Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Un monarca miserable
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Un monarca miserable

—Ese hijo de perra con diadema y manto real ni me ofreció la posibilidad de combatir ni yo he tenido fuerza para hacerlo. Por no tener, mis legionarios no han tenido ni túnicas para abrigarse en el invierno ni trigo que llevarse a la boca, y mucho menos caballos para los puestos de avanzada o para intentar que Perseo sorbiera sus regios mocos. Te lo dejo todo a ti, amigo mío. Tú verás cómo sacas de su madriguera a ese afeminado que glosa con su voz de pito los tiempos de Filipo y Alejandro. ¡Qué ser más traidorzuelo y nauseabundo, por todos los dioses!

Paulo miró con afecto al autor de aquellas palabras de desahogo, el sexagenario cónsul saliente Quinto Marcio Filipo, con el que acababa de reunirse en su despacho del cuartel general en Heraclea, un hermoso edificio de varias plantas confiscado a un rico naviero. Paulo y Marcio degustaban un buen vino, sentados ambos en lujosas cátedras.

A ojos de Paulo, el cónsul Marcio era un hombre muy rudo de lenguaje franco y con demasiado peso encima —robustez, se defendía—, de cabellos menguantes y cara cuadrada, de los que se tiraban al monte con una temeridad que persistía en más temeridad, sobre todo a la vista del despojo de tropas con las que había dispuesto.

Aquello, no obstante, le daba más valor a sus acciones, porque, pese a algunos reveses menores, era quien mejores resultados había obtenido en tres años de guerra, y era de justicia admitirlo.

—No te fustigues tanto, Marcio. Con el paso de Tempe ocupado por guarniciones macedonias, fuiste capaz de sortearlo al cruzar los desfiladeros del norte por el camino del lago Ascurio y tomar Heraclea. Tu audacia liberó las gargantas del río Peneo. Sin ti no estaríamos ahora en la antesala de Macedonia —reconoció Paulo con generosidad.

Marcio Filipo negó categóricamente, pero sin poder ocultar un destello de vanidad. Que Paulo le dijera aquello era mucho decir. Pero como era por naturaleza protestón, mudó en un instante su semblante al inconformismo. Con su amigo Paulo podía ser sincero.

—Me jugué el tipo en aquellos malditos riscos que, para colmo, atravesé con los estúpidos elefantes que habrás visto en los establos. No sirven para nada. No querían ir ni hacia adelante ni hacia atrás y tuvimos que construir pasarelas de madera para que bajaran por las laderas. Les habría cortado las trompas. No paraban de barritar y de irritarme en aquellas alturas en las que se nos despeñaron decenas de mulas y algún que otro legionario desesperadamente torpe. ¡Los hay que no son capaces de coordinar sus pasos! —refunfuñó asqueado.

—Yo que tú estaría orgulloso —insistió Paulo con una media sonrisa—. Al fin y al cabo, Perseo, al verse sorprendido, abandonó apresuradamente sus posiciones.

—No solo eso —saltó Marcio con repentina cara aviesa, echando el cuerpo hacia adelante—. Me he enterado de muy buena fuente que ordenó tirar al mar el tesoro de su campamento por si caía en mis manos y que abandonó la cercana Díon, el centro religioso más importante de su asqueroso reino, ¡llevándose a cuestas todas las estatuas de oro!

—Un ser en efecto muy detestable.

—¡El que más!

—Y yo aún me he enterado de más cosas —desveló Paulo con gesto pícaro. Se divertía con Marcio.

—¡No me hagas esperar! —requirió este, abriendo mucho los ojos.

—Perseo ha tenido la oportunidad de engrosar su ejército con los ilirios del rey Gencio y con los galos bastarnos, una fuerza de más de veinte mil hombres y jinetes, pero los ha rechazado porque no quería desprenderse de su oro. Eran demasiado caros —dijo Paulo.

—¡Por todos los dioses! ¡Nos habría fulminado con toda esa turba maloliente! ¡Guarda mejor su oro que su reino!

—Tal vez no guarde su reino tan mal viendo el paso del Elpeo.

Marcio chasqueó la lengua e hizo un desaire con la mano.

—Un miserable.

—El que más —bromeó Paulo, comenzando de nuevo el juego.

—Es imposible imaginar alguien que le supere en miseria.

—Imposible —afirmó categórico Paulo, pero tan teatral que Marcio dejó escapar una risita. Él también se entretenía con Paulo, lo que no fue óbice para que su rostro tornase de pronto del placer al odio.

—Desalójalo, Paulo, acaba con él —bisbiseó—. Provoca que saque su maldita falange al campo de batalla, derrótalo y tráelo a Roma con cadenas en su cuello y en sus tobillos de bailarina. Ese traidor pervertido lucirá bien en tu triunfo.

Paulo palmeó sus muslos y se puso en pie.

—Antes debo ocuparme de otros quehaceres. Gracias, amigo. —Y le ofreció abiertamente la mano.

Marcio se la apretó con fuerza.

—No tengo ni idea de qué vas a hacer, pero yo confío en ti y en tu capacidad de poner orden en esta mierda de tierra y de guerra. Ya lo hiciste en Hispania y con los ligures. Estos macedonios no les llegan ni a los huevos. De hecho, no creo que Perseo tenga un solo pelo en su escroto contraído —desdeñó, pero solo antes de poner cara pensativa y decir—: Me han dicho que estuviste en Delfos.

—Así es.

Marcio lo miró muy serio.

—¿Y viste la columna ceremonial que se está haciendo construir Perseo junto al templo de Apolo? Ese desgraciado va diciendo por ahí que cuando nos derrote colocará en lo alto una gran estatua suya.

Paulo puso cara de sorpresa.

—¿Una columna de Perseo? Pues no, los sacerdotes del culto no nos enseñaron nada parecido. El que nos enseñó todo no paraba de hablar, pero de eso no dijo ni esta boca es mía.

—¡Ruines griegos! —protestó Marcio con rabia—. ¡Solo quieren nuestros denarios para engordar como cerdos!

Paulo sonrió.

—Marcio, esa pilastra nunca verá una escultura de Perseo, sino la mía. Ya verás.

—¡Por Marte Vengador, las legiones de Macedonia quedan en las mejores manos! —celebró Marcio antes de despedirse de su amigo Paulo y abandonar Heraclea rumbo a Roma.