Un último soplo de dignidad
En el interior de Asia, los días siguientes
La huida era desesperada. Los tracios olían su sangre y la de sus tribunos militares, jóvenes de las mejores familias romanas, y no descansaban ni de día ni de noche.
Cabalgaron por sendas polvorientas e intransitables, por barrancos, ríos y sierras, por llanuras y gargantas, pero el aullido de los tracios nunca desaparecía a su espalda.
Encontraban muertos tirados en los caminos y en los cauces, convertidos estos en ríos de sangre y en depósitos flotantes de entrañas y vísceras, tanto de combatientes romanos como de auxiliares, tanto de lugareños como de pueblos enteros arrasados. El tracio perseguía y perseguía como si no necesitara comer ni dormir. Solo quería cazar, matar, matar de nuevo, desollar y hacer botín.
Y el tracio cazó.
En un cruce de sendas a mitad de camino entre Esmirna y Elea, cabalgando aun a riesgo de reventar los caballos, Craso, protegido en el centro de la partida, no más de cuarenta jinetes, fue capaz de escuchar el característico silbido que antecede a la caída a plomo de flechas y jabalinas, que llegaron de todas partes, por decenas en la emboscada.
Los corceles, muchos de ellos heridos, levantaron sus patas delanteras o se desbocaron con los ojos saliéndoseles de las órbitas. Los hombres comenzaron a caer de las monturas, muchos de ellos atravesados por las saetas y los dardos. Los aullidos y gritos de dolor y desesperación se elevaron al cielo, rodando hombres, cascos, escudos y espadas por el suelo arenoso.
Los tribunos, legados y demás jinetes que no habían muerto, empapados de sudor y sangre, con el polvo anaranjado adherido a sus rostros y corazas, trataron de formar un apresurado círculo defensivo, cada vez más reducido por la persistente caída desde los laterales del camino de más y más dardos.
Craso, milagrosamente, permanecía aún en pie, en la grupa de su caballo, en mitad del infierno. Desde allí, con su corcel agitado y caracoleando, pudo contemplar cómo una jabalina le entraba violentamente por el ojo a un tribuno, explosionándole el cráneo en su salida. Entretanto, otros echaban la rodilla al suelo, ensartados los muslos y brazos por las flechas. Lo más se desplomaban al recibir los impactos directamente en la cara, cayendo aparatosamente de espaldas, en bloque, ya fuese inertes o entre convulsiones.
Y Craso la vio venir, la jabalina, una que se elevó al cielo y descendió cogiendo enorme velocidad, en perfecta e hipnótica parábola, para ir a incrustarse con un gran chasquido en la frente de su caballo. El animal perdió fuerza al instante, desplomándose de lado al tiempo que le atrapaba una pierna bajo su panza.
Allí permaneció Craso hasta que la lluvia de metal cesó. Ya no había gritos, ni de ataque, defensa o lamento. Solo el sonido de la respiración angustiada de los cuatro tribunos militares, entre ellos Postumio, que permanecían con vida en medio de una montonera de caballos y hombres muertos.
Los tracios, hombres barbudos y de largos cabellos con panoplias tan completas como las romanas, se acercaron espada y lanza en mano. Golpearon a los tribunos y los apartaron a un lado. Después se aproximaron a Craso, lo miraron desde arriba, rieron a carcajadas y lo escupieron uno tras otro, no menos de sesenta individuos, hecho lo cual uno de ellos en su ininteligible lengua bárbara debió de ordenar que movieran el pesado cadáver del caballo, porque fue decirlo y entre cuatro hombres lo liberaron y lo pusieron en pie.
Craso, sin casco y con la coraza dorada partida por la mitad, estiró elegantemente el cuello. Había sido un hombre distinguido y altivo toda su vida y así había de comportarse en aquel momento.
El tracio que comandaba aquella pequeña horda se le acercó y comenzó a mirarlo del modo en el que se inspeccionaba a los esclavos en venta junto al templo de Cástor y Pólux. Después le arrancó la cinta púrpura que llevaba atada a la coraza y se giró a sus hombres con ella en alto, eructando una carcajada que fue secundada por su cuadrilla.
Craso miró entonces a los tribunos supervivientes, los cuatro de rodillas y con las manos atadas a la espalda. A continuación, sin que cesaran las irritantes carcajadas tracias, sus ojos descansaron en la montonera de muertos y en los mares de sangre. Avergonzado, bajó la vista y respiró muy despacio, intentando retirarse la losa de humillación. Solo tenía una opción. Solo una. Sujetó con fuerza lo único que tenía entre las manos, el látigo para arrear al caballo, y, simplemente, aguardó.
Cuando el tracio se giró de nuevo hacia él, sin pensárselo dos veces elevó el látigo y lo descargó con tino y fuerza en el ojo derecho del bárbaro, que pegó un sonoro alarido de dolor al tiempo que se echaba la mano a la cara. Entre sus dedos brotó la sangre.
La horda contuvo la respiración, los tribunos elevaron alarmados la mirada y Craso comenzó a gritar:
—¡Mátame, desgraciado, líbrame de esta vergüenza!
El tracio no le entendió ni una palabra, pero, enfurecido y cegado de un ojo, chorreándole la sangre por el rostro, reaccionó con su propio chillido, armó su brazo y le clavó a Craso su espada por los riñones hasta que la empuñadura hizo tope.
Craso cerró los ojos, pero no gritó. Se echó las manos al costado, se dobló sobre sí mismo, se tambaleó y se desplomó como un saco.
No podía respirar.
El dolor era insoportable.
El mundo se desvanecía.
Pero al menos sus tribunos lo miraban con respeto.
Sintiendo una ráfaga de dignidad, llegó un fugaz alivio.
Hasta su mente voló la cara traviesa de su hija Licinia.
Nunca volvería a verla.
Era el fin.
Sintió el último latido. Y su último aliento.
Tras él, todo sus tribunos murieron a golpes.