Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Al abrigo de los Escipiones
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Al abrigo de los Escipiones

Roma, mediados de septiembre

Emiliano había citado a su hermano Fabio y a Lelio en la puerta Capena, y allí se presentaron a la hora convenida sin saber exactamente para qué lo hacían. Emiliano, enigmático, no había querido decírselo.

—¿Y bien? —interpeló Fabio.

—Seguidme —se limitó a ordenar Emiliano, tirando de las riendas de su caballo.

Los tres jinetes trotaron por la vía Apia, dejaron atrás los templos de Honos et Virtus engalanados con estatuas y cuadros del sitio de Siracusa, sobrepasaron el inicio de la vía Latina y, poco más adelante, antes del primer miliario, se detuvieron frente a la tumba gentilicia de los Escipiones, excavada en el tufo de una colinita junto al borde del camino.

Emiliano descabalgó y entregó las riendas del corcel a un esclavo que les había seguido a lomos de una mula. Lo propio hicieron Fabio y Lelio. Emiliano caminó hasta la entrada del panteón, apenas una portezuela con una rústica inscripción. El acceso principal a la tumba, igual de austero, se encontraba en realidad al otro lado de la colina.

—Voy a construir aquí una fachada monumental en lugar de esta puerta tan sencilla —dijo Emiliano al tiempo que extendía los brazos y dibujaba con las manos en el aire cuál era su idea arquitectónica—. En la base habrá un zócalo con pinturas históricas sobre las gestas de los Escipiones, y encima del zócalo tres arcos columnados en los que colocaré tres estatuas, una de Escipión Africano, otra de su hermano Asiageno y una tercera de Ennio.

—¿Ennio? ¿El poeta? —preguntó absurdamente Fabio.

—¿De qué Ennio va a ser si no? —bufó su hermano.

—Por preguntar que no sea —se defendió Fabio.

—Ennio es el autor del poema «Escipión» —se vio obligado a recordar Emiliano—, y si el nuevo templo de Marte de Bruto Galaico tiene inscritos versos de Accio, yo traeré aquí al mismísimo Ennio.

—No hay mejor manera de vincular eternamente a los Escipiones con el arte y la literatura —intervino Lelio, siempre más perspicaz.

Emiliano asintió satisfecho, dirigiendo su mirada hacia la portezuela con ojos brillantes. Aquel era un proyecto que le ilusionaba.

—La arcada tendrá cornisas y capiteles —dijo seducido.

—Con Africano y Asiageno bien presentes —arengó Fabio.

Emiliano volvió a asentir, embriagado.

—Son los únicos Escipiones que no están enterrados aquí y voy a honrarlos como es debido. Voy a darle a esta tumba el prestigio que merece —aseveró pomposo.

—Una gran idea —afirmó Lelio al tiempo que apretaba los labios, imaginándose ya la magnífica fachada vista desde la vía Apia, una de las más transitadas de Roma, aquella que en tiempos había conectado Roma con la Magna Grecia; Roma con la superior civilización griega.

—Entrad —les exigió Emiliano a dos esclavos que portaban sendas antorchas—. Seguidme —les conminó a continuación a Fabio y Lelio, quienes accedieron al interior detrás del propio Emiliano.

El oscuro panteón se llenó de reflejos dorados que jugueteaban con las sombras. Todos sintieron un escalofrío, impresionados, pero no por la majestuosidad de lo que veían, escasa y sencilla, sino por la grandeza de los que allí reposaban. La tumba era un hipogeo de planta más o menos cuadrada, con cuatro galerías perimetrales y otras dos que se cruzaban perpendicularmente. Excavada directamente en la piedra, albergaba hasta treinta sarcófagos colocados en las paredes de forma un tanto irregular, como si se hubieran dispuesto allí sin seguir una planificación que no fuera otra que la excavación en la roca.

Emiliano, sujetando él mismo una antorcha, se adentró con garbo en el sepulcro, perdiéndose en la oscuridad. Fabio y Lelio lo siguieron sin quedarse atrás, alcanzando a Emiliano al fondo de la galería, allí donde estaba el sarcófago del constructor de la tumba, el gran Escipión Barbato.

Emiliano acercó la antorcha al sarcófago, en sí mismo un monumento formado por una caja de piedra ricamente tallada y labrada, moldurada en su parte inferior y rematada en la superior con un friso dórico con metopas decoradas con rosetas y, sobre él, una cornisa con dentículos jónicos. Completaba la decoración una tapa rematada a modo de altar con dos volutas en los extremos.

—Da la sensación de que Barbato nos podría hablar ahora mismo —susurró un conmovido Fabio al tiempo que miraba a todas partes, como si temiera que los difuntos Escipiones, tan orgullosos ellos, cobraran vida, desplazaran las tapas de sus ataúdes y caminaran como lémures por aquellas lúgubres galerías. Los sarcófagos no contenían cenizas, sino los restos de aquellos grandes hombres de la historia de la ciudad, puesto que era costumbre ancestral de las gens Cornelia inhumar a sus muertos, no incinerarlos.

Emiliano se agachó y leyó con solemnidad la inscripción tallada en el lateral del sarcófago:

—«Lucio Cornelio Escipión Barbato, hijo de Gneo, hombre fuerte y sabio, cuyo aspecto fue parejo a su valor, fue cónsul, censor y edil vuestro. Tomó Taurasia y Cisaunia en el Samnio, sometió a toda Lucania y se llevó consigo rehenes».

