Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Otra nueva Sempronia
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Otra nueva Sempronia

Roma, un mes después. Finales de diciembre

—El ejército formó incompleto, ¡un desastre! —le dijo Flaco a Cayo—. La legión se desplegó en el centro, pero el ala itálica también en lugar de hacerlo en los flancos, que Craso entregó a los débiles aliados pergamenos, bitinios y capadocios, algo incomprensible —suspiró—. Durante la batalla, el centro, al parecer, resistió, como era de esperar, e incluso estaban a punto de hundir a los falangitas de Aristónico, pero los flancos cedieron como la manteca por el empuje de los galogriegos y los tracios. La caballería, en franca minoría, tuvo que escapar. En definitiva, una catástrofe. Una aniquilación casi total del ejército en Asia, incluida la muerte del cónsul, tu suegro, y de varios tribunos militares de alta cuna.

Cayo soltó un largo resoplido y elevó la vista al techo de su tablinum. Después cabeceó y mordió su labio inferior.

—¿Qué ha sido del cuerpo de Craso? —pregunto con cara de circunstancias, temiendo la respuesta.

—Los tracios le cortaron la cabeza y se la llevaron a Aristónico, que la ha exhibido como trofeo por media Asia.

Cayo arqueó las cejas y resopló de nuevo.

—Pecó de confianza —exhaló cuando dejó de expulsar su propia respiración—. Cometió el mayor de los errores, subestimar al rival y no enviar partidas que evaluaran el verdadero potencial del enemigo.

—A lo que ayudó un despliegue de las tropas muy desafortunado.

—¡Qué desastre! —lamentó Cayo.

Flaco asintió y miró a su amigo.

—¿Cuándo se lo vas a decir?

—Ahora mismo.

—Mejor, lo sabe ya toda Roma.

Licinia no dejaba de contemplar la ropitas que tenía preparadas para su próxima hija, porque estaba convencida de que iba a traer al mundo precisamente eso, una niña.

Y estaba de lo más contenta.

Era verdad que todas las familias de la aristocracia ansiaban que al menos el primer nacimiento fuese un varón que perpetuase la gens e incrementase el patrimonio político y militar de la familia. Era esta una constante en el seno de la nobilitas, pero no en Licinia, consciente de que junto a Cayo su prole iba a ser ingente y llena también de pequeños Sempronios Graco. Se le había metido en cintura que no podía ser de otra manera, y no solo por su destino aristocrático, sino porque no era menos cierto que deseaba yacer con él a todas horas, fuese mañana, tarde, noche o madrugada. Puertas afuera actuaría como una adusta matrona, por supuesto, pero puertas adentro, con veinte años recién cumplidos, llena de energía y vitalidad, con una piel tersa y pechos bien altos, era libre y quería disfrutar de la vida como se decía que lo hacían las mujeres en Oriente, mucho menos recatadas, aunque ejemplos de vidas lujuriosas ya existían en la propia Italia.

—¡No seas una toscana! —le había chillado alguna vez su madre, que era el adjetivo peyorativo que se empleaba en estos casos, porque se decía que las mujeres etruscas eran demasiado ardorosas en la cama e incluso aficionadas en exceso al vino, toda una vergüenza.

—Madre, me ofenden tus palabras —le había contestado toda digna. Ella solo quería disfrutar de la intimidad de su esposo, pero no ser una pendenciera como las etruscas, faltaría más. Aún había clases, y ella era una Licinia Craso, hija del cónsul en Asia.

Entretenida con este y otros pensamientos, al abrigo de su amplio cubículo en el que no faltaba un hermoso tocador y un enorme espejo ovalado de bronce pulido, Licinia sacó una vez más todas las pequeñas ropitas reservadas a la futura Sempronia y las miró con la felicidad estampada en la cara. Examinada cada prenda, las doblaba cuidadosamente y volvía a guardarlas en el arcón.

