Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) En los campos de Leucae
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En los campos de Leucae

Una semana después

Craso llegó a los campos de Leucae al atardecer, divisando el campamento enemigo a dos millas del suyo. No envió avanzadillas ni tomó otra precaución que no fuera levantar su propio castro en la cima de un cerro achatado que dominaba el teatro de operaciones.

—Mañana presentaremos combate —anunció esa misma noche a todo su consilium, siempre lleno de inequívoca determinación y rentabilidad.

Al amanecer, no distinguía más allá de los pies del altozano. Él ni nadie, porque una niebla fría y densa cubría la amplia planicie en la que iba a celebrarse la batalla, ocultando también las colinas que la cerraban por la derecha y el río que serpenteaba dos millas a su izquierda.

Aun así, nada le turbaba.

—No nos preocupemos lo más mínimo —dijo—. Solo tenéis que escuchar para saber que la victoria es nuestra —afirmó sin perder un ápice de su fortaleza al tiempo que se llevaba el dedo índice a la oreja. Todos los miembros de su consejo, elevados al igual que él sobre sus caballos junto al borde del cerro, no teniendo frente a sus narices otra cosa que un intimidante muro de niebla, giraron sus cuellos en dirección al enemigo—. ¿Lo escucháis? Es música de los dioses —ironizó Craso.

Y es que, aunque no podría verse ni cómo se acercaba un pelotón de torpes cíclopes a la carrera, sí podía oírse que en la llanura, seguramente a no más de quinientos pasos, el ejército de esclavos y desarrapados rurales de Aristónico, metiendo más ruido que un rebaño de ovejas estúpidas, formaba golpeando en desorden escudos, lanzas, picas y espadas. Además, no eran pocos los gritos que ascendían hasta el montículo romano, muy amortiguados por la espesura de la bruma, pero discordantes y malhumorados en mil lenguas distintas. Allí delante no había otra cosa que desorden y mil naciones enfrentadas.

Craso se giró hacia sus tribunos con gesto altivo, mirando especialmente a Marco Postumio.

—¿Veis qué os decía? Aristónico no tiene un ejército, sino pobres artesanos y campesinos gritones que no son capaces de entenderse entre ellos —se mofó a su manera autosuficiente, siempre acostumbrado a ganar en los negocios, dicho lo cual, sobre la grupa de su magnífico corcel negro, volvió a mirar al frente, a la niebla, pero esta vez muy serio—. Acabemos con esto —dijo—. Adelantad las enseñas y que las sigan las tropas hasta los lugares indicados. Que Roma haga suya esta tierra y toda su riqueza. He dicho —finalizó a lo grande.

Varios jinetes partieron al galope, descendieron la colina y se acercaron hasta los portaestandartes, que aguardaban en la base del cerro. Y estos, después de escuchar las órdenes, en perfecta sincronía, tomaron las enseñas de las unidades y, protegidos por turmas de caballería, las llevaron hacia adelante, siempre ocultos en la niebla.

Sonaron a continuación las tubas de disposición de las tropas, que comenzaron a salir del castro sobre el cerro, en metódico orden y en línea de a seis, en primer lugar lo que habría de ser el centro del frente de batalla, la legión romana, con cuatro mil efectivos, y el ala de aliados itálicos, con otros cuatro mil hombres.

Todos ellos bajaron de la colina en armoniosa marcha, como un solo y disciplinado ente, y fueron desplegándose alrededor de sus propias enseñas, sin estridencias, todo en orden, con los automatismos de la insuperable maquinaria bélica romana, distribuyéndose en las tres impepinables líneas de combate: primero los jóvenes hastati con sus dos pila, el escudo largo, sus cascos con tres penachos rojos o negros de un codo de altura y sus pectorales cuadrados protegiendo el corazón; detrás los principes con parecida panoplia pero con corazas completas o cotas de malla; y, en último lugar, los veteranos triarii, todos ellos con cotas de malla, que echaron tranquilamente una rodilla al suelo e inclinaron sus largas lanzas hacia adelante.

—Perfecto —salivó Craso cuando estuvieron en su sitio. El centro de su línea ya estaba desplegado y en posición.

A continuación, se configuraron los extremos con arreglo a sus matemáticas y viables previsiones. En el lado derecho, emergiendo de su propio castro, se colocaron los auxiliares enviados por el rey Ariarates de Capadocia, a razón de mil quinientos hombres de infantería pesada con los colores y extravagancias propias de los orientales, con sus cascos cónicos, corazas doradas y escudos de todo tipo, ya fuesen de bronce como de cuero pintado con vivas tonalidades.

