Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) La breve entrevista
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La breve entrevista

En el monte Albano, en los días siguientes

El primer día de las Ferias Latinas era el vivo y el popular, el de la diversión, aquel en el que las familias enteras y las pandillas de amigos se reunían en la campas adyacentes al templo y en los claros del bosque para reír, comer, beber sin mesura, bailar, copular con alguna conquista si los dioses estaban por la labor y cantar a voz en grito al tiempo que se colgaban de las ramas de los árboles unos muñecos que se balancean graciosamente. Ya nadie tenía la más remota idea de por qué se hacía aquello, pero tampoco nadie lo preguntaba. Simplemente era la tradición.

Pacuvio, siempre con su gesto de perro enfadado de los que parecen que van a dar dentelladas a diestro y siniestro, irrumpió en cada grupo que se topó por el camino, y eran cientos, apartando a golpes los muñequitos colgantes cada vez que uno de ellos se le venía encima, y fueron muchos, pero no lo encontró por ninguna parte. Aquel a quien buscaba no estaba allí, por lo que, frustrado, al final del día descendió hasta los pies del monte Albano y durmió en el gigantesco campamento de tiendas que cobijaba a los peregrinos, fiesteros y representantes de las ciudades latinas con derecho a participar en las ferias.

Para su mayor irritación, no pudo conciliar el sueño como le hubiera gustado, pues tuvo que llegar justamente la noticia de que el nuevo cónsul Perpenna, que había marchado a Pérgamo apresuradamente tras la debacle de Craso, había pillado desprevenido y confiado a Aristónico, venciéndole cerca de Estratonicea de Caria, ciudad en la que se había refugiado junto con su ingenuidad, tras haber aprendido la lección de que para matar a Roma eran necesarias muchas victorias.

El populacho, apelotonado alrededor de fuegos y casetas de comidas y bebidas, se alegró tanto por la victoria que no paró de berrear canciones desde el anochecer hasta el amanecer, privándole de un necesario descanso después de su constante derroche físico.

Al día siguiente, con los ojos rojos de sueño y de ira, volvió a ascender el monte Albano como si le persiguiera un cíclope hambriento, rastreando de nuevo campos, claros y bosque. Sin embargo, en el segundo día de fiesta, también muy popular, tampoco lo encontró. Desesperado, volvió al campamento, pero solo para descubrir que Morfeo lo abandonaba irremediablemente, sin duda para acompañar a los jóvenes borrachos que atormentaron el silencio de la noche.

Por fin amaneció la tercera jornada de las ferias, la solemne, aquella que comenzaba con una procesión de todos los magistrados romanos y el resto de los embajadores latinos, todos ellos en cadencioso ascenso para sacrificar al Júpiter del Lacio un hermosísimo toro blanco, cortarlo después en pedacitos —tantos como ciudades latinas— asarlos, comerlos en un gran y festivo banquete oficial y, después, por último, encender un fuego enorme y espectacular que podía verse desde todo el Lacio cual faro de amistad y alianza.

En cualquier caso, siendo ya la última oportunidad para encontrarlo, Pacuvio se dijo aquello de: «Hoy o nunca».

Y fue hoy, porque tras ver pasar al cónsul Cornelio Léntulo y al resto de los dignatarios romanos y latinos, lo vio acercarse por fin con su pléyade de amigos y clientes.

Y volvió a decirse: «Hoy o nunca».

Pacuvio saltó a la calzada a la desesperada cual gato temerario y se plantó en medio sin contemplaciones.

El hombre, el gran hombre, el más deseado, elevó la vista sobresaltado, y si no fuera porque lo reconocieron, los esclavos lo habrían matado a palos para proteger a su señor.

No habló el gran hombre, sino su hermano.

—Pacuvio, ¿qué haces? —bufó Fabio con gesto recriminatorio.

El fregelano, inteligentemente, se abstuvo esta vez de mostrarse altanero. Bien al contrario, se cuidó de parecer una inocente víctima, un corderillo blanco que bala indefenso ante el altar de los sacrificios.

—¡Perdonad! ¡Perdonad mi brusquedad! —se disculpó en una ensayada genuflexión, y mirando, ahora sí, al gran hombre, a Emiliano, añadió—: Llevo tres días buscándoos y no podía esperar más. Debo deciros… —dejó la frase en suspenso, pensativo—. Debo pediros algo de gran importancia —rectificó sumiso.