En estas, entre plegado y plegado, sin levantar la vista de las ropas para que estuvieran perfectas y no se arrugaran, no pudo resistirse más.

—¿Me quieres decir qué te pasa? —le dijo a Cayo, que estaba sentado en su camastro con semblante contraído—. ¿Algún otro terrateniente latino te ha levantado la voz en la basílica Emilia como ese tal…, como ese tal…?

—Sexto Pacuvio.

—Ese mismo, el magistrado malencarado de Fregelas —dijo Licinia sin dejar de hacer su tarea—. ¿Qué se piensan los latinos? ¿Que la ley agraria no es para ellos? ¡Que entreguen las tierras que han ocupado ilegalmente, como hacen los ciudadanos romanos! ¡Faltaría más! —se arrancó ofendida antes de disparar la lengua desde el interior de su boca y llevársela a la comisura de los labios como muestra de concentración.

Cayo arrugó el entrecejo. No sabía cómo decírselo, pero debía hacerlo ya so pena de que se enterase por los esclavos o en el mercado, lo que sería una catástrofe a la vista de su avanzado estado de gestación, nueve meses. Tenía que decírselo.

—Licinia… —comenzó dubitativo.

—¡Mira! —reclamó ella, poniéndose súbitamente en pie—. ¡Me está dando patadas! Sempronia va a ser muy fuerte. —Y se acercó alegremente a Cayo, raptándole la mano para posársela en la barriga.

Cayo percibió claramente las pataditas al tiempo que su rostro se oscurecía todavía más, tanto que Licinia comenzó a asustarse.

—¿Qué ocurre? Llevas ahí todo el rato con cara de susto, ¡dime qué pasa! ¡Dime! —reclamó como una amazona valiente.

—Dame las manos y siéntate.

Licinia se puso pálida.

—Cayo… —barbotó, sentándose en la cama, a su lado.

—Licinia, tu padre…

—¿Qué pasa con mi padre?

—Tu padre…

—¡Cayo!

—Ha muerto en Pérgamo. Fue derrotado…

No pudo contar más. Licinia, que acababa de pegar un brinco y retrocedía por la habitación desencajada, se llevó la mano al pecho y comenzó a dar gritos desgarradores que helaban la sangre.

—¡Que lo maten! ¡Que maten a ese bastardo de Aristónico! ¡Que lo destripen y le saquen los ojos!

—Licinia… —trató de pararla Cayo, en vano.

—¡Que lo desmiembren y tenga una muerte terrible!

—Licinia, por favor…

—¡Noooo! —chilló ella de forma mantenida y ronca, cayendo en el llanto más roto, todo antes de colocar sus manos sobre el vientre y levantar después la vista con mirada aterradora—. He roto aguas —dijo.

Cayo miró la túnica larga y empapada de Licinia y pegó otro salto, corriendo a sujetarla, tanto o más asustado que si sufriese una emboscada celtíbera en la lóbrega Numantia.

—¡La partera! ¡Rápido! ¡Llamad a la partera! —urgió a una esclava que pasaba por allí y que salió propulsada en busca de refuerzos.

Varias horas después, sentado en un taburete, sufriendo como en sus propias carnes los gritos de Licinia, escuchó al fin un llanto distinto, uno muy reconocible en el género humano.

—Una muerte, pero una nueva vida —reprodujo con emoción las palabras de su madre al conocer la pérdida de su nieto, justo en el momento en el que la comadrona traía a un bebe sollozante y lo depositaba suavemente a sus pies.

Cayo lo observó sobrepasado. Era una preciosa niña.

—La madre está perfectamente. No ha parado de aullar implorando a los dioses que la dejen vivir para poder escupirle a Aristónico en la cara, pero está bien, ambas vivirán —informó la partera con indiferente naturalidad.

Cayo cogió a la nueva Sempronia en brazos.

—Que le den de comer —dispuso, reconociendo su paternidad.