Inmediatamente después de estos, formó y cerró el flanco derecho la caballería capadocia, mil doscientos jinetes armados con lanza y escudos redondos, ondeando capas igualmente de lo más coloridas, en una amalgama de panoplias griegas y persas.

—Perfecto —siseó Craso con natural y aplastante confianza. Capadocia y sus tropas, tanto de infantería como de caballería, protegerían el flanco derecho de la legión y del ala itálica. Todo estaba perfecto.

En el lado izquierdo, siempre a su satisfacción, se situaron las tropas de Nicomedes de Bitinia y de las ciudades amigas del reino de Pérgamo, en total tres mil infantes acorazados con cascos frigios de bronce, lanza corta y escudo redondeado, del tipo peltasta macedónico.

Terminadas estas operaciones, Craso estiró elegantemente el cuello para comprobar que cuatrocientos jinetes de la caballería romana, cerraban ordenadamente el flanco izquierdo, allí donde el río.

—Perfecto —redobló en su económica satisfacción, contemplando cual Zeus desde el monte Olimpo la perfecta extensión de sus tropas a lo largo de dos millas de frente, catorce mil quinientos hombres en total—. Y ahora, esperemos a que se levante la niebla —dictó, sumido en el desprecio, clavando sus ojos en los espesos jirones blanquecinos como si estos tuvieran vida y debieran obedecerlo.

Fuera así o no, lo cierto es que, al poco, la niebla comenzó a disiparse. Los rayos del sol se fueron colando vertiginosos y luminosos. La llanura cogió temperatura. Fueron abriéndose campos de visión, primero pequeños, luego más grandes. Emergieron paulatinamente los verdes campos de Leucae y, al fondo, por sectores incompletos, poco a poco, la línea enemiga. Craso y sus tribunos aguzaron entonces sus sentidos para descubrir el despliegue de Aristónico. Las nieblas continuaban su ascenso, absorbidas hacia lo alto por alguna extraña fuerza. Más enemigos al frente. Más brillos entre la humedad, hasta que, por fin, toda la formación del ejército del bastardo real quedó a la vista.

Nadie hablo al ver el frente enemigo.

Nadie respiró siquiera.

Craso y los tribunos se quedaron mudos, cerrando y abriendo los ojos una y otra vez para cerciorarse de que su vista no les engañaba.

Fue Postumio el que rompió el silencio.

—No es lo que esperábamos —espetó parco en palabras. No eran necesarias otras distintas.

—Allí no solo hay campesinos —titubeó otro tribuno militar.

—Ni tampoco solo esclavos —gimió un tercero.

—Callad —los interrumpió Craso violentamente, con gesto crecientemente arrugado, hasta que la niebla desapareció por completo, dando paso a las llanuras anatolias y al frente de combate enemigo, una gigantesca extensión de miles de lanzas, cascos, penachos, corazas, cotas de malla y escudos que destelleaban bajo el sol—. Callad —repitió en un nervioso bisbiseo al escuchar los murmullos del consilium—. ¡Callad! —gritó al no cesar los susurros e incluso los relinchos de los caballos. Apretó después los ojos para ver mejor en la lejanía, pero no necesitaba una vista aguileña para advertir que lo que acababa de emerger sobre la planicie no era una cuadrilla de campesinos y esclavos con palos y piedras.

El centro de batalla de Aristónico estaba ocupado por los que a buen seguro eran los colonos macedonios que habitaban las tierras orientales del interior de Pérgamo, todos ellos aliados del bastardo. No eran unos desarrapados agricultores, sino falangitas de la más vigorosa tradición macedonia que portaban sus temibles y largas picas —sarisas las llamaban— de catorce codos.20 No serían menos de cuatro mil.

A la derecha de estos si se los miraba de frente se apelotonaba una turba de infantería pesada de unos siete mil mercenarios tracios con sus corazas, escudo oval blanco y sus reconocibles túnicas negras.

Inmediatamente a la derecha de los tracios pudo apreciar que un enorme contingente de jinetes también tracios que no bajarían de dos mil caracoleaba nervioso y con ganas de llevárselo todo por delante.

Sintiendo que el mundo se le estaba viniendo encima, Craso rotó el cuello hacia la izquierda, siempre desde su punto de vista, escrutando el lado derecho del ejército de Aristónico. Por las armas, codo con codo con los macedonios, formaban unos cuatro mil galogriegos, muy duchos también en la guerra.

Cerraban el flanco derecho copiosos destacamentos de caballería pesada, igualmente galos a sueldo, a la vista de que protegían sus cuerpos con cotas de malla. De dónde habría sacado Aristónico tanto oro para pagar aquel ejército mercenario, o si les había prometido el tesoro de Pérgamo y de las ricas ciudades de la costa, no lo sabía, pero allí estaban, una tropa de macedonios, tracios y galos capaz de arrasar Asia entera.

