Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Roma, poco después
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Roma, poco después

Emiliano, en su regreso a su domus, no paró de pensar en Bruto.

El inflexible Décimo Junio Bruto no era un cualquiera, sino miembro de una de las ramas plebeyas de la gens Junia, precisamente de las más antiguas y aristocráticas de Roma, vinculadas al famoso Bruto que había participado activamente en la abolición de la monarquía hacía ya cuatrocientos años. Por ello, ostentar el cognomen Bruto era un símbolo del orden republicano.

—Algo a tener muy cuenta —les dijo Emiliano a Fabio, a Lelio y al aprendiz Opimio cuando pasaban junto al pórtico de Metelo.

Además, Bruto, a quien el Senado acababa de autorizar que añadiera a sus tria nomina el calificativo Galaico, no solo estaba versado en el gusto griego, como demostraba con su templo, sino que también era muy hábil en lo militar, destreza poco corriente en Roma a la vista de los Pompeyo o Mancino, entre otros formidables ineptos para la milicia. Bruto, por ello, era alguien admirado y querido por el pueblo.

—Algo a tener muy cuenta —reflexionó reiterativo Emiliano en el momento que entraban a Roma por la puerta Carmentalis.

Por si lo anterior fuera poco, Bruto, hombre de pelo castaño frondoso, cuerpo bien delineado, anchas espaldas, ojos marrones de mirada enérgica y un tanto tosco en su hablar al estilo Metelo, reunía una última pero gran virtud, a saber, detestaba a los tribunos de la plebe populistas y tocatestículos. Bruto era un tradicionalista convencido y un fiel defensor del mos maiorum y de la autoridad del Senado.

—Algo a tener muy cuenta —repitió Emiliano al entrar en el barrio de los etruscos.

De hecho, elegido cónsul siete años atrás junto con Nasica, a Bruto le había faltado tiempo para alinearse con su agrio colega consular y cargar como un elefante contra el entonces tribuno de la plebe Cayo Curiacio, ese patán, decía, dispuesto a entregar al populacho trigo gratis —¡qué idiotez!— o a exigir la vieja prebenda que tenían los tribunos para eximir a diez ciudadanos del servicio en el ejército, ¡otra idiotez!

—Antes mis huesos darán con la cárcel —había tronado entonces con exhibición de su pecho palomo, oponiéndose con tal cabezonería que, en efecto, sus huesos habían terminado en las viejas Lautumiae tras ordenar Curiacio la detención de los dos cónsules.

Aun así, como en Roma todo o casi todo acababa por desatascarse al igual que lo hacían las letrinas, cónsules y tribunos habían dicho finalmente aquello de pelillos a la mar, olvidando el conflicto al tiempo que Bruto se dirigía a su provincia, Hispania Ulterior, donde los despojos de las tropas del fallecido Viriato seguían haciendo de las suyas.

Una vez allí, poco le había costado acabar con esos pequeños reductos de saqueadores, nada de lo cual le había satisfecho, cogiendo el gusto de perseguir sin descanso a los lusitanos aun cuando tuviera que ir a por ellos hasta al fin del mundo.

Y a fe que se lo había tomado muy en serio, cruzando primero con sus legiones el Betis, después el Anas —fortificando como centro de operaciones la ciudad de Olissipo—, más tarde el Durius y, finalmente, siempre pegado a la costa, ya en pleno territorio galaico, el temido río Lete,16 que los romanos asociaban con el río mitológico que borraba la memoria de los que lo cruzaban.

En aquel lugar de leyenda, sus fieros legionarios se habían detenido como niñitos asustados llenos de tontas supersticiones, temiendo olvidarlo todo si cruzaban el torrente, situación más que propicia para que emergiera el verdadero Bruto, el tipo decidido e intenso, vadeando el río en primer lugar —al tiempo que resoplaba como un toro y con un estandarte en la mano— para, ya en la otra orilla, darse la vuelta y gritar con ácida ironía:

—¡Eh, tú, Cayo Furio! ¡Sí, te hablo a ti, el de la cabeza gorda! ¿Crees que he olvidado tu nombre? ¡Cruza el río ahora mismo! ¡Y tú, Tito Elio! ¡Borra esa cara de pasmo y mueve tus piernecitas peludas y esmirriadas! ¡Ah, Marco Ebucio, centurión cuya nariz es tan prominente que su punta ya ha cruzado el Lete! ¿Vienes de una vez o vamos a tener que esperar a que se te caigan los pelos de tu escroto arrugado? ¿Es ya prueba suficiente de que no he perdido la memoria?

Entre risas y no pocos miedos, sus legionarios habían metido un pie en las aguas, y luego el otro, hasta vadear el río y comprobar con alivio que seguían recordándolo todo, en un pasaje que era ya tan famoso que incluso los niños jugaban en Roma a cruzar el Tíber para, en la otra margen, girarse con presuntuosa teatralidad y cara de valientes y loar los nombres de sus amigos con un estandarte de juguete elevado al cielo.

Después de aquello y llegar hasta el río Minius17 en una sucesión de victorias, Bruto había emprendido el regreso a Roma para celebrar un magnífico triunfo en el que sus legionarios no habían dejado de cantar la tonadilla «Bruto cruzó un río y desde entonces las sanguijuelas pueblan su orificio».

Bruto era, en definitiva, una perla, muy suya, pero una perla.

—Lo quiero en mi círculo —les dijo Emiliano a Fabio, a Lelio y su perrillo de presa Opimio justo en el momento en el que a la altura del vicus Tuscus se cruzaban con una pequeña tropa de togados con cara de malas pulgas que parecían dirigirse hacia el foro—. ¿Quiénes son esos? —preguntó con curiosidad.

—El que abría el grupo era Sexto Pacuvio —contestó Lelio—. Luchó con nosotros en Cartago y en Numantia.

—Son latinos, de Fregelas —añadió Fabio.

Solo faltaba que hablase Opimio, y lo hizo.

—Están empezando a dar muchos problemas por los repartos de tierras públicas. He oído que Pacuvio mantuvo hace poco una fuerte discusión con Cayo Graco en la basílica Emilia. Se consumen en la indignación por el trato de la comisión de triunviros agrarios —apuntilló con aquel permanente tonillo suyo de arrogancia y desprecio.

Emiliano, detenido en mitad de la calle, los siguió con la mirada hasta que desaparecieron al girar la esquina de la basílica Sempronia. Después clavó sus ojillos en sus acompañantes.

—Quiero a Bruto con nosotros —insistió, aún más decidido que antes, emprendiendo su paso de disciplinado e incansable legionario.