Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Una vida y una muerte
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Una vida y una muerte

Praeneste y Miseno, los días siguientes

Cayo recogió a Licinia y partieron de inmediato a Praeneste, que distaba apenas treinta millas de Roma.

Llegaron al anochecer, irrumpiendo con lágrimas en el atrio de la villa rústica que la familia Graco tenía a las afueras de la ciudad.

Su cuñada Claudilla se les echó encima en cuanto los vio aparecer, llorando desgarradamente.

—¡Cayo, no puedo más! ¡Hice todo lo que pude! —aulló con un chillido que rompía el alma—. ¡Ofrendé sacrificios en el altar de la diosa Fiebre en la vía Salaria! ¡Hice lo mismo en el Palatino! ¡Traje los remedios del templo! ¡Pero no ha servido de nada! ¡De nada! ¡Mi pequeño está muerto! ¡La fiebre se lo ha llevado! ¡Está muerto! ¡Acababa de cumplir tres años! —gritó al tiempo que se agarraba a Cayo, que la abrazó con fuerza y acarició sus cabellos rubios mientras se mordía él mismo los labios para no romper en el llanto.

—Yo me ocupo de ella —oyó que le decía Antistia, surgida de ninguna parte, fantasmagórica y fría como el hielo, seguramente con el ánimo de mantener la augusta gravedad de toda matrona ante la adversidad, o al menos eso quiso creer Cayo.

Una vez que Antistia tuvo bien sujeta a Claudilla, se acercó hasta donde descansaba a modo de velatorio el cadáver del pequeño. Tomó su mano helada y agarrotada y la apretó como última despedida. De los tres hijos de Tiberio, solo sobrevivía el mayor, llamado también Tiberio.

Soltó la mano del niño y levantó la vista.

Y lo vio, a Apio Claudio, sentado en un banco corrido adosado a la pared, sin poder evitar el estremecimiento ante aquella visión.

Porque el gran Claudio ya no era tal.

Su cabeza lucía grandes calvas, los ojos se hundían en las cuencas y él todo entero estaba consumido, mostrando unas manos huesudas cruzadas sobre el vientre. No tenía delante a un hombre de cincuenta y cinco años, sino a un anciano que caminaba hacia la muerte.

Cayo se sentó a su lado.

—Sé lo que piensas, joven Graco —le dijo Claudio en un susurro—. Plutón me está llamando a su reino —añadió sin girarse, con la vista fija en el suelo, envuelto en una tristeza insondable.

—Tal vez no sea así —contestó un Cayo que verdaderamente no sabía qué decir. Era evidente que Claudio moriría en poco tiempo.

—No me compadezcas, no lo necesito —murmuró Claudio antes de levantar la mirada, clavársela con sus centelleantes ojos azul glaciar alpino y gritar—: ¡Pero que Plutón no llame a mis nietos! ¡Por todos los dioses, que ese malnacido no se lleve a mis nietos!

—Apio, compórtate y no ofendas a los dioses —llegó la voz adusta de Antistia desde una de las esquinas de un atrio en penumbra, apenas iluminado por unas pocas lámparas de aceite.

Se hizo un denso silencio, solo interrumpido por los débiles sollozos de Claudilla, atendida por Antistia y por Licinia.

Cayo aprovechó el momento para ir a sentarse a otro de los bancos dispuestos contra la pared.

—Tú y yo somos ahora los Graco —le dijo al niño con el que compartía ahora el asiento, el mayor de los hijos de su hermano.

El joven Tiberio, sobrepasado y asustado, miró a su tío.

—Yo ya tengo casi seis años —barbotó, como queriendo decir que ya no podría llevárselo la enfermedad.

—Yo con tu edad no era ni la mitad de alto y fuerte —sonrió Cayo con enorme cariño, nada de lo cual consoló al pequeño.

—¿Con quién jugaré ahora? —preguntó.

A Cayo el mundo se le vino encima.

—Conmigo, Tiberio, jugarás conmigo. Lo juro —masculló, y las piernas del joven Tiberio Sempronio Graco, que no le llegaban al suelo, bailaron contentas de atrás adelante.

Al día siguiente Cayo y Licinia dejaron la villa de Praeneste y se dirigieron al sur, tomando poco después la vía Latina.

En seis jornadas alcanzaron su destino, yendo directamente a la villa marítima de su madre Cornelia, junto a las playas de Miseno.

Atravesaron las arboledas y jardines, recorrieron la avenida de setos flanqueada por estatuas de ninfas y musas y la encontraron donde siempre, en el banco de piedra de siempre y leyendo como siempre, en esta ocasión una copia de Bruto, escrita por el poeta trágico que estaba de moda en aquel momento, Lucio Accio.

—Trata de la expulsión del rey Tarquinio el Soberbio —dijo Cornelia sin retirar la mirada de la lectura, colocada sobre el banco como si ella misma fuera una escultura más de aquella preciosa villa.

—Se dice que Accio critica en ella subliminalmente a Emiliano —dijo Cayo, tomando asiento en el banco de enfrente.

Su madre sonrió, arrugándosele las comisuras de los labios y los bordes de los ojos. Lucía unos elegantísimos cincuenta y ocho años.

—Tal vez por eso me esté gustando tanto —rio con picardía—. Y bien, ¿a qué debo esta agradable visita que no esperaba?

Cayo fue al grano. Con su madre no podía ser de otra forma.

—Tu nieto Cayo murió hace dos días.

Cornelia se quedó quieta unos pocos instantes, con la mirada fija en su hijo. Después, poco a poco, sus manos, que seguían sujetando el rollo de papiro, descendieron hasta reposar en sus muslos. Lo mismo hizo con su mirada, fijándola en el suelo.

Hecho esto, cerró los ojos.

Así permaneció un tiempo indefinido, uno en el que todo quedó detenido, como sucedía cada vez que entornaba los ojos. Nadie sabía qué podía suceder al abrirlos, pero lo que sí fue evidente es que esta vez tardó mucho en hacerlo. Diez hijos muertos y ahora dos nietos. ¿Por qué habría de tener prisa en desplegar los párpados y cegarse con tanta crueldad? No tenía prisa en absoluto.

—Pero tenemos otra noticia que darte —oyó que le decía Cayo.

Aquel tono era distinto. Ya no había muerte en aquellas palabras.

Cornelia abrió los ojos.

—Estoy embarazada —anunció Licinia con luz en el rostro, echándose la mano al vientre, donde asomaba una pequeña barriguita.

—Licinia ha tenido ya tres faltas. Y está convencida de que será una niña, una Sempronia —añadió Cayo con el rostro iluminado.

Cornelia se puso en pie, le dio un beso a su hijo en la mejilla y a continuación otro a Licinia, hecho lo cual activó sus piernas y caminó de vuelta a la villa al tiempo que recitaba:

—Una muerte, pero una nueva vida. El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande es desdichado, aunque sea dueño del mundo.

Licinia rotó su cuello cual centella y miró a Cayo, sorprendida.

—Eso último lo dijo Epicuro —acertó.

—Esta es mi madre —contestó Cayo con orgullo—. Vamos tras ella. Tenemos que decírselo también a mi hermana Sempronia. Desde que Metelo cargó contra Emiliano como un toro enfurecido en la apertura del lustro, está muy contenta. Esta noticia le va a hacer aún más feliz. —Y se puso en pie, siguiendo la estela inconfundible de Cornelia Africana.