Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Lo hará
33%

Lo hará

Roma, esa misma noche

Emiliano, que estaba reclinado cómodamente en un diván del despacho de su domus, escuchó el alboroto que provenía del atrio.

Ante el estrépito, interrumpió resignadamente la lectura de la carta que le había enviado el rey clientelar Micipsa de Numidia y afinó el oído.

—¡El señor no puede recibirle! —oyó que chillaba uno de sus esclavos. Era uno de los siervos que guardaba el portón de la casa.

—¡Tiene que verme! —contestó otra voz que no supo identificar.

—¡El señor no puede verle si no lo autoriza! —replicó su esclavo.

—¡Pues que lo autorice! —replicó a su vez aquel que parecía querer colarse en la casa, pero lo hizo con un aullido que, esta vez sí, Emiliano reconoció.

Resoplando aparatosamente, dudando entre salir o no salir, por algún motivo desconocido decidió finalmente lo primero. Se puso en pie, descorrió, imperial, la gruesa cortina que separaba el tablinum del atrio e irrumpió cadenciosamente en la sala.

Su mera presencia provocó que todos callaran y que se quedaran paralizados, dándose de bruces con una escena de lo más esperpéntica: Sexto Pacuvio, con una venda chapucera y ensangrentada alrededor de la cabeza, agarraba por el cuello a su portero; este a su vez aferraba a Pacuvio por las sienes; un segundo esclavo de la casa mantenía en alto un garrote, dispuesto a descargarlo contra Pacuvio; una tercera esclava se mordía las uñas; y un intruso más al que reconoció, Quinto Numitor, con una protuberancia en la frente del tamaño del volcán Etna, estaba enredado con otros dos siervos.

Y tan pronto como el acto había quedado congelado, volvió a la vida aceleradamente. Pacuvio soltó al portero y corrió en busca de Emiliano, quieto este como un amenazante poste junto al impluvium.

—¡Lamento esta forma de presentarme, pero debíais ver esto! —gritó al tiempo que se llevaba el dedo índice a la venda rojiza.

Emiliano no pudo evitar un gesto de severo disgusto.

—Sexto Pacuvio —porfió, arrastrando las palabras—, espero que esto tenga una explicación.

—¡Ha sido Carbón! —saltó Pacuvio como una centella. O lo decía o explotaba—. ¡Ha entrado esta mañana en Fregelas y nos ha insultado a todos! ¡Es intolerable! ¡Él y sus matones de la comisión agraria me han partido la cabeza de un garrotazo! ¡Y lo mismo han hecho con Numitor! ¡Debéis ayudarnos! ¡Debéis hacerlo! ¡Os lo ruego antes de que las llamas prendan en toda Italia! ¡Esta no puede ser la imagen de Roma! —Y se repantingó por el suelo, no se sabía muy bien si como forma de prosternación o por el advenimiento de un teatral colapso.

Emiliano inspiró paciente y posó su mirada en el suelo. Al levantarla no le hizo caso alguno a Pacuvio, que seguía tirado ridículamente en el mármol, sino que se dirigió a Numitor, humildemente erguido en su fina figura.

—¿Ha sido Carbón? —quiso asegurarse.

—Sí, ha sido él —contestó el fregelano.

—¿Se le ha provocado? —interrogó Emiliano. Numitor se limitó a negar con la cabeza—. Entonces la provocación ha sido suya —intuyó.

Numitor simplemente asintió. Emiliano lo miró un instante. Era evidente que no mentía. No podría hacerlo alguien con tan escaso afán de protagonismo. Cabeceó entonces, reflexivo. Se mantuvo así unos pocos instante, observando alternativamente a Numitor y a Pacuvio, que persistía en mantenerse desparramado por el suelo.

—Pacuvio, levántate, por todos los dioses —pidió, exasperado.

—¡Debéis ayudarnos! ¡A todos los latinos y a los aliados! ¡La ley agraria va a traer grandes males! —imploró Pacuvio, poniéndose en pie de un salto. Sus carnes profusas se movieron como una bolsa de agua.

—Volved a Fregelas —se limitó a decir Emiliano.

—¡Pero, señor!

—Volved —negó Emiliano, inflexible.

Poco después, Pacuvio y Numitor se encontraban de patitas en la calle, envueltos en la oscuridad nocturna de Roma.

—Lo hará —afirmó de pronto Numitor, pero con tal convicción que Pacuvio, que no se lo esperaba, pegó un brinco. Numitor, aquel ser discreto y bonachón, no acostumbraba a mostrar aquel arrojo.

—¿Qué hará? —preguntó Pacuvio expectante.

Numitor exhibió unos ojos ilusionados.

—Nos ayudará. Lo he visto en su rostro. Nos lo debe. Hemos peleado con él en muchos campos de batalla. Lo pensará y lo pensará porque todo en él es método. No afronta al enemigo si no lo ha estudiado antes hasta la extenuación, pero lo hará, estará de nuestra parte —declaró con una viva firmeza que parecía imposible que proviniera de aquel cuerpo tan delgado como fibroso.

Pacuvio ronroneó lujurioso.

—Este es el hombre que ganó phalerae y torques al valor en Cartago y Numantia, ¡bravo! —celebró y le dio una palmadita en la espalda. Después estiró los labios, contrajo el rostro y eructó un exabrupto a sus esclavos—. Iluminad el camino, panda de idiotas. No quiero abrirme una nueva brecha en mi cabeza. ¡Andad! ¡A Fregelas!