Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El escupitajo
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El escupitajo

Roma, finales de julio

Cayo amaneció muy temprano, como acostumbraba desde los tiempos de Numantia. Desayunó leche con miel y pan con rebanadas de queso. Después le colocaron la toga y entró en el cubiculum de su pequeña Sempronia, a la que encontró como esperaba, en brazos de la nodriza que le estaba dando el pecho. A su lado lo escrutaba todo su esposa Licinia, vigilante y exigente, pero con una permanente sonrisa en sus labios, una que había perdido solo unos pocos días tras las muerte de su padre en Pérgamo a manos de los tracios de Aristónico. Después, diciéndose a sí misma que la mejor manera de honrar a su padre era comportarse con dignidad, se había mostrado tal cual era, alegre, provocadora y sensual, aunque, eso sí, sumergida en un insondable deseo de venganza que precisamente aquella mañana iba a encontrar satisfacción. Tal vez por ello su rostro pícaro y juguetón brillara en aquel instante de modo especialmente intenso.

—Licinia, es la hora —la llamó.

Ella se llevó el dedo índice a los labios y señaló a Sempronia. La niña se había quedado completamente dormida mientras succionaba la teta de la nodriza. De hecho, sus bracitos, totalmente relajados, colgaban de un modo muy gracioso.

Cayo sonrió y se marchó por donde había venido sin meter ni un solo ruido. Recorrió el peristilo y entró en el tablinum, donde le aguardaban ya desde primera hora Flaco y Carbón, ambos sentados en unos lujosos asientos con patas de tijera colocados delante del escritorio.

—¿Todo bien en la casa de los Graco? —preguntó Flaco.

—Todo bien —respondió Cayo, sentándose detrás del tablero.

—¿Y Licinia? —se interesó educadamente Flaco.

—Hoy mejor. Es un día importante para ella.

—¿Y habéis recuperado…? Ya sabes a qué me refiero —intervino Carbón con un rictus entre malicioso y pervertido.

—¡Por todos los dioses, Carbón! —protestó enérgicamente Flaco.

—¿Pero tú no los oíste el día que fuimos a verle a su villa de Praeneste? ¡Aquello era una bacanal! —se defendió Carbón.

—No me lo puedo creer —resopló Flaco, entornando los ojos.

Carbón encogió los hombros, topándose con una mirada de Cayo llamativamente adusta y censoria, algo que incluso a él podía llegar a impresionarle. Creía intuir el motivo de aquel reproche todavía velado, por lo que, simplemente, lo que convenía era que emprendiera una acción de distracción, y qué mejor manera de hacerlo que sacando a la palestra un asunto de lo más morboso.

—¿Os habéis enterado de las noticias de Egipto? —interpeló en actitud evasiva—. Se dice que el rey Ptolomeo, el octavo con ese mismo nombre, ordenó asesinar a su propio hijo y que ni corto ni perezoso lo cortó en pedacitos que metió después en un cofre como regalo de cumpleaños de su esposa Cleopatra, que era a vez su hermana y la madre del muchacho. ¡Ja, y luego se nos acusa a nosotros de crueles! —ironizó con una mueca de desdén que de nada le sirvió, porque la miradita reprobatoria de Cayo no cesaba. Su retirada había fracasado—. ¡Oh, habla de una vez! —reclamó resignado.

Cayo se irguió, visiblemente molesto.

—¿Eres consciente de lo que has hecho en Fregelas? —le dijo entre dientes—. Solo has alimentado las quejas de los latinos.

—Por no decir que a Pacuvio se le ha visto en Roma demasiadas veces entrando y saliendo de todas las casas senatoriales, incluida la de Emiliano —porfió Flaco con su típico gesto de rigurosa seriedad—. Se ha erigido en la voz de muchas ciudades latinas —añadió circunspecto antes de citar algunas—: Praeneste, Tibur o Beneventum.

