Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Ándate con cuidado
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Ándate con cuidado

Miseno, finales de mayo

—Entonces, ya a las puertas de la ciudad celtíbera, cuando las máquinas de asedio se acercaban a las murallas, unos emisarios salieron y le dijeron con gran franqueza: «No vamos a ocultar nuestra intención de hacer la guerra si contamos con todos los medios. Por ello, te pedimos permiso para ir a buscar refuerzos». Y tu abuelo se lo concedió.

El pequeño Tiberio abrió los ojos como platos, extasiado por aquella historia, atrapado por el modo de contársela de su abuela Cornelia Africana, que de normal era muy seria y contenida, pero no cuando le narraba las hazañas de su abuelo Tiberio Sempronio Graco. En estos casos, ponía una voz que le divertía muchísimo, e incluso agitaba los brazos y ponía caras de miedo o de alegría. Le encantaba que le dejaran con ella en Miseno.

—¿Y el abuelo Graco por qué hizo eso? ¿Por qué dejó a los celtiberos ir a pedir ayuda? —preguntó sorprendido. Por muy pequeño que fuera se sentía ya muy mayor y capaz de comprender que al enemigo no se le daban concesiones ni se le permitía reforzarse.

Su abuela Cornelia, sin embargo, tenía respuesta para todo.

—Les dejó porque tu abuelo era un hombre noble.

Y no había nada más de que hablar. Su abuelo era muy noble y él lo creía a pies juntillas.

—¿Y qué pasó después? —inquirió nervioso—. ¿Los celtíberos consiguieron refuerzos?

Cornelia sonrió, pero solo para meterse de nuevo en su papel.

—Los celtíberos hablaron con otros celtíberos, volviendo a los pocos días al campamento romano. Era mediodía, y en cuanto estuvieron delante de tu abuelo y de todos los tribunos exigieron que les dieran de beber —dijo, e hizo una pausa, observando con ternura cómo su nieto la miraba con los ojos como platos. Ella también disfrutaba enormemente cuando le traían al pequeño para que pasara unos días en la villa.

—¿Y les dieron de beber? —preguntó Tiberio con infantil ansia.

—¡No solo eso! —exclamó Cornelia—, sino que, apurada la primera copa, pidieron otra entre las carcajadas de los tribunos por lo primitivo del carácter de aquellas gentes y su absoluta ignorancia de cómo comportarse.

—¡Qué primitivos! —lanzó el niño, empleando las mismas palabras de su abuela.

—Pero tu abuelo no reía —dijo ella de pronto, seria y solemne.

—¿Y por qué no? —inquirió Tiberio muy atento.

Su abuela estiró elegantemente el cuello.

—Porque él era considerado y comprendía que debía derrotarse al enemigo con respeto —dijo.

Tiberio, que escuchaba a su abuela sentado en el suelo mientras ella lo hacía en una bella cátedra, se quedó inmóvil, con la boca abierta, imaginándose a él mismo en el futuro venciendo con su simple presencia. Su abuelo era increíble y él solo quería imitarlo.

—¿Y los celtíberos siguieron bebiendo?

—Oh, no —negó Cornelia—. Cuando estaban ya saciados le dijeron a tu abuelo: «Nos ha enviado nuestro pueblo para averiguar qué es lo que te da tanta confianza para atacarnos».

—¿Y qué dijo el abuelo? —saltó Tiberio.

Cornelia carraspeó. Era su manera de poner voz de hombre.

—Les dijo: «Lo que me da tanta confianza es que he venido con un ejército excepcional» —declamó, tratando de parecerse a su difunto esposo—. «Y si queréis comprobarlo por vosotros mismos y llevar a los vuestros una información más segura, os daré esta oportunidad» —recitó con masculina afectación.

Tiberio no pudo contenerse más. Se puso en pie de un brinco y comenzó a blandir una espada imaginaria.

—¡Y el abuelo les enseñó el campamento! —gritó feliz.

Fue esta vez Cornelia la que puso los ojos como platos.

—¡Hizo mucho más! —Tiberio se quedó quieto, a la espera—. Ordenó a los tribunos militares que todas las tropas de infantería y de caballería se equiparan y maniobraran con las armas. Eran miles, y lo hicieron tan majestuosamente que finalmente los celtíberos… ¡decidieron rendirse sin luchar! —terminó de golpe para darle más emoción.

—¡El abuelo era muy listo!

A Cornelia se le iluminó el rostro, perdiendo su mirada en ninguna parte, solo un instante. Cómo echaba de menos a su esposo.

—Sí, tu abuelo era noble, respetuoso y muy listo —dijo al fin, en un suspiro, justo en el momento en el que una alegre carcajada inundaba la habitación. No era el pequeño Tiberio quien lo hacía, sino Cayo, que había disfrutado toda la conversación de su madre tranquilamente recostado en un triclinio con una buena copa de vino en la mano.

—Tu abuelo —le dijo a su sobrino al parar de reír— era noble, respetuoso y muy listo, ¡justamente como yo! —Y volvió a reírse.

—Tú eres algo revoltoso e impetuoso también —le recriminó cariñosamente su madre.

—Pero me temo que tales cualidades son más de los Escipiones que de los Graco —ironizó Cayo con gesto divertido.

Su madre puso cara de fingido desaire.

—Puede ser —accedió.

—Pero mi padre era también muy noble, respetuoso y listo —dijo Tiberio de pronto, bullendo en orgullo.

Su abuela y su tío se le quedaron mirando con un gesto tan risueño como melancólico.

