Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) La palabra de Roma
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La palabra de Roma

Fregelas, mediados de mayo

—Te tiembla el labio inferior —observó Quinto Escápula como lo haría un viejo filósofo escrutando las estrellas.

Carbón tiró de las riendas de su caballo y miró a su amigo de nocturnidades y estragos con divertida sorpresa, detenido ahora frente a las puertas cerradas de Fregelas. Habían partido de Roma de madrugada y galopado sin descanso por la vía Latina para llegar hasta allí al alba. Les dolían las nalgas y estaban llenos de polvo, lo que no era impedimento para que a Escápula, hombre de nariz rota, orejas rajadas y cicatrices varias, le llamara la atención su preciosa boca.

—¿Desde cuándo vigilas mis labios? —le preguntó con guasa.

—Pero eso no es todo —prosiguió Escápula a lo suyo—. Tus ojos no paran de moverse rítmicamente de lado a lado, ni cuando miras fijamente —escudriñó muy atento.

Carbón dejó escapar una pequeña risita.

—¿Se puede saber a qué viene esto ahora?

Escápula enseñó sus dientes grises. Sorprendentemente, los tenía todos y muy bien colocaditos.

—Viene muy a cuento —siseó mordaz—, porque tus labios tiemblan como los de un niño de teta llorón y tus ojos se mueven frenéticos cuando vas a hacer algo que te excita —dejó caer.

Carbón sonrió satisfecho. Escápula lo conocía bien.

—No sé por qué te traigo conmigo —farfulló, divertido, y luego miró a lo alto de las murallas de Fregelas, donde los vigías los contemplaban asomados al adarve con cara de sueño—. ¡Abrid las puertas!

—¿Y quién va? —preguntó uno de los guardias con indolencia.

—Abrid las puertas o no podrás volver a preguntarlo. —Cayo Papirio Carbón se está impacientando.

Carbón entró en Fregelas al despuntar el alba, nada más abrirse las puertas de una ciudad todavía adormilada y de postigos echados, tiendas cerradas y tabernas y lupanares en silencio. Solo los perros callejeros salieron a recibirlo, a él, a Escápula y a los cuarenta servidores que le escoltaban, todos ellos con porras escondidas bajo las capas.

—Al primer chucho que ladre, desolladlo.

Después, ya a pie, zigzagueó veloz por las calles desiertas, sin que nada turbara sus pasos lascivos e irritados. Si Pacuvio había decidido acudir a Emiliano como un vulgar soplón y predisponer sus acciones contra la reforma agraria, solo cabía una respuesta, el desagravio y que todos los fregelanos sufrieran en sus carnes, y en sus propiedades, tanta suciedad de ánimo. Al fin y al cabo, si a la víbora se le importunaba, la víbora mordía, tal era la lógica de la naturaleza, y él, que aun sin ser todavía triunviro actuaba ya como si lo fuera, era la serpiente más ponzoñosa de todas aquellas que se arrastraban por suelo itálico.

Entró al foro de la ciudad con marcada prepotencia, cruzó la plaza de lado a lado, todavía vacía, y ascendió los escalones de la tribuna de los oradores como los persas Ciro, Darío, Jerjes y compañía lo habrían hecho en busca del trono del Rey de Reyes.

Ya en lo alto, elevó bien la barbilla, tanto que el sol del amanecer golpeó sus ojos negros. Contrajo su rictus y se dirigió a Escápula.

—Llamadlos. Que estén todos, Pacuvio y todos los demás senadores locales. Que vengan y escuchen la palabra de Roma —exhaló lleno de placer. Su labio inferior temblaba ya imparable y sus pupilas se agitaban rítmicamente de derecha a izquierda. Era su éxtasis.