Emiliano, todavía sorprendido por el atropello, miró a su hermano Fabio y después a Lelio, a Opimio y a Bruto Galaico, que le acompañaba ya a todas partes. Todos ellos encogieron los hombros.

Emiliano se giró de nuevo a Pacuvio, pero sin abrir la boca.

—Señor… —se vio forzado a arrancar otra vez el fregelano, pero calló al comprobar que Emiliano no lo miraba a él, sino a alguien que debía de estar en su cogote. Rotó por ello su cuello y se topó con la cara de Quinto Numitor, un hombre de graciosos cabellos encaracolados, rostro redondo y bondadoso, postura discreta, de poco arranque y que, a más señas, era uno de los principales senadores de Fregelas.

Sin dudarlo, dado que por alguna extraña razón había captado la atención de Emiliano, Pacuvio lo cogió del brazo y lo arrastró a su lado, lo que no le costó nada porque Numitor era alto, pero pesaba menos que una pluma. Eso sí, una pluma fibrosa y atlética.

—Este es… —comenzó a decir.

—Sé quién es —le cortó Emiliano antes de volver a fijar su mirada de halcón en Numitor—. Ganaste phalerae en Cartago y en Numantia por tu valor. Yo mismo te las entregué, lo recuerdo bien.

—Y un torques, señor —contestó Numitor con humildad.

—Yo también peleé en Cartago —saltó Pacuvio.

Emiliano contempló a Numitor con gesto afectuoso. Sabía reconocer a un hombre leal y valeroso, pero también al revoltoso y al tocanarices, es decir, a Pacuvio, que le seguía mirando como el perro que aguarda con media lengua fuera que le den su galleta.

—¿Qué quieres pedirme? —condescendió Emiliano con esfuerzo.

Pacuvio no se lo pensó dos veces.

—Que el señor nos ayude en el asunto de la ley agraria y en el trato que nos dan los triunviros. ¡No es justo! —imploró a bocajarro.

Emiliano apretó el entrecejo al instante.

—¿Y por qué iba yo a hacer tal cosa?

—¡Oh, señor, por nuestras viejas alianzas y por el respeto a nuestros acuerdos! —se apresuró a contestar Pacuvio antes de mutar su rostro y adquirir un rictus sibilino. No podía evitarlo—. Y porque, al fin y al cabo, los intereses de los terratenientes latinos son los mismos que los de los latifundistas romanos. Todos nos sentimos agraviados por la pérdida de tierras que hemos cultivado durante generaciones, y nosotros, sí, nosotros, los latinos e itálicos, podemos ser la llave de la paralización de los repartos del ager publicus —propuso e hizo una nueva reverencia al tiempo que daba dos pasos atrás para el caso de que el gran hombre lo azotara por tanto atrevimiento.

Sin embargo, cuando levantó la vista, Emiliano mostraba un semblante reflexivo. Podía tensar la cuerda un poco más.

—Yo le puedo explicar al señor cómo hacerlo…

—¿Y a cuántas ciudades representas? —le interrumpió de nuevo Emiliano. Pacuvio sonrió para sus adentros.

—A muchas, señor, las latinas viejas junto con las colonias de derecho latino y no menos de cuarenta ciudades itálicas. Todos nos sentimos agraviados y se ha generado un enorme malestar que crece por momentos. Yo creo que el señor es el único que puede ayudarnos y todos lo agradeceríamos eternamente —insistió Pacuvio.

Emiliano no dijo nada. Se despidió con un cabeceo y echó a andar cuesta arriba, seguido de su enorme séquito.

Pacuvio lo siguió con la mirada hasta que desapareció en una de las cerradas curvas del ascenso.

—¿Crees que hará algo por nosotros? —oyó que le preguntaba el bueno de Quinto Numitor, que enseñoreaba una mirada limpia y noble, muy alejada de la suya propia, de auténtico zorro.

—Por supuesto que sí —le dijo exultante—. Y por ahí viene quien tarde o temprano le convencerá —añadió, señalándole un romano de cabellos y ojos negros como el tizón que ascendía igualmente por la vía sagrada del monte Albano.

—¿Cayo Papirio Carbón? —titubeó Numitor.

—¿Quién si no? —se mofó Pacuvio, emprendiendo el descenso del monte Albano, bien ayudado por sus protuberantes carnes escondidas bajo la túnica y la toga, porque por muy terrateniente que fuera, no había tocado un arado en su vida.