—También se han unido a su causa contra la comisión agraria muchas de las ciudades de los socios itálicos —continuó Cayo sin perder su irascible tono de reproche—. Comunidades de los samnitas, los marsos, los marrucinos, los brucios o los pelignos, y todos han pedido reunirse con el Senado.

Dos contra uno, pensó Carbón. Aquello se ponía interesante. Puso cara de digno, tensó la boca y arqueó una ceja. De haber sido un perro, sus orejas puntiagudas se habrían disparado hacia el cielo.

—Pacuvio y los de Fregelas se lo merecían —escupió orgulloso con amargo desdén—. Son unos sucios chivatos que lloran como niñitos asustados. Si por mí fuera les metería un pilum por el culo para que volvieran dando brincos…

—¿Y es eso todo lo que tienes que ofrecer? —le interrumpió abruptamente Flaco, estirando su palpitante cicatriz facial—. ¿Pacuvio y media Italia pidiendo hablar en el Senado y a ti solo se te ocurre eructar tonterías? ¡No nos interesa el ruido ni el lodazal! ¡Es un gran problema!

—¡Un problema que no esperábamos, pero que puede abrirnos en canal! —barritó violentamente Carbón, enseñoreando en su réplica una cólera explosiva—. ¡Lo que necesitamos es mano dura! ¡Y si el Senado o Emiliano y su panda de togas eunucas los amparan, solo confirmará que tenemos razón y que la curia Hostilia debe ser quemada más pronto que tarde! ¿No es esto lo que queremos? ¡Me limpio el culo con las malditas lágrimas de los latinos y de los senadores anclados en el pasado! —aulló en estado de repentina locura y rotó su cuello, muy despacio y desafiante, hasta clavar su mirada en Cayo—. Es la ley de tu hermano, aquella por la que murió. Yo siempre defenderé su obra, a muerte. No sé si tú estás dispuesto a ello —afirmó temerariamente ofensivo.

A lo lejos se escuchó que Sempronia rompía en llanto.

Carbón respiraba como un toro.

Flaco lucía su gesto más rencoroso.

Pero Cayo, sorprendentemente imperturbable, se limitó a apoyar las manos en la mesa y se puso tranquilamente en pie.

—Mi padre acostumbraba a decir que cada día de nuestra carrera pública era como si nos lanzáramos a las aguas de un barranco —dijo con expresión reflexiva—, y que una veces se encontraba la calma, moderación y virtud, y en otras un infierno de corrientes, remolinos, zancadillas y envidias, más de lo segundo que de lo primero. O se admite o se muere, eso decía —recordó, y elevó la vista—. Hoy no es el día para que nos matemos entre nosotros. Debemos seguir unidos, y yo, además, hoy debo acompañar a mi esposa. Dejadme solo —zanjó con natural y poderosa jerarquía, una perceptiblemente creciente que tanto Flaco como Carbón admitían de un tiempo a esta parte, tanto que, dócilmente, ambos se marcharon, creyendo eso sí que Cayo les había dado la razón.

Cayo y Licinia dejaron su domus, descendieron por el clivus Palatinus y atravesaron el foro, siempre en silencio.

Cayo miraba de reojo cada cierto tiempo a Licinia, pero solo para encontrar un semblante concentrado y decidido. Ella seguía convencida y él no se iba a oponer en absoluto.

Pasaron junto a los rostra y se colaron en el espacio existente entre el senaculum y la columna Maenia, alcanzando poco más adelante el muro lateral de la basílica Porcia.

Ya casi estaban.

Cayo escrutó una última vez a Licinia, pero al hacerlo perdió ritmo y solo consiguió que su esposa le adelantara un paso y se plantara en primer lugar frente a la puerta de la temible, oscura y pequeña cárcel de Roma, el Tullianum, cuya cavidades estaban prácticamente excavadas en la roca de las faldas del Arx, donde comenzaba la escala Gemoniae en la que se exhibía a los ajusticiados.

Allí aguardaban ya los triunviros capitales, los magistrados menores encargados de las cárceles y de la seguridad en la ciudad, acompañados a su vez de varios carceleros.

