Poco después
Sexto Pacuvio se abrió paso a lo largo y ancho de un foro ya abarrotado a manotazo limpio, salivando de indignación.
Sin embargo, cuando llegó a la altura de su colega Numitor, a los pies de la tribuna, justo allí donde los esbirros de Carbón habían formado una línea de defensa, le guiñó el ojo.
Fue un gesto fugaz, porque a continuación giró su cuello hacia Carbón, elevó lenta y teatralmente su brazo derecho, extendió su dedo índice y lo señaló con tembleque.
—¿Esta es la nueva Roma, Carbón?
Carbón le dedicó la mejor de sus sonrisas. Fue también algo efímero. Elevó una ceja y se despachó tan feliz cual gorrín en el barro.
—¡Ciudadanos de Fregelas, tengo una obligación que cumplir, una que emana de la ley! —peroró presuntuoso—. ¡Una que reclama que no mire atrás! Porque sí, porque muchos de los campos de Fregelas pertenecen al ager publicus de Roma y sin embargo no han sido restituidos todavía a su legítimo propietario. ¿Este es el orgullo cívico de esta ciudad latina que tan fiel le ha sido a Roma? ¡Yo sentiría vergüenza por vuestra escasa colaboración! —graznó, mirando fijamente a un Pacuvio que estaba de todos los colores—. Pero si muchos fregelanos quieren caer en la ignominia —prosiguió, repasando ahora a la muchedumbre—, daré la oportunidad de la redención a aquellos que tengan buen corazón. ¡Porque desde hoy mismo se darán beneficios a los que suministren datos útiles para la recuperación de los dominios públicos de Roma! —anunció, lleno de eufemismo—. ¡Y si no hay en esta ciudad nadie que de buena fe quiera cumplir la ley, yo mismo recorreré cada yugada de tierra! —bramó encelado—. ¡Yo mismo me remontaré inflexible hasta las más antiguas inscripciones en los libros del registro! ¡Yo mismo confiscaré los fundos que carezcan de títulos legales! ¿Lo ha entendido Fregelas? —inquirió con hiriente desdén, mirando una vez más a Pacuvio, hecho lo cual se volvió a Escápula—. ¡Colocad por toda la ciudad los carteles invitando al suministro de información! —ordenó, remarcando cada sílaba de «suministro de información» con irónico eufemismo.
Y comenzó la batalla campal.
La masa humana, enfurecida y humillada por aquel trato tan vejatorio en su propia ciudad, hartos de la prepotencia de Roma, se comprimió y se echó adelante con los puños en alto. Los servidores de Carbón sacaron entonces sus porras ocultas y se pusieron a dar mamporros sin contemplaciones. Se abrió un hueco entre la multitud. Por él se coló Carbón con gesto de asco, bien defendido por Escápula y un cordón de escoltas abriendo cabezas y partiendo bocas.
Pacuvio, muy próximo, vio acercarse a Carbón. Le guiñó de nuevo el ojo a un inmóvil y asustado Numitor, y cargó como un hipopótamo contra el romano. No pudo llegar hasta él, pero lo que sí llegó a su frente fue un formidable bastonazo propinado por Escápula.
Pacuvio cayó en redondo. Escápula se partió de risa y siguió adelante, sacudiendo por su derecha y por su izquierda. Sin quererlo, le dio de lleno a Numitor entre ceja y ceja, que cayó igualmente fulminado.
Allí no se libraba nadie.
Los fregelanos, por muy furiosos que estuvieran, no podían con cuarenta esbirros de la noche especialistas en la bronca.
Entretanto, Pacuvio recobraba el sentido y se echaba la mano a la frente. Sangraba aparatosamente. Elevó la vista. Solo tenía pies y piernas a su alrededor. De pronto emergió entre ellas un cuerpo reptante, uno que se arrastraba, medio muerto, eso sí, pero arrastrándose al fin y al cabo con un indescriptible y planetario chichón en el entrecejo.
Pacuvio sonrió con excitación.
—Numitor —le dijo ansioso al ser reptante—. ¡Ya tenemos lo que queríamos! —exclamó eufórico—. ¡Ya lo tenemos y de la mano de quien te dije! ¡Carbón es nuestro dios!