—Aquí se respira grandeza —susurró Lelio.

Emiliano respiró profundamente y se alzó, caminando sin decir nada a lo largo de las galerías, leyendo las inscripciones de otros sarcófagos como los del hijo de Barbato u otros más recientes como los del hijo de Escipión Asiageno.

Completado el paseo se quedó quieto, con gesto reflexivo.

—¿No advertís nada? —preguntó al rato, inquisitivo.

—Que el panteón está completo. Ya no hay espacios en la roca para excavar nuevos nichos —acertó a contestar Lelio.

Emiliano dibujó una sonrisa y dio una cabezada castrense.

—Seguidme —ordenó, y se dirigió a la salida.

Ya en el exterior se dejó rodear de Fabio y Lelio.

—Además de una nueva fachada —anunció sin perder su felicidad por el nuevo proyecto monumental—, voy a construir una galería más, una que permita que los Escipiones puedan seguir siendo enterrados aquí, en un completo alarde de gloria, recuerdo y dignidad.

—Aquí descansará entonces tu pequeño cuerpo —bromeó Fabio, provocando la mirada de reproche de su hermano—. Te felicito, es una idea magnífica —corrigió de inmediato.

—Roma entera lo alabará —dijo Lelio—, pero creo que…

—¿Qué crees? —le interrumpió Emiliano con el ceño fruncido.

Lelio sonrió con malicia.

—Que no nos has llamado solo para contarnos esto. Lo que vayas a decirnos, quieres hacerlo al abrigo de los Escipiones.

Emiliano le devolvió a Lelio la sonrisa socarrona.

—Acompañadme a la sombra de aquel pino —les pidió, acercándose a un murete en el que pudo apoyarse al abrigo de un sol que caía a plomo. Allí musitó algo unos instantes e inició el debate de aquello por lo que estaban verdaderamente allí, por mucho que las reformas de la tumba le encandilaran como a un niño con su espadita de madera—. ¿Qué pensáis del asunto de los latinos y de los aliados itálicos y sus problemas con la ley agraria? —se arrancó, yendo al grano, precisamente lo mismo que hizo Lelio en su contestación.

—Pienso que si estás considerando apoyar su causa y poner en entredicho la ley, los Cayo, Flaco y Carbón se revolverán como bestias salvajes que han caído en una trampa —se despachó sin ambages.

Emiliano frunció los labios y negó de lado a lado.

—No puedo condicionar mis acciones por unos muchachos tumultuosos —espetó con disgusto.

—Muchachos a los que el pueblo ama —enfatizó Lelio.

—Jóvenes que dominan las calles —apuntaló Fabio.

—Al tiempo que yo domino el Senado —aseveró Emiliano con rotundidad categórica.

Lelio exhaló un cariñoso carcajeo.

—Sigues escuchando nuestras opiniones, pero lo que pensemos hace ya mucho tiempo que no te hace cambiar de opinión. Es evidente que ya has tomado una decisión —dijo con humildad, sin ánimo de afeamiento alguno.

Emiliano lo miró con afecto. Tal vez aquello fuese verdad, pero no lo era menos que sin ellos sentiría que le faltaba un brazo. Siempre podría seguir blandiendo la espada, pero ya no podría sujetar el escudo.

—En fin, cuéntanos de una vez qué piensas tú de todo esto —le instó Lelio, agradecido por los signos de cariño.

Emiliano cabeceó enérgicamente antes de hablar.

—Lo he considerado mucho desde que Pacuvio nos asaltó en las Ferias Latinas —barbotó con gesto pensativo—, y más aún cuando irrumpió en mi casa como un demente y aquel ridículo vendaje en la cabeza pidiendo mi ayuda. Naturalmente, no es Pacuvio quien remueve mis pensamientos, sino todos aquellos latinos e itálicos que durante tantos años han luchado con nosotros codo con codo. Veo sus caras, sus penurias, sus heridas y sus muertos en combate. Oigo las bromas y las carcajadas que hemos compartido. Saboreo el vino que hemos disfrutado juntos en Macedonia, Cartago o Numantia. Conozco a sus familias, a sus hijos y a sus nietos… Y siento que siempre han estado ahí, a nuestro lado, fieles y leales, pero…

—Pero no son ciudadanos romanos ni se benefician de los repartos de tierras públicas. Al contrario, la ley solo les perjudica. Restituyen, pero no reciben —se anticipó Lelio.

Emiliano levantó la mirada.

—Es más que eso. Late algo mucho más profundo.

—Que sus derechos políticos y cívicos nos son ajenos. Los ignoramos —comprendió Lelio al instante.

Emiliano asintió.

—Los latinos y los itálicos no tienen derecho a voto en nuestras asambleas —remarcó, y se agarró el dedo índice—. No pueden acceder a las magistraturas ni al cursus honorum —continuó, pasando al dedo corazón—. El reparto del botín es menor para ellos, sus castigos corporales en el ejército son más duros y no tienen mando —acentuó, mostrando ya las cinco falanges—. Prácticamente son extranjeros, ciudadanos menores a los que tratamos de manera marginal y con soberbia que, para colmo, ven ahora con impotencia cómo pierden las tierras que les hemos permitido poseer y cultivar durante décadas, incluso generaciones, a manos de unos triunviros agrarios exacerbados en sus funciones… —farfulló y dejó la frase en suspenso, perdiendo de nuevo la mirada en ninguna parte.

Fabio se removió inquieto.