Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tiempos de Pidna
35%

Tiempos de Pidna

Campamento romano en la orilla sur del río Elpeo.

16 de junio del 168 a. C.

Paulo estaba satisfecho, pero no del todo. Había disciplinado y endurecido a sus legiones. Todos sus hombres se afanaban por fin en la victoria y en hacer lo que ello requería, o sea, esfuerzo y preparación. Pero, sin embargo, para ganar la guerra seguía siendo necesaria una gesta de gran envergadura que incluso podía ser calificada de temeraria: cruzar el río Elpeo y superar el intrincado muro de fortificaciones, trincheras, empalizadas y líneas de artillería dispuestas en la margen macedónica, todo ello como antesala de la erizada y compacta masa de las picas o sarisas falangitas. O se desalojaba a Perseo del paso del Elpeo o la batalla estaría perdida antes de comenzarla.

Por todo ello, Paulo escuchaba muy atento la disparidad de criterios sobre cómo atacar al ejército del rey. Como de costumbre, de entre todas las opiniones —le gustaba hacer consultas a su consilium sobre la manera de conducir la guerra—, las más atrevidas eran invariablemente las de los más jóvenes, ardientes por naturaleza y por labrar cuanto antes sus propias hazañas.

—Deberíamos dar un golpe de fuerza a través de este punto del río Elpeo —afirmaba en ese mismo instante un categórico Metelo, colocando su poderoso dedo índice en un mapa extendido sobre una enorme mesa de roble—. Si lanzamos un ataque en formación cerrada y con una sola columna, ¡no podrán resistirnos los macedonios! —se arengaba casi a sí mismo, pero en vano, pues no todos lo compartían.

—Eso sería un suicidio —negó Nasica—. Su artillería pesada nos acribillará antes de poner un solo pie en la otra orilla.

—¡El año pasado el cónsul Marcio Filipo ya logró desalojarlos de sus posiciones! ¡No resistirán! —se ofuscó vehementemente Metelo.

—Marcio Filipo desalojó pequeñas guarniciones, no un ejército atrincherado de más de cuarenta mil hombres. ¡Por todos los dioses, Metelo! —se encrespó Nasica.

Metelo se disponía a dar su réplica cuando Paulo elevó una mano, gesto más que suficiente para que solo se escuchara el zumbido de las moscas donde antes solo había excitación.

—¿Y vosotros, hijos, que opináis? —interpeló con su particular serenidad.

Fabio y Emiliano, a espaldas de todos los tribunos militares, se hicieron un humilde hueco hasta alcanzar el tablero. Podría pensarse que Paulo estaba dando un trato de favor a sus hijos, pero ninguno de los allí presentes lo entendió de este modo. Bien al contrario, lo que Paulo hacía era exponerlos abiertamente ante todo el consejo para que tomaran responsabilidades. No era precisamente un regalo.

Emiliano se moría de ganas de intervenir porque la idea había sido suya, pero en esta ocasión respetó la mayor edad de su hermano.

—Otra posibilidad pasa por embarcar parte de las tropas en la flota del pretor Octavio que está anclada en Heraclea —expuso Fabio—, navegar después al norte, hacia Tesalónica, desembarcar allí y arrasar la costa a espaldas de Perseo. De esta forma tal vez el rey pueda verse obligado a desguarnecer algún vado del Elpeo al aparecérsele un nuevo frente bélico en su retaguardia —dijo, y elevó mansamente la mirada para comprobar la reacción de su padre. Todos lo hicieron.

Paulo, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mano masajeándose la barbilla, miró a Nasica.

—¿Qué te parece? —le preguntó con un discreto tono de orgullo.

—Puede funcionar —asintió Nasica.

—Y tú, Metelo, ¿qué opinas? —instó Paulo a continuación.

—No es mala idea —admitió a regañadientes.

Paulo cabeceó reflexivo y fijó su vista en el mapa.

—Tal vez funcionase —musitó al poco—, pero las tropas del desembarco se encontrarían en el corazón del territorio enemigo y sin garantía de suministros. Y además… —quedó en suspenso mientras no dejaba de escrutar el plano, lo que no impidió que sintiera la pequeña decepción de sus hijos, especialmente, cómo no, la de Emiliano. Era evidente que el plan no iba a salir adelante. Terminó la frase—: Además, considero que por mucho que atraigamos o despistemos a Perseo, el paso del río Elpeo seguirá siendo infranqueable aun cuando tengamos enfrente solo a la mitad de sus tropas. La debilidad del terreno, su pendiente, las aguas arremolinadas, los honderos y jabalineros y la artillería hacen imposible ninguna tentativa. No, no lo haremos de este modo, aunque en parte sí —concluyó enigmático al tiempo que se iluminaban los semblantes de Fabio y Emiliano.

—¿Entonces? —se atrevió a preguntar Metelo.

Paulo elevó el mentón.

