Craso y Aristónico
Leucae (reino de Pérgamo), inicios de noviembre
—Te estoy preguntando que por qué me has traído este mástil y no el que te pedí. Y es la tercera vez que lo hago.
El aludido, el ingeniero jefe de los astilleros de la ciudad pergamena de Mylassa,18 comenzó a sudar enormes gotas frías. Hasta el momento lo había hecho con calores, pero el tono airado y duro de todo un cónsul de Roma era motivo más que suficiente para echarse a temblar y salir por piernas, o mejor dicho, a nado, del quinquerreme principal de la flota romana en la costa oriental del Egeo.
—Y va a ser la cuarta —reiteró Craso, estirando rígidamente su cuello y una de sus piernas. Su presencia en el castillo de popa del navío, sentado en su silla curul, con la panoplia completa que brillaba más que el sol en un día de verano, rodeado de cuatro tribunos militares con sus capas y crines al viento, era terriblemente intimidante—. Te pedí el mástil más alto y fuerte de los dos que vi en tu ciudad hace unos meses y me traes el pequeño. No me convencen tus razones. Quería el grande, no el pequeño.
El pergameno tragó saliva antes de hablar.
—Lo he dicho ya, señor —dijo, implorando—. El cónsul quería una viga fuerte con la que hacer un ariete para romper aquellas murallas —explicó al tiempo que señalaba el cercano puerto de la sitiada Leucae,19 ciudad bloqueada por Craso que se empeñaba en permanecer fiel a Aristónico—, y efectivamente pidió la más larga, pero yo consideré…
—¿Tú consideraste?
El pergameno intentó tragar de nuevo, pero con tan poco tino que la saliva se le fue por la tráquea, comenzando a toser aparatosamente como un desvalido angustiado.
—¿Tú consideraste? ¿Y ahora te pones a toser? ¡Por Hércules, traedle un poco de agua antes de que se ahogue! —resopló Craso cada vez más encabritado.
El ingeniero naval de Mylassa logró calmar su acceso como pudo, apenas sin respirar para que el paso del aire no rozara con su irritada garganta. Estaba pasando el peor momento de su vida y todo por haber querido ser diligente y agradar al cónsul. Era obvio que había fracasado.
Continuó donde lo había dejado:
—Conociendo el propósito del cónsul con el mástil… —se le quebró la voz en un nuevo ataque de tos—, me pareció más adecuado el pequeño… —nueva tos nerviosa—, por ser más vigoroso y fácil de transportar desde Mylassa hasta aquí… —renovada tos.
—Calla de una vez, ¡no lo soporto! —ladró Craso.
—Señor…
Craso levantó la mano, autoritario y al borde del colapso. Después encogió las piernas y echó el cuerpo hacia adelante. El de Mylassa, por el contrario, encogió su alma y echó su cuerpo hacia atrás, en perfecta proporción inversa a la del cónsul. Craso era un romano de lo más guapo, culto, distinguido y elocuente, superior en presencia a todos y de estilizado porte, pero tales rasgos unidos a unos ojos que pasaban de la amabilidad a la furia y al desprecio más impaciente resultaban temibles.
—Quería el mástil largo y fuerte —bisbiseó en un susurro.
—Lo siento, yo pensaba…
—¿Yo pensaba? ¿Otra vez con lo mismo?
—Es que…
—Desnudadlo y azotadlo.
—Señor, ¡os lo suplico! ¡Lo hice por el bien de la empresa!
—Desnudadlo y azotadlo, con varas.
—¡Señor!
Craso volvió a levantar la mano, imperial.
—Has dañado mi autoridad —negó inflexible—. Las órdenes están para cumplirse tal cual las dicto y con la debida obediencia, no para llevar a cabo un plan no solicitado. Lleváoslo —decretó al tiempo que dos legionarios que bien podía ser hijos de Hércules levantaban al pobre ingeniero en volandas y lo sacaban de la embarcación mientras no paraba de dar alaridos de súplica—. ¡Oh, que no grite! ¡Daña mi oídos y mi paciencia! ¡Por todos los dioses, cómo voy a vencer a Aristónico si me ignoran hasta los aliados! —se quejó Craso, y se echó la mano a la frente para calmar su impotencia.
Lo cierto es que, además de impotente, comenzaba a estar desquiciado. El tiempo de su consulado se extinguía como el sol del ocaso y todavía no había sido capaz de derrotar a Aristónico, y no porque no lo hubiera intentado, sino porque el bastardo se escondía en las agrestes y montañosas tierras del interior de Pérgamo, donde perseguirlo era un suicidio si se tenían dos dedos de frente, y él, tonto lo que se dice tonto, no lo era ni mucho menos. No se amasaba una fortuna como la suya si no se contaba con algo de sutil inteligencia y zorrería.