—¿Y dónde están los malditos esclavos que se dice que Aristónico ha liberado para la guerra? —oyó Craso que regurgitaba con rabiosa impotencia otro de los tribunos.

La respuesta llegó por sí misma, porque sobre las crestas de las colinas de la derecha de la llanura se dejaron ver los esclavos que el bastardo había liberado por intercesión de Blosio de Cumas al albur de las ideas de igualdad y solidaridad de los hombres. Eran, en cualquier caso, simples pordioseros con túnicas rotas, pequeño escudo redondo y jabalinas ligeras, pero, eso sí, rondarían los cinco mil y unos veintidós mil hombres el ejército completo de Aristónico formado por galogriegos, galos, macedonios y, sobre todo, tracios, hombres de la guerra sin cuartel, famosos sanguinarios en el orbe entero por su fiereza en combate, pues, al fin y al cabo, disgregados en multitud de tribus irreconciliables, nacían con una espada atada al cordón umbilical.

Craso, ahora sí, escuchó el verdadero silencio, no el forzado o impuesto, sino el que delata el miedo más atroz.

Una vez más, solo habló Postumio.

—Los capadocios de nuestro flanco derecho no aguantarán la embestida de los tracios. Tal vez el lado izquierdo resista la carga de los galos, pero lo dudo. Nuestro centro puede hacer frente a la falange, pero si los extremos ceden quedarán atrapados en medio. Debemos trasladar parte de nuestra caballería al flanco derecho o preferiblemente retirarnos del campo de batalla. Me temo que no disponemos de tropas suficientes.

Se hizo de nuevo el silencio. Craso, negando imperceptiblemente, acarició el cuello de su caballo. El análisis de su buen Postumio era extremadamente generoso. Sus tropas no tenían en realidad la más mínima oportunidad. El ejército al completo sí la hubiera tenido, pero no aquella amalgama de romanos, capadocios, pergamenos y bitinios.

Volvió a acariciar el cuello del corcel, dándole unos cariñosos golpecitos. Había cometido un error imperdonable. Su plan de negocio era insostenible, simplemente porque no conocía bien el mercado de la guerra. Era un estúpido. Pero ya no había tiempo. Las tubas y cuernos de combate de Aristónico barrían ya las llanuras y la falange avanzaba compacta haciendo descender las picas. Por los flancos las caballerías tracias y galas iniciaban el galope.

La planicie retumbó.

Era un imbécil.

La legión y el ala de socios itálicos se batieron con grandeza en el centro de la batalla, soportando la enorme presión de la falange, pero el flanco derecho, el de los capadocios, se descompuso a las primeras de cambio. Diciéndose que aquello no iba con ellos, se quedaron paralizados y casi todos se desbandaron en cuanto vieron que los tracios, gritando como bestias salvajes, llegaban como un aterrador muro lleno de insultos, salivazos, lanzas y espadas al aire. Todo el flanco derecho romano fue superado y destrozado en unos pocos instantes, quedando en el campo miles de muertos y mutilados.

En el lado izquierdo la caballería romana frenó a la gala solo al comienzo, pero después, muy inferior en número, tuvo que batirse en retirada, cruzando el río para no ser exterminada. Los jinetes galos los siguieron aullando como lobos.

Por su parte, la línea izquierda de infantes bitinios y de Pérgamo, haciéndose eco del pánico que llegaba desde todos los sectores, se hundió por completo nada más recibir la embestida de los galogriegos, algunos de ellos desnudos brincando sobre vivos y muertos.

—Es una carnicería —farfulló Postumio.

Eliminados los capadocios, los bitinios y los pergamenos, el campo quedó libre en ambos flancos para que en la derecha los tracios cargaran contra el ala itálica, cuyo lateral se vio obligado a girar para afrontar aquella horda, mientras que en el lado izquierdo los galogriegos rotaron hacia la legión, bufaron como minotauros, cogieron gran velocidad y la golpearon salvajemente por el costado.

Craso, entretanto, permanecía inmóvil, paradójicamente hipnotizado por la estampida de capadocios, bitinios y pergamenos y por la completa asfixia y destrucción del centro romano e itálico.

Su parálisis llegó a su fin cuando levantó la vista y vio que la caballería tracia se olvidaba del campo de batalla y afrontaba en bloque y al galope el ascenso a la colina en la que se encontraba él mismo con todas sus insignias como maravilloso reclamo a los vencedores.

—Nos vamos de aquí —se limitó a decir, arreando su caballo en dirección al norte, a la ciudad de Pérgamo.

La batalla había durado menos de la mitad de una hora.