Las ferias latinas
En el monte Albano, mediados de abril de 130 a. C.
Sexto Pacuvio, acompañado por otros magistrados y ciudadanos de la colonia latina de Fregelas, encaró con brío la atestada calzada sagrada que, entre frondosos bosques, ascendía en cerradas curvas hasta el templo de Júpiter Latiaris, en la cima del monte Albano.21
Era esta la montaña más alta y el centro consagrado del Lacio, allí donde las ciudades de la antigua Liga Latina habían celebrado durante siglos su unión política y religiosa hasta su disolución tras la batalla naval de Antium por el superior imperio de la Urbe que había pasado a dominarlas a todas ellas, Roma.
Solo un vestigio de aquella antigua liga sobrevivía de aquellos pasados tiempos, las populosas e importantísimas Ferias Latinas, puesto que, liquidada políticamente la confederación, no se había tocado ni al dios, ni a las fiestas, ni a la sociedad religiosa.
El fregelano Pacuvio seguía muy indignado desde su discusión con Cayo Graco en la basílica Emilia a cuenta de la restitución obligada de tierras públicas, y sus rápidos pasos así lo delataban, estirando como un muelle el grupo de asfixiados conciudadanos que le seguían como podían en el duro ascenso al templo de Júpiter Latiaris. Únicamente los jóvenes le iban a la zaga, bien pegados a su estela, soportando una veloz carrera que cimentaba en sus dos rítmicas piernas, cortas pero fuertes, pese a sumar ambas la cifra nada desdeñable de ciento veinte años.
Pacuvio, un hombre de baja estatura, moreno, cabellos muy rizados y mueca férrea y decidida, aparentaba ser un verdadero prototipo de hombre romano. Un personaje que bien podía pasar por un ciudadano del Palatino de los de toda la vida. Un Fabio o un Licinio más con su toga impecable y su gesto altivo anunciando a los cuatro vientos que sus tierras se perdían en el horizonte.
Pero he aquí que, aun con todo ello, siendo muy rico y con enormes latifundios alrededor de su ciudad y del campo de Campania, reuniendo en sus arcones varias togas que le quedaban de maravilla, hablando perfectamente la lengua del Lacio y rindiendo culto a los mismos dioses, no era, sin embargo, un ciudadano romano, sino un simple poblador de una colonia latina al que para colmo de males siempre le perseguiría su nomen, Pacuvio, un gentilicio del pueblo osco, probablemente campano, lo que indicaba a más señas que su familia ni siquiera procedía de los colonos originales de Fregelas, oriundos de Roma, sino oscos emigrados en el pasado a la colonia, con mucho éxito, sí, pero osco al fin y al cabo.
En suma, a ojos de los auténticos romanos, Pacuvio era un individuo de segunda, un amable espécimen itálico al que se le podía manejar y que estaba sometido a las cada vez más altivas e hirientes órdenes de los magistrados romanos y del Senado de Roma.
Y no podía tolerarlo más.
Esta dura realidad personal, jurídica y política le provocaba un insoportable ardor estomacal que ascendía por su esófago y le quemaba la garganta. La ley agraria de Tiberio Sempronio Graco y la obligación de devolver tierras que su familia había trabajado y enriquecido durante generaciones era el culmen de tan insufrible injusticia. Al menos los campesinos romanos podían ser beneficiaros de las restituciones, e incluso interponer apelaciones judiciales ante la comisión de triunviros agrarios, pero no ellos, no los ciudadanos y los aldeanos de ciudades latinas e itálicas, que perdían sus tierras sistemáticamente.
Los ciudadanos latinos, en definitiva, solo sufrían desagravios.
Era horrible. Era nauseabundo.
Aceleró el paso.
Cuanto más lo pensaba, más le ardía la boca del estómago.
En verdad que solo se consolaba de una forma, adoctrinando oportunamente a los jóvenes latinos para que ninguno despistara su pensamiento y dejara de defender sus derechos. Lógicamente, debían hacerlo como él les enseñaba y de ningún otro modo.
—Roma venció a las vecinas ciudades del Lacio en el pasado —les instruía justo en ese momento sin que el resuello de la subida le afectara lo más mínimo. Los muchachos callaban y se mostraban atentísimos. Hablaba el mismísimo Sexto Pacuvio—. Sin embargo, aun doblegándolas —continuó—, las respetó, permitiéndoles conservar sus leyes propias, sus magistrados y sus senados locales al tiempo que podían celebrar contratos con ciudadanos romanos, casarse con ellos y tener hijos legítimos con ellos. Incluso emigrando a Roma se podía alcanzar la ciudadanía romana. Todo esto, jovencitos que resopláis como viejos gordos —se mofó—, es el derecho latino, concedido a las viejas ciudades del Lacio como Praeneste y Tibur22 y a las colonias con estatuto latino que Roma fue fundando en territorio itálico, como Fregelas o Beneventum. Todas ellas son los socii nominisque Latini —aleccionó con buscada precisión jurídica antes de coger renovada velocidad y atacar una curva.
