Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Al día siguiente. Lecciones de vida
27%

Al día siguiente. Lecciones de vida

Aunque Marcio ni casi nadie lo supiera, Paulo sí tenía muy claro qué debía hacer antes de intentar forzar el río Elpeo.

—Seguidme —ordenó con la sencillez de siempre una vez que sus hijos y sus tribunos militares, a los que había convocado poco después del mediodía, se reunieron frente al cuartel general.

Salieron de la ciudad a caballo y trotaron hasta alcanzar al rato un pequeño cerro de poca altura en cuya base aguardaban en perfecta formación cinco manípulos de los hastati de la cuarta legión, cada uno con sus dos portaestandartes y sus dos centuriones al frente, todos ellos con las barbillas levantadísimas al cielo de lo orgullosos que estaban por haber sido elegidos para realizar aquella maniobra de la que en verdad no tenían la más remota idea. Solo se les había informado de que el mismísimo cónsul iba a dirigir y presenciar aquello que se les ordenase.

Paulo saludó cariñosamente a los centuriones por su nombre —lo que provocó que sus pechos se inflasen como palomos acechando a la paloma— y ascendió el cerro en cuya cima se habían clavado dos altos mástiles en los que ondeaban sendas banderas rojas.

Ya en lo alto, Paulo descabalgó pausadamente y se situó junto a los mástiles. Desde aquel punto podía divisar perfectamente, a apenas cien pasos a los pies de la colina, los cinco manípulos.

—Todos junto a mí —requirió, y cuando estuvo rodeado de sus hijos y de sus veinticuatro tribunos, entre ellos, inmediatamente a su izquierda, Nasica y Metelo, hizo una seña para que se le acercara un jinete que aguardaba sujetando las riendas de su caballo.

—Cabalga hasta los manípulos —le dijo— y pasa delante de ellos a todo galope. Grítales que cuando vean caer la primera bandera, que marchen hacia su izquierda, y que cuando vean arriar la segunda, que levanten los escudos y lancen el pilum. ¿Está claro?

—¡Sí, cónsul!

—Adelante entonces, galopa como el viento, que la victoria depende de ti —le exhortó Paulo con una sonrisa.

El jinete, envalentonado, corrió hasta al caballo, subió a su grupa con un ágil brinco y arreó con furia su precioso corcel. Descendió la colina a la velocidad de Pegaso y, ya en el llano, bajo la atenta mirada de todos, pasó levantando polvo por delante de los manípulos sin dejar de vocear la susodicha orden.

Fue entonces cuando Paulo les murmuró a sus hijos:

—No quiero ni una risa porque no tiene nada de gracioso.

Emiliano y Fabio, cohibidos y expectantes, asintieron repetidas veces al tiempo que su padre ordenaba arriar la primera bandera.

Cincuenta y cuatro pares de ojos, los de Paulo, sus hijos y los tribunos militares, miraron entonces qué ocurría en la llanura, sucediéndose, sencillamente, el más absoluto caos. No hubo manípulo que iniciara la marcha en bloque hacia su izquierda, que era lo ordenado. Unos legionarios fueron a la derecha, otros hacia adelante y algunos a la izquierda, chocando aparatosamente unos con los otros en medio de un fenomenal barullo aderezado por los gritos de centuriones y hombres, tan potentes que volaban sin dificultad hasta la cima del cerro.

—¡Qué desastre! ¡Y eso que son hastati! —bramó Metelo.

—Bajad la segunda bandera —exigió un impasible Paulo.

Desde lo alto de la colina pudo apreciarse la cara de pánico de los seiscientos hombres de los manípulos al ver el lento descenso de la banderola, porque, en verdad, en el agobio de sentir que estaban haciendo el mayor ridículo, ya no sabían qué tenían que hacer exactamente. Solo unos pocos elevaron el escudo e intentaron lanzar el pilum, lo que era imposible porque se les cruzaban compañeros por delante. Otros arrojaban al suelo los pila y desenvainaban las espadas. Los menos no hacían ni una cosa ni la otra más allá de seguir chocando entre ellos mientras los centuriones amenazaban con matarlos a todos. Y comoquiera que algunos vieron que un grupo echaba la rodilla al suelo y se protegía como si les fuera a caer una lluvia de dardos, hicieron lo propio de forma aparatosa. En suma, el acabose.