—¿Quiénes de los de aquí están dispuestos a arriesgar sus vidas por la victoria? —arengó muy serio y decidido—. ¿Quiénes de vosotros desean embarcarse en una acción relámpago y secreta con unos pocos miles de legionarios escogidos para que Perseo huela el miedo y levante el bloqueo del Elpeo? ¿Quiénes? —interpeló de nuevo en modo imperial, recorriendo con su mirada los rostros de los más de cuarenta hombres que se apretujaban alrededor del gigantesco tablero.

—Yo, por supuesto —se adelantó Nasica.

—¡Y yo antes que él! —se atropelló Metelo con suma contrariedad porque se le hubiera anticipado Nasica.

—¡Yo también, padre! —afirmó Fabio con entusiasmo.

—Yo no me quedaré atrás —apuntilló Emiliano.

Diez brazos más se elevaron al cielo, reclamando su grandeza.

—Es suficiente —dijo Paulo tan satisfecho como comprensivo con aquellos que no se habían ofrecido. Continuó con su plan. Era el momento de impartir las órdenes y desvelar qué acción era aquella—: Lo harás tú, Nasica, tú dirigirás el grupo. Pero tú, Metelo, estarás conmigo, te necesito aquí —añadió, antes de que Metelo regurgitara su frustración, y prosiguió—: Nasica, te acompañarán los tribunos militares Publio Léntulo y Aulo Antonio. Escoged cinco mil hombres de entre los vélites y los hastati, los mejores, los más valientes y los más capacitados en resistencia, agilidad y fuerza física en terrenos agrestes y empinados. Quiero cabras y gatos monteses, no hombres de línea ni de infantería pesada ¿Me habéis entendido?

—Por completo —contestó Nasica.

—Llevad con vosotros también ciento veinte jinetes de entre los marsos y los pelignos y doscientos tracios y cretenses de los más leales. La acción ha de guardarse en completo secreto. De ello depende todo. De ello depende que sorprendamos a Perseo. Si no lo lográis, fracasaremos y no lo moveremos de su posición. ¿Me habéis entendido? —insistió.

—Entendido —confirmó Nasica.

Paulo dio un cabezazo castrense, apoyó sus manos en el tablero y clavó la mirada en el mapa en el que estaban representados los ríos, desfiladeros, valles, pasos, alturas y collados que circundaban la mole del monte Olimpo con sus casi trece estadios macedónicos de inexpugnable altitud elevada vertiginosamente desde la costa.24

—Bien, escuchadme todos —Y expuso con milimétrica y metódica precisión su plan bajo la atenta escucha de todo su consejo militar—. Mañana. Está todo dicho —finalizó al rato, observando los rostros de legados, tribunos de los soldados y prefectos de los aliados. Todos asentían convencidos. Solo dos de entre ellos le miraban a su vez con ojos de gatito, implorantes. Paulo sonrió.

—Sí, iréis con Nasica —les dijo a sus hijos Fabio y Emiliano, que apenas pudieron contener la alegría. Su vida, la que de verdad importaba, la de la acción, el valor y la virtud, comenzaba aquel día. Su padre no los sacrificaba. Su padre les abría el camino a la gloria.

17 de junio de 168 a. C.

Nasica abandonó el campamento antes de que amaneciera. Lo hizo por la puerta decumana, la contraria a la posición del enemigo. Le acompañaban Emiliano y Fabio, los tres a pie y sujetando las riendas de los caballos. Era vital que nadie los viera ni oyera.

Después de recorrer dos millas hacia el sur, se toparon al despuntar el alba con los poco más de cinco mil hombres seleccionados para la misión, todos ellos en riguroso silencio y perfectamente formados. De esto bien que se había encargado un centurión veterano de enorme nariz, pobladísimas cejas y cuerpo peludo que salió a su encuentro más tieso que un palo.

—El centurión Espurio Ligustino a su servicio.

Nasica fue al grano.

—Bien, Ligustino, esto es lo que vamos a hacer, transmítelo a todos los hombres. Marcharemos ahora mismo a Heraclea, donde vamos a embarcar en una flotilla que nos remontará por la costa de Macedonia. Es una misión peligrosa de la que tal vez no volvamos con vida, pero de la que depende la victoria. ¿Están todos estos hombres dispuestos a ello? El que no lo esté, que regrese al campamento. No quiero pusilánimes cuando me juego la vida. ¿Me has entendido, centurión? —le sermoneó con toda intención, tanto que Ligustino, de natural fiel y leal, sintió la duda como una terrible ofensa. Sacó pecho, elevó el mentón hasta el infinito, miró al frente y arrugó el entrecejo.

—No hay ni un solo cobarde a mi espalda, tribuno, más si cabe cuando nos acompañan los hijos del cónsul. ¡Es un honor! —repuso orgulloso al tiempo que les dedicaba a Fabio y a Emiliano una fugaz mirada—. Si ellos vienen con nosotros, nuestras heridas jamás estarán en el dorso, sino en nuestro pecho —finalizó enérgico.

Nasica lo dio por bueno.

—Bien, centurión, en columna de a cuatro. A Heraclea.