Al abrigo de los Escipiones #2
—Publio, podemos estar de acuerdo, pero si apoyas a los latinos y a los itálicos, si lo haces, esos muchachos rebeldes a los que desdeñas lo interpretarán como un ataque frontal a ley de Tiberio —reiteró con gravedad—. No los subestimes. Agitarán Roma como un avispero. Ellos son el recuerdo de Tiberio. Ellos son la comisión agraria.
—Solo Cayo es triunviro. Carbón y Flaco no —negó Emiliano.
—La asamblea del pueblo los va a nombrar tras la muerte de Craso y la más que esperable de Claudio, además de que actúan en la práctica como tales —insistió Fabio—. Y sabes también que el pueblo…
—Sí, lo sé —le interrumpió Emiliano, contrariado—. Sé que el pueblo me ha dado la espalda demasiadas veces.
—Los vientos no nos son favorables —gimoteó Fabio.
—Pues habrá que hacer que lo sean.
—Publio, prudencia —imploró Fabio—. Los tiempos cambian y lo que antes era intolerable ahora sí lo es.
Emiliano rotó su cuello y le clavó la mirada.
—¿Qué quieres decir? —porfió intimidante.
Fabio dudó antes de contestar.
—Que la muerte ya no solo es una realidad política, sino una realidad física —balbució, y apartó la mirada de la de su hermano.
Este, en cambio, lejos de devorarlo o alarmarse —no era la primera vez que le advertían de los nuevos peligros, también lo había hecho su prima Cornelia maior—, emitió un ronroneo sarcástico.
—La ley agraria no puede partirnos definitivamente en dos, por un lado a los romanos y por el otro a los latinos y a los itálicos. Es demasiado imprudente. Tal vez nadie lo vea ahora, pero yo sí —dijo en modo escipiónico al cesar en su arrullo, ignorando todo aviso—. La ley de Tiberio ha cumplido su objetivo, pero no debe ir más allá de lo conveniente, no cuando debilita la posición de Roma con sus aliados. Ya no se trata solo de las formas con las que actuó Tiberio o de la autoridad del Senado. Ahora es también nuestra hermandad con nuestros aliados de sangre y de lengua. Y no nos lo podemos permitir. La ley agraria ha rebasado los límites de su utilidad. Es lo mejor, y solo yo puedo defender el interés de la República aun cuando nadie me entienda —aseveró aplastante, pero solo antes de relajar el rostro y añadir—: Claudio, Cayo y compañía abanderan siempre el valor de las causas justas. ¿No es también justo que dejemos de importunar a nuestros hermanos latinos e itálicos cuando grandes son sus esfuerzos? Si es lo justo, debe hacerse.
—Entonces estás completamente convencido —dijo Lelio.
—Lo estoy.
Lelio cabeceó reflexivo.
—¿Y cuándo lo harás?
—No me expondré todavía —respondió Emiliano—. Lo haré a comienzos del año que viene. No conviene que parezca que me apresuro a sostener esta causa de forma precipitada, además de que…
—Además de que a comienzos de año Claudio estará definitivamente fuera de combate. No tendrás oposición alguna en el Senado —se adelantó en esta ocasión un resignado Fabio.
Emiliano iluminó el rostro.
—Hay que estimular los vientos para que nos sean favorables —le dijo con cariñosa saña y gesto pícaro.
Fabio resopló aparatosamente.
—Sea, aunque sigo sin saber cómo lo vas a hacer. Todo esto me sigue pareciendo un avispero —bufó escorado.
Emiliano despegó el culo del murete que les había servido de improvisado asiento y sonrió de oreja a oreja.
—No lo haré yo. El encargado de que comiencen los juegos será el propio Pacuvio —anunció por sorpresa.
Fabio y Lelio se tensaron como perrillos.
—¿Te has vuelto loco? —protestó un alarmado Fabio—. ¿Sexto Pacuvio? ¡Es un incendiario! —se sofocó.
Emiliano se encogió de hombros.
—¿Qué hay de malo en que los latinos y los socios expongan sus quejas en el Senado? —contestó con fingida ingenuidad.
—¿Que qué hay de malo? ¡Todo si es Pacuvio! —protestó Fabio.
—Creo que lo que va a hacer tu hermano —dijo Lelio con su perspicacia natural— es utilizar a Pacuvio, que sea él quien haga rodar la primera piedra por la pendiente.
—Que los dioses nos protejan —suplicó Fabio.
Emiliano arqueó alegremente los labios.
—Volvamos a Roma y dejad que os lo explique con detalle en el camino. Sexto Pacuvio es un tipo listo. Él me dio la idea.
—¡Ay de nosotros! —reincidió Fabio en sus lamentos.
—Callad y seguidme —rio Emiliano.
Después de recorrer el camino de regreso a Roma, Emiliano se refugió en su domus palatina. Se puso una túnica cómoda y limpia y se sentó con una copa de vino en las manos frente a uno de los bustos en bronce que conservaba de su padre Emilio Paulo en la magnífica sala que le servía de biblioteca.
Sus ojos brillaban con cierta ansia.
Tomada la decisión, ya solo deseaba que los días pasaran veloces para elevarse de nuevo en el Senado y prestar toda su atención a la situación jurídica de los latinos e itálicos. O se tomaban las riendas o con el paso del tiempo aquella cuestión podría llegar a tumorarse. Él parecía ser el único que se daba cuenta, el único que escuchaba la latente y amarga queja de los aliados. La ley agraria había avivado las brasas candentes en suelo itálico, ascuas que podían convertirse en llama. Cosa distinta era si Roma estaba preparada para acometer aquel debate.
Abstraído en sus reflexiones, hasta que no lo tuvo prácticamente encima no se percató de la presencia de su anciano y querido esclavo Estacio, que se había transportado hasta allí con sus discretos y silenciosos pasitos cortos.
—¿El señor desea algo más que el vino y la soledad? —le preguntó con su marcado acento aqueo.
Emiliano lo miró con apego.
—No, Estacio, no deseo nada más.
—El señor parece contento —dijo Estacio sin moverse del sitio. Su amo asintió sin dejar de exhibir la luz profunda de sus ojos de halcón—. Entonces el señor deseará nuevamente esto —añadió—. No conviene recordar solo en los momentos de aflicción, también en los de alegría o cuando se sueña con un futuro grandioso. —Y depositó en una mesita el ya famoso estuche cilíndrico, hecho lo cual, como acostumbraba, fue girando muy despacito y se marchó propulsado por su imparable velocidad de caracol envejecido.
Emiliano no pudo evitar que una enorme sonrisa se dibujara en su rostro. Dejó la copa de vino, tomó el estuche, extrajo el papiro y volvió a transportarse a su heroica juventud en la guerra macedónica.