Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) El paso del río Elpeo
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El paso del río Elpeo

Los rostros del estado mayor recuperaron la seriedad cuando al día siguiente, finalizado el gigantesco desembarco, el ejército se puso en movimiento. Había que vencer a Perseo, pero el rey no estaba en Grecia, sino atrincherado en la puerta de entrada a su reino, junto a las faldas orientales del monte Olimpo, a más de ciento cincuenta millas hacia el norte.13 Ello implicaba recorrer toda Grecia continental de punta a punta hasta alcanzar y atravesar el temible desfiladero del valle de Tempe, en cuya salida se encontraba el campamento donde habían pasado el invierno las legiones, ya a tiro de piedra de Macedonia.

—Lo haremos en cinco jornadas —ordenó Paulo, ritmo este exigente donde los hubiera, pero que tenía un sentido en su sistemática mente—. Servirá para endurecer la moral y la preparación física y mental de la tropa —expuso, conciso, en una reunión de su consejo militar.

Paulo podía ser afable en su vida privada, pero exigente hasta la extenuación cuando de la milicia se trataba. Por ello, no solo no permitió en las jornadas sucesivas que el inmenso convoy se retrasara ni un solo día, sino que castigó severamente a aquellos que se paraban a descansar a destiempo, que se separaban de la columna o que se montaban en las acémilas. Eso sí, el joven Emiliano, la ilusión viviente, no perdía detalle de cada decisión de su padre, diciéndose que él mismo las pondría en práctica cuando, en el futuro, recibiera el honor de dirigir las legiones.

Paulo, no obstante, resopló como un toro cuando, muy cerca ya de su destino, tuvo que atravesar el angosto y famoso paso de Tempe, una sucesión de gargantas encajonadas entre el Olimpo y el monte Osa en las que el sendero apenas era suficiente para un mulo cargado, con rocas a ambos lados cortadas a pico con tal altura que era imposible no mirar abajo sin sentir un vértigo que se acrecentaba con la negrura y profundidad del río Peneo, que discurría por el centro del desfiladero intimidante y silencioso.

Allí el ejército se estiró en fila de a uno a lo largo de veinticinco interminables millas. Y allí Paulo aprendió una doble lección. La primera, que lo único que se había hecho bien durante los tres años de guerra anteriores era tomar el control de aquella garganta endemoniada de acceso a Macedonia que en tiempos había visto pasar al mismísimo Jerjes en su intento de conquistar Grecia. La segunda, que su ejército era tan ruidoso y desorganizado como un rebaño de ovejas sin cerebro que no paraban de balar y de avisar por dónde habrían de avanzar. En aquel paso todo eran gritos, juramentos y órdenes discrepantes. Si quería derrotar a Perseo, debía disciplinar previamente a todo el ejército.

Superado por fin el paso de Tempe, las tropas se reagruparon y entraron en las verdosas llanuras aluviales atrapadas entre el mar Egeo y el abrupto macizo del monte Olimpo.

Poco más adelante alcanzaron la ciudad costera de Heraclea, erigida sobre un saliente rocoso, donde le aguardaba el cónsul saliente Quinto Marcio Filipo para entregarle el mando de las operaciones.

—Decidle al cónsul que me disculpe, que no lo veré hasta la noche —les dijo, sin embargo, a los mensajeros que salieron a recibirlo poco antes de llegar a la ciudad, dicho lo cual, sobre la grupa de su caballo, se giró a sus hijos—. Necesito verlo. Acompañadme.

Emiliano y Fabio lo comprendieron de inmediato. Después de asumir que iba a jugarse su prestigio siendo ya sexagenario y de preparar la campaña hasta el agotamiento, su padre necesitaba sentirlo cerca, olerlo, ver de qué era capaz. Y así como el púgil escruta el peso y altura de su rival antes de empezar a darse puñetazos, Paulo tenía que colocarse a un palmo de Perseo y mirarle cara a cara.

Escoltado por sus inseparables hijos, sus tribunos y dos turmas de caballería, Paulo cabalgó cinco millas hacia el norte, siempre en la estrecha llanura asfixiada entre el mar a la derecha y las montañas que se precipitaban desde la izquierda, en ocasiones no más de mil pasos. Lo hizo hasta alcanzar el río Elpeo,14 que irrumpía desde los macizos y desembocaba allí mismo.

—Subamos esa colina —ordenó.

Ya en lo alto, Paulo escudriñó el entorno como solo él sabía hacerlo, con ojos aguileños, en silencio, calibrando todo cuanto abarcaba su campo de visión, ya fuese el inmenso Olimpo con su cumbre nevada, las llanuras fluviales, las playas y el ancho lecho del Elpeo, que discurría con poca agua pero con escorrentías y remolinos, a modo de los cursos de alta montaña, que arrastran tierra y barro en abundancia, creando pozos y orillas muy secas y escarpadas.

—Allí, padre —oyó que le decía al poco su hijo Emiliano, señalándole un punto pasado el río.

Paulo levantó la vista, y lo vio, el gigantesco campamento de Perseo, miles de tiendas con sus fuegos y columnas de humo que albergaban a buen seguro más de cuarenta mil infantes y jinetes.

—Mira las orillas —oyó que le decía de nuevo Emiliano, que atesoraba su misma capacidad de observación escrupulosa y metódica.

Paulo escrutó donde le demandaba su hijo, recorriendo toda la margen contraria del Elpeo.

Emiliano habló de nuevo.

—Hay colocadas máquinas de artillería cada pocos pasos para el lanzamiento de venablos. Y destacamentos de honderos y arqueros, protegidos todos por fosos, estacadas y empalizadas.

—Si pretendemos pasar por ahí, va a ser una masacre —opinó con tono preocupado Nasica.

—El mismísimo Neptuno parece haber clavado un gigantesco tridente antes de arrastrarlo para levantar violentamente el continente y arrancar con ello rocas, tierra y árboles —barbotó Paulo.

—Estos mierdas de macedonios no aguantarán un ataque por el centro. El río no tiene profundidad —bufó Metelo.

Paulo miró a ambos hombres. Nasica se mantenía erguido y distinguido, enseñoreando su nariz afilada y los cabellos que parecían hilos de oro rojizo. Metelo, sin embargo, se asemejaba a un oso al que le habían colocado un casco, una coraza y un faldellín. Era obvio que el primero se manejaría en la vida con prudencia. El segundo con zarpazos.

—A Heraclea. Marcio Filipo me espera —ordenó en cualquier caso, sin añadir nada más. Ya había visto con sus propios ojos todo cuanto quería. El paso de las Termópilas era una vía del triunfo con pétalos de rosa en comparación con el paso del río Elpeo. Ni los gigantes en estampida pasarían por allí.