—Seguidme —se limitó a ordenar de nuevo Paulo, abriéndose paso hasta su caballo por en medio de su estupefacto consejo mayor.

Paulo trotó hacia el norte, muy cerca del Elpeo, donde se dispersaban por aquí y por allí las pequeñas avanzadas de caballería que vigilaban de cerca los movimientos macedonios y avisaban antes que nadie de cualquier peligro.

Bajo un sol de justicia, Paulo se detuvo cuando, a lo lejos, detectó uno de los destacamentos en el fondo de una pequeña hondonada. No eran más de diez hombres, todos ellos sentados o tumbados con desgana, diseminados junto a sus caballos, en un suelo que abrasaba por el calor.

Retrocediendo para no ser localizado, Paulo se llevó el dedo índice a los labios, pidió después mucho silencio, que todos bajaran de sus monturas y que las ataran a unos árboles cercanos. Llamó entonces a diez tribunos, entre ellos nuevamente Nasica y Metelo.

—Avanzad con sigilo, que nos os vean, y cuando estéis cerca, atacadlos.

—¿Debemos matarlos? —preguntó Metelo, blandiendo ya su espada con su pinta de bruto.

—Solo sorprenderles —aclaró Paulo en un paciente suspiro.

Metelo asintió de inmediato, dobló su espinazo y sus rodillas y comenzó a andar como un león en estado depredador que ha visto a su presa, zigzagueando lentamente de arbusto en arbusto.

—¡Vamos, a qué esperáis, con él! —exhortó Paulo al resto, que se habían quedado hipnotizados por el letal avance de Metelo.

El grupo de tribunos, espada en mano, avanzó sin ser visto, recorrió los ochenta pasos que los separaban sin que llegara a sus oídos ninguna señal de alarma y, simplemente, en cuanto tuvieron a tiro a la avanzada, se pusieron en pie, aullaron enloquecidos y cargaron contra unos desdichados y sedientos hombres que para cuando levantaron las cabezas ya tenían el filo de las espadas en sus gargantas.

Antes de que la sangre llegara al río, no fuese a ser que los atacados no se percataran de que eran importunados por los tribunos de sus propias legiones, Paulo y los demás llegaron al galope.

—Es suficiente. Seguidme —decretó nuevamente Paulo en cuanto la polvareda de la carrera se posó en el seco suelo de Macedonia.

Todos trotaron de vuelta a Heraclea, sobreviniendo la noche después de descansar un par de horas para cenar y beber agua y algo de vino a la sombra de un bosquecillo.

Con todo, nada de lo que hiciera Paulo era casual, y si se les hizo de noche fue porque, lisa y llanamente, así lo había querido. Aún faltaba la última de las lecciones que estaba impartiendo aquel día gracias a toda una vida de experiencia y éxito al mando de las legiones.

—A nuestras empalizadas, a pie —requirió al rato bajo la tenue luz de la luna llena, suficiente para guiarse a través de los campos.

El lugar en el que habían descansado se hallaba en realidad muy cerca del inmenso campamento que alojaba al ejército entero una vez completadas y reforzadas las legiones con las tropas traídas de Italia. Y a esas horas, como esperaba Paulo, no tenía que imperar otra cosa que el silencio y la tranquilidad, porque en silencio y en la tranquilidad duerme la tropa dentro de un castro protegido incansablemente por los centinelas durante las guardias nocturnas.

Una vez más, Paulo pidió un mutismo absoluto y que todos avanzaran hacia las empalizadas como si fuesen el enemigo que pretende asaltar el campamento por sorpresa.

—Nos van a descubrir los guardias y se va a armar la de Zama —farfulló Metelo por lo bajo, sin tenerlas todas consigo.

—Hazle caso a mi padre. Si ha dicho que lo hagamos, lo hacemos —repuso Emiliano, que caminaba, o casi se arrastraba, junto a Metelo.

