Los latinos, los peores
Roma, en la actualidad. Inicios de julio de 131 a. C.
—¡Por todos los dioses! ¡Juro que esas tierras han pertenecido a mi familia desde hace generaciones!
—No hay ni un solo documento que lo acredite —insistió pacientemente Cayo, sentado detrás de una enorme mesa de roble atestada de mapas de catastro, inscripciones de titularidades dominicales y decenas de reclamaciones judiciales.
—¡Las parcelas las cultivaron mis bisabuelos con sus propias manos! ¡Fueron ellos los que abrieron los pozos y construyeron las acequias! ¡Son nuestras! —pasó al grito el reclamante, un adinerado terrateniente de la colonia latina de Fregelas.15
—No hay nada que pueda hacerse —reiteró Cayo.
—¡Allí están las tumbas de mis antepasados! ¡Ellos construyeron un altar a la diosa Tellus que hemos honrado durante décadas! —clamó el fregelano al borde del colapso.
—Esas tierras son propiedad de Roma, son ager publicus, y como tales están incluidas en el plan de asignaciones de la ley agraria —dijo Cayo con claros signos de perder él mismo el control.
—¡No, no y no! —bramó el de Fregelas, desquiciado, golpeando la mesa con los puños—. ¡Fregelas permaneció fiel en la guerra de Aníbal! ¿Y así nos lo premia ahora Roma? ¿Quitándonos nuestros campos? ¡Somos latinos! ¡Son mis tierras! —gritó en un descomunal alarido que rebotó violentamente contra las paredes de la basílica Emilia, sede de los triunviros agrarios.
Cayo respiró paciencia y apretó el cálamo con el que anotaba los datos catastrales de los lotes de reparto.
Estaba hastiado de los latinos.
Después de más de dos años de asignaciones agrarias dirigidas por él mismo, por Claudio y por Craso, las cosas marchaban bien. Con un Emiliano zarandeado de lado a lado, el Senado seguía sin oponerse y habían sido recuperadas miles de yugadas de tierras pertenecientes al ager publicus que ahora, divididas y repartidas, disfrutaban como dignos campesinos millares de ciudadanos romanos. De hecho, el aumento de ciudadanos con su nuevo patrimonio pronto se reflejaría en el censo que estaban confeccionando Metelo y Pompeyo, porque no eran menos de setenta y cinco mil los beneficiados por la ley agraria.
Cayo, por ello, nadaba en la satisfacción.
Sin embargo, al mismo tiempo, se sucedían desquiciantemente los conflictos. ¿Y quiénes eran los responsables? Pues los poseedores de las tierras, los cuales, con tal de retrasar su devolución, no solo se inventaban todo tipo de triquiñuelas como falsificar documentos de propiedad, sino que habían cogido la afición de presentar cientos de apelaciones de reivindicación dominical ante la comisión agraria —que reunía los poderes judiciales—, generándose un embrollo en el que muchas veces era imposible dilucidar la verdadera titularidad de los campos. Al fin y al cabo, después de generaciones, los signos de propiedad pública habían desaparecido, bien porque las parcelas habían sido absorbidas, bien porque habían sido vendidas o dadas en herencia.
En este estado de cosas, resultaba que los más peleones en las disputas judiciales no eran sorprendentemente los senadores y demás caballeros romanos terratenientes, sino los latinos y los aliados itálicos, empeñados en provocar un colapso de litigios bajo los que vivía enterrado el propio Cayo y la legión de funcionarios a su cargo, capaces de ir de aquí para allá como hormigas afanosas ignorando los gritos de los latinos mientras hacían su trabajo en la basílica Emilia.
Aquella mañana, sin embargo, era imposible abstraerse de las protestas. El fregelano, realmente pelma, no cesaba en sus diatribas.
—No puedo hacer nada —repitió Cayo, reiteración que enervó de modo definitivo al latino.
—¡Nadie me arrebatará mis tierras! ¿Me has oído, muchachito? ¡Nadie! —Y soltó una carcajada. Solo entonces Cayo dejó de respirar paciencia. Dejó el cálamo muy despacio en la mesa y se puso peligrosamente en pie. Ahora bien, ni por esas el fregelano calló su boca—. ¡Nos quitáis las tierras, pero nosotros los latinos no podemos beneficiarnos de la ley de tu hermano! ¡No podemos adquirir parcelas nuevas porque no somos ciudadanos romanos! ¡Solo nos las quitáis! ¡Qué tipo de injusticia es esta! —insistió al dejar de carcajearse, alzando su robusto corpachón de campesino muy enriquecido.
Cayo lo contempló, mortecino y letal, pero manteniendo la compostura. Había decidido que no merecía la pena perderla.
—Es la ley —repuso, arrastrando las palabras.
—Es vuestra ley —replicó el fregelano sin dar su brazo a torcer.
—Es la ley, y fue aprobada para su cumplimiento.
—Es una ley injusta.
—El pueblo de Roma no promulga leyes injustas. Vete o pediré a los magistrados que te expulsen de la ciudad. Es mi última advertencia.
El de Fregelas contrajo el rostro en un rictus de desesperación.
—Habéis olvidado que no somos vuestros esclavos —farfulló, y añadió sin pelos en la lengua—: Esta es la nueva soberbia romana, pero quédate con este nombre, muchacho, soy Sexto Pacuvio. Volverás a oír hablar de mí. De mí y de Italia entera —porfió y giró en redondo, marchándose a grandes pasos y empujando a un pobre servidor cargado de documentos que salieron volando.
Cayo habría saltado por encima de la mesa para agarrar del pescuezo al tal Sexto Pacuvio, pero se contuvo una vez más al tiempo que seguía la estela del fregelano que, justo al abandonar la basílica, se cruzó con su amigo Flaco, que entraba.
—Los peores son los latinos, Marco, ¡los peores! —exclamó Cayo como desahogo en cuanto lo tuvo delante.
Flaco, sin embargo, hizo un gesto raro que no le pasó desapercibido a Cayo. Es más, Flaco traía en realidad una cara pálida.
—¿Qué ocurre? —le preguntó con preocupación.
Flaco apretó lo labios.
—Es tu sobrino…
—¿Qué sobrino? ¿Qué ha pasado? —pasó Cayo directamente a la alarma, poniéndose súbitamente en pie.
—El segundo de los hijos de tu hermano Tiberio…
—¡Dime qué pasa!
Flaco inhaló todo el aire de la basílica antes de contestar.
—Ha muerto, Cayo, en vuestra villa de Praeneste…
Flaco no pudo continuar. Una fugaz sombra cruzó a su lado, atravesó la basílica y desapareció en el foro.