Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Epitafios
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Epitafios

Roma, mediados de octubre

Emiliano, recompuesto del discursito de Metelo sobre la procreación, no quería perderse por nada del mundo la inauguración del nuevo templo de Marte que Décimo Junio Bruto acababa de construir junto al circo Flaminio, un magnífico edificio erigido en cumplimiento de los votos que el propio Bruto había jurado antes de su campaña en Hispania Ulterior.

Bien temprano y acompañado siempre de su séquito de amigos y clientes, descendió el Palatino por la cuesta de la Victoria, cruzó el ajetreado vicus Tuscus, atravesó el barrio del Velabro y abandonó Roma por la puerta Carmentalis.

Con su típico paso de legionario, uno que intimidaba tanto que los ciudadanos no se atrevían a acercársele, dejó atrás sucesivamente los templos extramuros de Bellona, Apolo y Juno Regina. Después superó el pórtico de Octavio y, girando a la derecha, se topó al fin con el majestuoso nuevo templo de Bruto.

El gentío reunido era inmenso, porque grande era la expectación cuando se consagraba un nuevo santuario a los dioses. No solo había música, flores y guirnaldas por todas partes, sino que acudía el Senado al completo y todos los colegios religiosos mayores, ya fuesen los pontífices como los augures, entre estos últimos el propio Emiliano, vestido en esta ocasión con la extravagante toga trábea, blanca en su totalidad pero adornada con bandas horizontales de púrpura y azafrán.

La simple aparición de estos colores provocó que el gentío se partiera en dos y lo dejaran pasar hasta que pudo colocarse en su sitio ceremonial, muy cerca de las enormes puertas del templo, a los pies de la pequeña escalinata que precedía al zócalo sobre el que se apoyaban las gigantescas columnas que circundaban el edificio.

—Mis templos de Juno Regina y de Júpiter Stator son más impresionantes, ¿no te lo parece? —le preguntó con toda naturalidad y con bastantes ganas de tocar las narices el augur que, con toda premeditación y mala idea, fue a colocarse a su lado, el mismísimo e incansable Metelo Macedónico.

Emiliano, al que ya nada podía sorprenderle de Metelo, arqueó las cejas y negó de cabo a rabo.

—¡Por nada del mundo, Metelo! —exclamó teatral—. Siendo tus templos y este del maestro Hermodoro de Salamina, en este caso se ha superado. Creo que este templo es muy superior a tus obras —replicó con igual malicia, provocando que Metelo, que tenía humor y encajaba los golpes con caballerosidad, dejara escapar un pequeño ronroneo de oso.

La ceremonia de consagración se realizó según los ritos de los libros pontificales y augurales.

Bruto, que era un hombre fornido donde los hubiera —hacía honor a su cognomen—, pero que también era augur y se sabía las plegarias de arriba abajo, dio un paso al frente, elevó las manos con etérea autoridad y gritó sin titubeos:

—¡A ti te invoco, gran Júpiter, dios de los auspicios, y te pido que nos indiques si esta dedicación es de tu agrado! ¡Para ello atenderé al graznido del cuervo! ¡Ruego que te manifiestes de este modo!

Después, todo por este mismo orden, exigió el mayor silencio; esperó al canto de un cuervo; uno negro, brillante y enorme que merodeaba por las cercanías tuvo a bien graznar con enorme descaro; y Bruto, cómo no, lo interpretó como le convenía, esto es, manifestando que Júpiter daba saltos de alegría.

Vista la conformidad divina, acompañado solemnemente por los pontífices bajo las letanías de un coro y un conjunto de flautistas, Bruto se adelantó hasta las puertas, abiertas estas de par en par.

—¡Marte, acepta este templo y los despojos de mis campañas en Hispania Ulterior! —prorrumpió en estado de trance—. ¡Desde este momento este lugar queda consagrado a tu culto y nada más! ¡Esta será tu casa y cualquier cosa que se diga o se haga en ella la conocerán los dioses y Marte el primero!

Se hizo el silencio y a continuación el mayor de los griteríos. El dios Marte estaba contento, el pueblo también y Bruto aún más.

—Ya tienes tu templo —le dijo Emiliano con una sonrisa cuando se le acercó a felicitarle. Bruto le sacaba una cabeza.

—Ya tengo mi gloria imperecedera —matizó Bruto sin inmutarse, de modo matemático y cuadrado, porque no había cosa que acometiera que no lo hiciera de este modo, cual ingeniero sujeto a su lógica.

Emiliano asintió divertido. Aunque ambos habían tenido sus más y sus menos en tiempos pasados a raíz de la guerra numantina, lo cierto era que se apreciaban. Es más, se respetaban, lo que era mucho decir.

—¿Me enseñas el interior? Según me han dicho, has adornado el pronaos con versos de Accio que cantan la fama de tu familia y ahora la tuya en tu lucha contra los lusitanos y los galaicos.

Bruto, lejos de sentirse honrado, puso cara de sabio impertinente, algo que no le costaba en absoluto.

—¿Es lo único que te interesa? —protestó abiertamente con el rictus torcido—. ¿Acaso no valoras que el templo está construido con mármol del monte Pentélico o que he mandado colocar una colosal estatua de Marte y otra de Venus? Ha costado todo una fortuna en la que el botín de mi campaña hispana no ha bastado. He tenido que poner miles de sestercios de mi patrimonio —expuso con numérica precisión.

Emiliano, sin embargo, adoptó un gesto pícaro.

—Caminante, haz saber a los lacedemonios que aquí yacemos, obedientes a sus leyes —se despachó con brillante recitado.

—¿Cómo? —reaccionó un perplejo Bruto.

Emiliano no había terminado.

—Desde que murió Plauto, la comedia está de luto; la escena desierta; la Risa, la Diversión y el Regocijo y toda la variedad de ritmos prorrumpieron juntos en llantos —declamó con semblante divertido.

Bruto lo comprendió al fin, estirando los músculos de la cara. La primera frase recitada por Emiliano era la leyenda escrita por Simónides de Ceos que los caminantes podían leer en el paso de las Termópilas como recuerdo de Leónidas y sus espartanos. La segunda, el epitafio de la tumba del famoso escritor romano Plauto.

Bruto sonrió con cara impertinente. Él no se iba a quedar atrás en conocimiento cultural.

—Ya que el gran Escipión Emiliano saca a relucir a los trágicos, comediantes y poetas, yo tengo otra genialidad del fallecido Nevio —dijo, entrando al trapo y declamando todo digno—: Si fuese lícito que los inmortales llorasen a los mortales, la divinas Camenas llorarían al poeta Nevio. Pues desde que él fue entregado al reino de las sombras se olvidaron en Roma de hablar la lengua latina —cantó sublime.

Emiliano se ajustó tranquilamente la toga trábea y sonrió.

—Bien, Bruto, ahora que has comprendido que los templos serán consumidos por el tiempo, pero que las palabras de los hombres perduran y huyen del olvido y de la muerte eterna, ¿podemos entrar ya y leer esos versos de Accio de los que tanto se habla? Aunque sé que me critica en la obra trágica que ha escrito en tu honor, debo reconocer que tiene ingenio.

—Eres un helenista sin remedio —se estiró Bruto.

—Soy mucho más que eso. ¿Entramos?

—Entremos.