Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Gritad
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Gritad

El ejército estaba ya formado cuando el sol emergió por el este. No todos los infantes y jinetes estaban presentes, pues eran muchos los que se encontraban apostados en los cercanos pasos de montaña, en Heraclea o junto al río Elpeo, pero habría allí, en el enorme foro castrense que se abría frente al pretorio, la tienda del cónsul, no menos de quince mil hombres, todos ellos perfectamente cuadrados, con las plumas negras y escarlatas de sus cascos ondeando en el éter; aferrando escudo y pilum; ordenados por manípulos de hastati, príncipes y triarios, precedidos por centuriones y portaestandartes; insignias y cabezas al cielo; caballería a los lados, itálicos incluidos. Y todo ello armonizado por un silencio absoluto, uno que atronaba, tanto que pudieron escucharse los decididos pasos de Paulo ascendiendo la tribuna desde la que iba a hablarles o tal vez abroncarlos.

Por su gesto, sin duda lo segundo.

—¡Bochorno! —se arrancó Paulo sin preámbulos, recorriendo con sus vivos ojos el mar de pila, cascos, brillos anaranjados por el sol naciente y estandartes que poblaban su vista hasta donde podía alcanzar—. ¡Bochorno, sí, bochorno! —continuó—. ¿Sentís vosotros lo mismo? Porque si no es así, si no hay vergüenza en vuestros pechos, que los dioses me envíen ya ahora mismo a Roma, y que sea otro y no yo quien tenga la desgracia de dirigiros en la guerra. ¡Porque allí, soldados, allí mismo —bramó sin asomo alguno de su natural serenidad—, tras aquellas colinas, os espera la falange que venció a los persas en batallas cuyos nombres retumban en nuestros oídos! ¡Gránico, Issos, Gaugamela! ¿Sois conscientes de lo que acabo de recordar? ¿Lo sois? ¿Creéis que con vuestra indolencia, con vuestra inactividad y con vuestro desinterés en todo y en las órdenes venceremos? ¿Qué beneficio, botín u orgullo pretendéis traeros de Macedonia? Pues yo os lo diré, ¡ninguno!

La voz de Paulo no era tímbricamente poderosa, pero su técnica retórica era suficiente para barrer cada alma de aquel campamento que permanecía en una sordina imposible.

—¿Queréis realmente ganar esta guerra? ¿Lo queréis? —continuó en un súbito ataque—. ¡Pues yo os proporcionaré la oportunidad de hacerlo! ¡Yo os diré cómo aplastar la falange! ¡Yo os haré invencibles cuando son ellos los que creen serlo! ¡Pero necesito centinelas despiertos! ¡Hombres que cumplan celosamente sus deberes como soldados! ¡Que velen por mantener sus cuerpos con la mayor fortaleza y agilidad! ¡Que tengan las armas a punto! ¡Y que estén preparados y atentos al enemigo y a una orden repentina! ¿Tanto os pido? ¿Seréis capaces de dármelo, a mí, a Lucio Emilio Paulo, hijo del héroe que murió en Cannae defendiendo a Roma y a legionarios como vosotros? ¡Por todos los dioses, si estáis dispuestos a dármelo, gritad ahora mismo y que vuestras roncas voces estremezcan a Perseo! ¡Que oiga que se enfrenta a romanos! ¡Gritad, gritad, gritad!

El rugido coral que sobrevino fue oído, efectivamente, cinco millas al norte, en el campamento macedonio, creando una explosiva onda que agitó insignias, estandartes y telas y cubiertas de las tiendas de campaña. El propio monarca, que en ese instante tomaba un lujoso baño acompañado de veinte jóvenes doncellas tan desnudas como él mismo, llegó a creer que los dioses inmortales descendían iracundos del Olimpo.

Paulo, entretanto, descendió de la tribuna y pasó junto a Nasica y Metelo, deteniéndose. Nada podía olvidarse ni dejarse al azar.

—Dad orden para que los centinelas no vayan a la guardia con escudo para que no se apoyen y se queden dormidos. No van a combatir ni necesitan sus armas. Solo deben vigilar —expuso concisamente.

—Sea —contestaron Nasica y Metelo.

Paulo no había terminado.

—Disponed también que a partir de ahora las órdenes las darán los tribunos militares, y estos a los centuriones primipilos, y estos a su vez a los siguientes centuriones en la formación, y así todos entenderán qué ha de hacerse, sin que nadie haga más de lo debido, menos de lo requerido o ninguna de ambas cosas.

—Sea —dijeron nuevamente Nasica y Metelo.

Pero Paulo tampoco había finalizado.

—Cuidad que las avanzadas se releven al mediodía y por la tarde. Con este calor se agotan, pasan sed y son presa fácil para cualquier enemigo fresco que los sorprenda.

—De inmediato. ¿Algo más? —preguntó Nasica.

Paulo puso cara pensativa.

—Sí, una cosa más. Los ríos de la zona van casi secos y tenemos problemas de agua. Sin embargo, las faldas del Olimpo están pobladas de un generoso bosque. El agua tiene que discurrir por fuerza por cavidades interiores. Cavad pozos en la playa y aflorarán vetas. Sin agua nos vencerá un ejército de ciegos y cojos.

—Ahora mismo —dijo Nasica.

—No espero otra cosa. Vamos a trasladar el campamento hasta la orilla del Elpeo. Que esté todo dispuesto mañana —decretó Paulo por último, reiniciando su marcha hacia el adyacente pretorio hasta que la presencia de sus hijos hizo que se detuviera nuevamente. Ambos lo miraban como si tuvieran delante al mismísimo Júpiter.

—Padre, no he visto algo así en mi vida —balbució Emiliano.

—Ni yo tampoco, pese a ser mayor —bromeó Fabio a su fiel estilo, pero con cara de enorme admiración.

Paulo sonrió. Sus hijos jamás olvidarían aquello, y si tenían la capacidad y coraje que se esperaba de ellos, algún día lo imitarían.

—Ahora ya estamos en disposición de ingeniar cómo superar el bloqueo del río Elpeo. —Y entró en la tienda para entrevistarse con dos mercaderes de la región que podían darle la clave oportuna.

Emiliano lo siguió con la mirada sin perder su cara de adolescente impresionado. Después, se giró hacia su hermano.

—Ha llegado el momento —barbotó excitado.

—Ha llegado el momento —confirmó Fabio con renovada sonrisa, advirtiendo que los ojos de su hermano brillaban voraces, como los de un joven y hambriento halcón, muy consciente de que los seguiría viendo así durante el resto de su vida, le sonriese o no el destino, con la convicción de que su hermano sería inasequible al desaliento.