—Acompañadme —se limitó a decirles uno de los triunviros.

Todos entraron en la primera de las celdas de la cárcel, una pequeña sala trapezoidal sin ventanas, húmeda y nauseabunda. Solo las antorchas la iluminaban precariamente.

—Por aquí, con cuidado —volvió a indicar el triunviro, señalando un agujero circular en el suelo del que sobresalía una escalera portátil de madera. Por allí se descendía al segundo de los huecos de la cárcel, un espacio circular y abovedado situado a una profundidad de doce pies.

Primero bajó Cayo. Después Licinia, con mucho cuidado para no tropezarse con su propia estola.

Ya en el fondo tanto Cayo como Licinia respiraron el hedor de la celda. Podía apreciarse la humedad de los sillares de las paredes gracias a los brillos de las dos antorchas que rescataban de las tinieblas aquella tumba de ejecuciones.

En mitad de la sala había un hombre sentado en una silla curul. Se trataba del pretor Lucio Cornelio Cinna.

—Licinia, a mi lado. Joven Graco, al fondo, con los triunviros capitales —les dijo de forma concisa.

Cayo fue a colocarse pegado a la pared, mientras que Licinia, autorizada por el Senado al ser hija de Craso, se sentó junto a Cinna en una silla dispuesta a su lado.

Fue en ese mismo instante cuando ella lo vio, entre los destellos de los hachones, atado a un taburete. Le separaban del prisionero apenas tres pasos, lo suficientemente cerca para distinguir su túnica harapienta, sus cabellos revueltos, su barba descuidada y, sobre todo, unos ojos hundidos y sumisos, dominados por el miedo, pavor incluso. Era una ofensa que aquel hombre, aquel despojo, hubiera pretendido ser el monarca de Pérgamo.

—Tú eres el bastardo Aristónico, aquel que mató a mi padre, al cónsul Publio Licinio Craso Dives Muciano —farfulló Licinia en perfecta lengua griega y con el odio incrustado en su cuerpecillo.

Aristónico elevó tímidamente la vista, nervioso, sin poder dejar de mover sus manos amortajadas por las muñecas. Este era su estado desde que el cónsul Perpenna lo derrotara, enviándolo a Roma.

—Puesto que ya que no tienes valor para hablar ante su hija —siseó Licinia al advertir que Aristónico bajaba la mirada—, yo sí lo tendré para cumplir las promesas que juré pariendo a mi hija. —Y se puso en pie muy despacio, avanzó hasta el pergameno como si desfilara en una procesión solemne, se detuvo hasta rozar la cara con la suya y le escupió un enorme salivazo, hecho lo cual, sin dejar de observarlo, caminó hacia atrás, se sentó y le dijo a Cinna—: Este miserable no merecía recorrer Roma en un triunfo. Estranguladlo.

El pretor cabeceó. Si Aristónico no participaba en el triunfo de Perpenna se debía sencillamente a que el cónsul había muerto de enfermedad en Asia, disponiendo el Senado que el reo fuera ajusticiado con la asfixia, toda una generosidad.

Cinna hizo un nuevo gesto con la cabeza para que iniciara el ajusticiamiento. Dos verdugos pasaron entonces un dogal por el cuello de Aristónico y comenzaron a darle vueltas al nudo.

La cuerda fue presionando el pescuezo, poco a poco, apretando músculos, interrumpiendo el riego de arterias y cerrando la tráquea.

Aristónico, con los ojos como platos y queriéndosele salir de las órbitas, intentó patalear y bracear, en vano, al tiempo que Licinia, imperturbable, no retiraba la mirada.

Al poco el bastardo dejó de moverse. Ni para morir había opuesto gran resistencia. Los verdugos dieron una última vuelta al nudo. En estrangulamientos tenían una gran habilidad.

Licinia se puso nuevamente en pie.

—Gracias, Cornelio Cinna. Hoy podré dormir tranquila —confesó, y se giró hacia Cayo—. Volvamos a casa. Sempronia tendrá hambre.