—Tu padre era todo eso, y también muy justo y valiente —añadió Cornelia, llena de infinito cariño. El pequeño se estiró como un palo y sonrió de oreja a oreja—. Pero ahora, vete a jugar. Debo hablar con tu tío —ordenó, provocando que a Tiberio se le borrara la sonrisa. Quería más relatos de hazañas de su familia.

—Hazle caso a tu abuela —intercedió su tío Cayo—. Solo si le obedeces te contará otro día cómo tu abuelo acabó con nueve mil enemigos en la batalla de Alce.23 Allí fue listo, pero también muy astuto —remarcó, efectista.

Tiberio, ilusionado, volvió la mirada hacia su abuela.

—Mañana —se adelantó ella.

—Pero…

—Mañana. Ve a jugar.

El pequeño Tiberio sabía que una orden de su abuela era tanto como la disposición de un cónsul al mando de las legiones, por lo que, derrotado —qué remedio—, se perdió en la casa dando saltitos sin dejar de blandir su espada imaginaria.

Cayo escrutó entonces a su madre.

—Qué quieres decirme —instó al ver que ella no arrancaba.

Cornelia se irguió en la cátedra y ajustó su túnica antes de hablar.

—Ha llegado a mis oídos que en las pasadas Ferias Latinas se vio hablando a Sexto Pacuvio con Emiliano.

Cayo arqueó una ceja y se incorporó del diván.

—¿Y cómo sabes eso? —interpeló sorprendido. Él ya estaba enterado.

—No eres tú el único que me visita.

Cayo cabeceó pausadamente.

—Es cierto, hablaron, pero solo un poco.

—A la vista de todos —matizó Cornelia.

—Porque así lo quiso Pacuvio —replicó Cayo.

—Da lo mismo quién lo quisiera, pero lo hicieron. Y ya sabes de qué hablarían. —Cornelia puso un rostro adusto y cruzó las manos sobre el vientre. Prosiguió—: No me gusta, ni debería gustaros a vosotros, a ti, a Flaco y a Carbón. Ahora que Craso ha muerto y que es muy posible que Claudio lo haga en poco tiempo, sin ellos os quedareis solos ante el Senado y Emiliano, y no tenéis todavía ni su peso ni su influencia —expuso con plúmbeo realismo.

Cayo apretó los labios.

—Nadie puede tocar ya la ley agraria —se defendió algo molesto.

—Emiliano sí.

—El pueblo se le echaría encima.

—Salvo que le deis un pretexto.

Cayo echó el cuerpo atrás, calibrando aquellas palabras.

—¿Qué quieres decirme, madre? —inquirió, clavándole la mirada.

Ella se puso en pie. Era uno de sus modos de decir que el debate llegaba a su fin. Miró a su hijo sin amilanarse en absoluto por mucho que los ojos de Cayo pudieran atravesar el metal.

—Andad con cuidado, hijo —advirtió—. Pacuvio es un manipulador y un enredador que ya ha pedido ayuda a Emiliano. Pero entre los tuyos también los hay turbulentos en la aplicación de la ley agraria. No os conviene. Daréis pretextos a Emiliano. Hasta el momento el Senado y él mismo han respetado la reforma agraria, en parte porque el propio Emiliano la ve con buenos ojos. Pero basta que les deis un solo motivo o que advierta que perjudica los intereses de Roma para que trate de acabar con los repartos. Debéis relajar la aplicación de la ley.

—Te refieres a Carbón.

—Me refiero a que debéis relajar la aplicación de la ley.

—La ley debe ser aplicada en sus justos términos.

—La ley debe ser aplicada con prudencia.

—La ley debe ser aplicada en sus justos términos —repitió Cayo con un deje algo vehemente, echando el cuerpo hacia adelante—, tanto para los ciudadanos romanos como para los latinos, sin excepciones por mucho que den gritos al cielo o hablen con Emiliano. Lo sabes perfectamente, madre —repuso, apretando los dientes.

Cornelia inhaló muy despacio. Cayo, su pequeño Cayo, siempre tan Escipión, seguía cogiendo poso, pero también más impulso y obstinación, agrietándose su paciencia por el incansable embate al que les sometían los opositores a la reforma.

—Hijo…

—Madre, debe ser aplicada —zanjó Cayo.

Cornelia suspiró de nuevo. No iba a hacer cambiar a su rocoso y juvenil vástago. Mejor hablar de otro asunto.

—¿Cómo se encuentra Licinia? —se interesó. Desde la noticia de la muerte de Craso en Asia no la había visto.

—Bien, bien —murmuró Cayo—. Ha recuperado la alegría —y está tan provocadora y sensual como siempre, se abstuvo de decir su pensamiento en voz alta—, aunque llena de comprensibles deseos de venganza. Como una Némesis griega, nada le ha privado de realizar sacrificios cruentos a medio panteón romano para que el cónsul Perpenna regrese con las manos manchadas de la sangre de Aristónico y de todos sus malditos tracios. Ya sabes, madre, la venganza —musitó con doble sentido, escudriñándola nueva e intensamente.

—Comprensibles deseos de venganza… —balbució Cornelia, y dejó escapar un amargo y pequeño carcajeo, uno que interrumpió bruscamente. Alzó la mirada y adoptó un semblante serio—. Andad con cuidado, hijo, hacedlo. En caso contrario, sobrevendrá de nuevo el desastre, y yo no lo deseo —reiteró como en un lamento e inició su marcha, una pausada, sin mirar atrás, distinguida, dejando a su espalda a Cayo, un remolino de juventud.