lucecitas, bañado ahora por las luces anaranjadas del alba, justo en la margen contraria del río Elpeo. Apenas milla y media los separaban. Incluso pudo ver, o tal vez fuera su deseo o su imaginación, que el mismo rey Perseo, coronado por la diadema de Alejandro y con capa púrpura, se asomaba a sus empalizadas. Los macedonios, en cualquier caso, también despertaban y se agitaban nerviosos. Los gritos de los tracios del rey, en la quietud del amanecer, llegaban hasta allí claros y diáfanos.
Paulo se giró y miró una vez más al sur, como queriendo buscar el contingente de Nasica. Después inspiró aire y afrontó Macedonia.
—Iniciad el avance. Que crucen el Elpeo.
Sonaron las tubas, estridentes y poderosas. Se alzaron los gritos de los tribunos militares, Metelo el primero, y los de centuriones después. La orden corrió como un chispazo divino, zigzagueante, hasta que cinco mil hombres en perfecta coreografía se echaron hacia adelante, consumiendo cadenciosamente los trescientos pasos de pronunciada bajada que había hasta el lecho del Elpeo.
—Los macedonios se mueven —dijo Metelo y señaló al frente.
Paulo aguzó su vista de águila. Los tracios de Perseo, al menos tan numerosos como las tropas del frente aliado romano, si no más, descendían igualmente hacia el cauce.
Para entonces las líneas de vélites y aliados romanos entraban ya en las aguas, muy poco profundas al principio, pero con la seguridad de que todavía no podrían recibir las andanadas de proyectiles de la artillería pesada apostada en la orilla macedónica. Allí el río tenía una considerable anchura de casi una milla.
Fue en el centro de la corriente, de mayor o menor hondura según los sitios, pero normalmente no más allá de la cintura, donde los macedonios decidieron iniciar su defensa frente al avance romano. Los artilleros cargaron las máquinas de torsión capaces de propulsar venablos del grosor de un brazo, las apuntaron hacia las aguas de Elpeo y, simplemente, dejaron que la muerte saliera despedida.
Como era costumbre, el particular silbido de los gigantescos venablos precedió a la sonrisa de Plutón. Los vélites de Paulo, al oírlo, elevaron los pequeños escudos redondos para desviar los impactos, pero que tal cosa ocurriera era puro azar cuando los dardos volaban sobre la superficie de las aguas en horizontal y con desmedida velocidad.
Comenzó el descalabro.
Los venablos acribillaron sin piedad las cuatro líneas de avance, arrancando cabezas y brazos de cuajo, atravesando troncos de lado a lado o yéndose a clavar en los escudos, inutilizándolos.
—Que sigan avanzando —musitó aun así Paulo, entre dientes, apretando las mandíbulas, con la vista clavada en el río.
El sonido de las tubas redobló su intensidad al tiempo que el ejército, asomado a la empalizada, se arrancaba en un grito coral que descendió hasta el lecho, surcó las aguas y enardeció a los vélites.
Ya no eran venablos gigantescos lo único que recibían en su progreso. También glandes de plomo lanzados por los honderos que se apostaban en las torres, nada, en todo caso, que pudiese detenerlos. Las aguas estaban enrojecidas y oscuras, pero todavía más de cuatro mil quinientos hombres luchaban contra la resistencia natural del agua y contra los proyectiles en su tentativa de hollar la margen contraria. Estaban ya muy cerca de la margen macedónica.
—¡Esos locos están llegando! —aulló un Metelo entusiasmado—. ¡Enviemos más hombres! ¡Lo van a conseguir!
—No —obtuvo como única respuesta de Paulo, que no dejaba de mirar el Elpeo y los movimientos macedonios—. Los tracios del rey están entrando en las aguas.
—¡Hijos de perra! —ladró Metelo al comprobar que, en efecto, los mercenarios tracios de Perseo entraban en el río y que atacantes y defensores, después de intercambiarse mutuamente sus correspondientes lanzamientos de jabalinas ligeras, se enzarzaban cuerpo a cuerpo, espada en mano, en mitad de la corriente. El griterío, incluso mitigado por la distancia, era suficientemente expresivo de la ferocidad del combate.
—Los macedonios no avanzan —expresó Metelo al rato.
—Los nuestros tampoco —repuso Paulo. Era ya el mediodía y el sol quemaba tanto como el hierro lacerante de las espadas. Miró una vez más a su espalda, al sur. Nasica y sus hijos deberían de estar ya en Heraclea. Giró de nuevo hacia la refriega. Los suyos seguían combatiendo sin descanso, sin mirar atrás. En las aguas se habían deshecho las líneas en un revoltijo de hombre contra hombre, rodeados todos ellos por cientos de cuerpos inertes que eran llevados lentamente por la corriente.
—Tocad a retirada. Mañana haremos lo mismo —ordenó finalmente Paulo, tan sucinto como siempre, abandonando la empalizada con gesto apretado. Ochocientos cadáveres de los suyos flotaban en el Elpeo. Pero era un mal necesario.
—Perseo solo mira al frente, no a su espalda ni a los lados —arengó orgullosamente Metelo, reproduciendo la palabras de Paulo al advertir que varios tribunos cruzaban sus miradas con claros signos de desacuerdo por aquel sacrificio de tantas vidas propias y aliadas.