—El griego más rico del orbe es Alejandro el Isíaco —se jactaba a menudo en sus opulentos banquetes cuando se excedía con el vino—. ¡Y ese griego de mala muerte solo tiene cinco millones de sestercios! ¡Yo tengo cien!
—Pero no tienes una gran gesta militar —le habían dicho una y otra vez los más allegados y únicos que podían despacharse de este modo tan sincero sin ser inmediatamente devorados.
Compréndase de esta forma que estaba loco de ganas por hacer callar muchas bocas. Y entiéndase también su desesperación porque los siete meses que llevaba en Asia los había empleado únicamente en sofocar las rebeliones de algún pueblucho de la costa y ganarse la amistad de las aristocracias de más peso en el reino, tales como las de Pérgamo y Esmirna, procurando en todo caso que el tesoro del rey no cayera en manos que no fuesen las suyas, acciones todas ellas muy loables pero lejanas de su verdadero objetivo: regresar a Roma con Aristónico cargado de cadenas para exhibirlo en su triunfo y ser un feliz noble que enseñoreaba en su atrio los más preciosos despojos de los vencidos, desde cascos y espadas a corazas de bronce y escudos.
Masajeándose las sienes para aliviar el terrible dolor de cabeza que el ingeniero naval de Mylassa le había provocado por tanta diligencia, no advirtió que un pequeño bote se acercaba al quinquerreme. Poco después subía a la embarcación Marco Postumio, su tribuno militar más curtido y veterano, que a sus treinta años ya había servido en once campañas militares.
—Cónsul, traigo noticias importantes —dijo nada más cuadrarse.
—Cuáles —exhaló Craso sin dejar de amasar su frente.
—Aristónico ha levantado un campamento en las llanuras de las afueras de Leucae. Por los movimientos de tropas y la dimensión del castro, ha venido con todo su ejército y ofrece combate —informó Postumio, más estirado que el vigoroso mástil de Mylassa.
Craso, sintiendo que su corazón cogía ritmo vertiginosamente, levantó muy despacio la mirada.
—¿Su ejército? ¿En las llanuras? —preguntó, como temiendo que todo fuese una equivocación de un rastreador corto de vista.
—Al menos diez mil hombres y varios destacamentos de caballería —confirmó Postumio.
Craso fijó la vista en un punto concreto y colocó su lengua en la comisura derecha del labio con notorio gesto ansioso. Nadie sabía por qué adoptaba aquella expresión, pero él sí. Como buen contable y propietario de inmensas compañías de comercio, estaba haciendo números en su cabeza; sumas y restas; ingresos y gastos; calculando balances y cuentas, y todos ellos resultaban favorables.
Contabilizó entonces el botín y el rédito inversor de una batalla inmediata y triunfal. El lucro era evidente. La fama y los talentos de plata llovían en su mente y frente a sus ojos. La inversión superaba todos los riegos y contingencias.
No había nada más que hablar. Iba a ser aún más rico y, para colmo de bienes, un recordado imperator.
Salió despedido de su silla curul y se puso a dar órdenes a diestro y siniestro.
—¡Levantad el sitio de Leucae! ¡Llamad a las tropas auxiliares de los reyes aliados! ¡Disponedlo todo para la batalla! ¡Lo quiero todo ya!
—Señor… —balbució Postumio.
Craso lo fulminó al instante. Su tribuno era un hombre al que escuchaba y respetaba. De hecho, al que más por su experiencia, pero aquella frase en suspenso solo anticipaba alguna traba, y no quería oír ni una sola respecto a su plan de ganancias.
—Qué quieres —espetó con gesto de «No me vengas con monsergas», aunque sin ningún éxito. Postumio era sincero en exceso.
—Solo contamos en Leucae con una legión y con un ala de aliados itálicos, y además incompletas en sus efectivos. El resto del ejército consular y los auxiliares númidas y cretenses operan ahora mismo en la costa central y septentrional del reino. Sería prudente concentrar todas las tropas antes de adentrarnos en el interior y enfrentarnos a Aristónico —advirtió, muy cabal.
Craso negó de lado a lado. En una inversión siempre se arriesgaba, ahí radicaba el éxito, en el riesgo que tanto les excitaba.
Además, no tenía tiempo.
—Tonterías, no es necesario reunir al ejército al completo para derrotar a un ejército de campesinos y esclavos —zanjó resolutivo, como lo hacían los grandes y opulentos armadores, contratistas y hombres del gran comercio, yéndose a apoyar sobre la barandilla del quinquerreme para abrir las aletas de su patricia nariz como los ollares del caballo que aplasta victorioso al enemigo. No había vencido a Emiliano en la asamblea del pueblo para ser vencido a su vez por un bastardo miserable con ínfulas de realeza.