El grupo se estiró aún más, pero él no necesitaba respirar, solo adiestrar mentes.
—Eso sí —prosiguió tras superar la curva—, los romanos se aseguraron y conservaron el dominio de la política exterior y de todas las grandes cosas comunes, y por ello mismo impusieron a los socios latinos que contribuyeran a sus conquistas con tropas cuando Roma lo dispusiese. Desde entonces, ¡no hay batalla que no haya visto a las legiones de ciudadanos romanos en el centro y los latinos en los extremos! —declamó, y elevó la vista como un titán.
Nueva curva.
Nuevo apretón rítmico.
Los mayores de Fregelas se estaban quedando irremediablemente atrás. Solo seguían adelante él y los muchachos que le admiraban.
—Después —voceó en la recta. Ya se veía en lo alto el templo de Júpiter Latiaris—, con nuestra ayuda, Roma doblegó a las ciudades del resto de Italia ajenas al cercano Lacio, una tras otra, ya fuesen samnitas, marsos o pelignos, mas Roma no mata, solo ahoga. Firmó con todas ellas un foedus, un acuerdo de rendición total por el que los itálicos se veían también obligados a aportar tropas para engrosar las alas en las batallas. ¡Son los socii foederati! ¡Los aliados itálicos! ¡Pero tanto latinos como itálicos estamos sometidos al imperio de Roma! —gritó como si estallara en furia, esa que inflamaba sus entrañas, hecho lo cual, casi en la cima, abandonó abruptamente la calzada y se esfumó entre unos arbustos.
Todos lo siguieron como pudieron hasta llegar a un claro del bosque bien apartado para no ser escuchado por oídos romanos.
Allí, Pacuvio detuvo su paso militar, puso los brazos en jarras, giró en redondo con gesto fruncido y abrasó con su mirada de latino resentido a todo el grupo de fregelanos.
Cuando los más lentos llegaron hasta allí atravesando el follaje con resoplidos de asfixia y de protesta, lanzó su arenga final.
—¡Pero pese a ayudar a los romanos a ganar su grandeza en Italia y en el mundo entero, nos tratan ahora con arrogancia, soberbia y provocación! —vocalizó como si quisiera escupir una mosca peluda que se le había colado en la boca—. ¿Cómo se explica si no que recientemente en Praeneste un magistrado romano haya obligado a la ciudad a costear caprichosamente sus gastos de viaje? ¿Dónde se ha visto esto antes? ¿Y por qué se ajusticia a los socios latinos e itálicos en la guerra mientras a los legionarios se les dan cariñitos por muchas faltas que cometan? ¿O cuál es la razón de que se flagele y ejecute a los magistrados de una ciudad itálica solo porque supuestamente el cónsul romano que pasaba por allí creyó según su libre arbitrio que no habían sido diligentes en el aprovisionamiento de las tropas romanas? —Pacuvio hinchó su pecho—. ¿Qué tipo de gratitud es esta? ¿Por cuánto tiempo las leyes de Roma van a ser distintas para nosotros? ¡Nosotros también hemos vencido en los campos de batalla! ¡Nosotros hemos contribuido con nuestro esfuerzo y nuestros muertos a la grandeza de Roma, pero ahora nos tratan como simples súbditos! Peor aún, ¡como esclavos! —rugió, encendido, provocando que algunos pajarillos echaran el vuelo.
Después solo se oyó el apaciguador silencio del bosque y, a lo lejos, apagado, el ruido del populoso gentío que se apelotonaba en la explanada del templo y en las campas y bosquecillos en aquel día tan festivo y alegre en el que Roma confraternizaba con sus socios latinos.
Pacuvio repasó a los suyos con satisfacción, unos treinta en total. Los jóvenes hablaban airadamente entre ellos, indignados también por el maltrato de Roma cuando ellos mismos eran ya casi romanos. ¿Por qué no les dejaban ser ya romanos del todo?
Los no tan jóvenes y viejos, por su parte, ahuecaban sus labios y asentían. El veneno de la irritación corría por sus venas. Todos estaban debidamente aleccionados y dirigidos. Estaba contento.
—Y ahora, busquémosle. Solo él puede ayudarnos —dijo, y emprendió el camino hacia el templo de Júpiter Latiaris.