—No quiero que un pilum de los nuestros termine ensartado en mi culo —bufó aun así Metelo.

—Calla de una vez —intervino esta vez Fabio.

Metelo emitió un gruñido —no convenía enfadarse con los cachorros de Paulo— y siguió avanzando entre las sombras. Todos lo hacían, en abanico, los tribunos y el propio Paulo.

Cuando por fin estuvieron ya en la misma empalizada y sin ser advertidos, Paulo los reunió de nuevo, todos en cuclillas, ocultos por unos hierbajos altos, dirigiéndose esta vez a su hijo Emiliano.

—¿Ves a ese guardia? —le preguntó por lo bajo.

Emiliano aguzó los ojos. En la noche pudo ver a apenas veinte pasos una figura y unos brillos metálicos. Estimuló aún más la vista hasta que, ahora sí, distinguió a un guardia con el casco puesto que apoyaba la cabeza en el escudo en vertical clavado en tierra. Parecía imposible que no hubiera escuchado o visto cómo se acercaban tantos hombres.

—Lo veo.

—Bien, hijo, quiero que te acerques muy despacio y que le des una patada al escudo.

—¿Una patada?

—Hazme caso. Hazlo.

Emiliano, que salvo al mar no le temía a nada, activó sus flexionadas piernas y avanzó en cuclillas con el sigilo de un zorro. El guardia no se movía. Se aproximó aún más. El centinela, a poco menos de diez pasos, seguía sin mover un músculo. Emiliano progresó tres zancadas más. El legionario lanzó algo parecido a un quejido. Emiliano paró en seco y esperó unos instantes. Seguía sin ser visto. Era el momento. O ahora o nunca. Se puso en pie de un brinco y corrió hasta el centinela, propinándole una soberbia patada al escudo, que salió despedido al tiempo que todo caía al suelo, ya fuese el escudo mismo, el pilum, el casco y el guardia, desplomado como un saco, rodando como un monigote hasta que, de pronto, en estado de pánico, abrió los ojos y recuperó la verticalidad, blandiendo los puños. Una manaza enorme lo agarró por el cuello y lo levantó del suelo.

—¡Este hijo de la gran puta de la Subura estaba dormido! —rugió Metelo, zarandeando sin compasión al pobre centinela.

El escándalo alertó a los guardias cercanos, elevándose al cielo estrellado gritos de alarma por todas partes.

—¡Nos atacan! ¡Nos atacan! —aulló muerto de miedo el más próximo, y ya sonaban las tubas de combate y los hombres salían despedidos de las tiendas cuando el propio Paulo gritó:

—¡Perseo es una niña!

Era la contraseña de aquella noche, y fue oírla junto con el encendido de unas antorchas por parte de los lictores del cónsul para que las aguas volvieran a su cauce.

—¡Lo siento! ¡Por todos los dioses que lo siento! —gimió el guardián dormilón cuando advirtió que tenía delante al mismísimo Emilio Paulo y a todos los tribunos militares—. Solo ha sido un momento, ¡lo juro! —aulló, lanzándose a los pies del cónsul.

Paulo cerró los ojos e inspiró profundamente, sintiendo él mismo el dolor que iba a infligir. Los abrió y miró al desdichado sin ocultar su pena. No podía tomar otra decisión, no en estado de guerra.

—Apaleadlo mañana, hasta la muerte —sentenció susurrante e inflexible, adentrándose acto seguido en el campamento, con rostro sombrío, precedido por sus lictores y por en medio de cientos de legionarios, algunos fuera de sus tiendas, otros asomando las cabezas por las lonas, pero todos ellos haciendo lo mismo a su paso, desviar la mirada, porque no había hombre que no conociera ya el esperpento de los manípulos maniobrando desordenadamente o la avanzadilla sorprendida como niños de teta. Uno de los suyos dormido en la guardia nocturna era la apoteosis de la humillación colectiva.

—Convocad mañana la asamblea de soldados —exigió Paulo en último término antes de desaparecer en la penumbra del pretorio, en el centro del campamento, donde pasaría la noche.