Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Delfos
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Delfos

Paulo había decretado que las nuevas levas se concentraran en el puerto de Brundisium9 después de las ferias latinas, concretamente dos días antes de los idus de aprilis.10

Y no faltó nadie.

El reino de Macedonia era famoso por su riqueza, y como había sucedido con las anteriores guerras sirias o macedónicas, la victoria podía llenar las bolsas legionarias con un generoso botín.

En definitiva, el deseo de oro alimentaba la sed de alistamientos y vocaciones en la milicia ciudadana como no se había visto en décadas.

Con arreglo a las disposiciones del Senado, de todas partes de Italia llegaron siete mil infantes y doscientos jinetes romanos, otros siete mil infantes y cuatrocientos jinetes proporcionados por los latinos y los aliados itálicos y otros seiscientos jinetes reclutados en la Galia Cisalpina. Eran estas las tropas de refresco que iban a servir para reforzar y completar las bajas de las legiones segunda y cuarta y las dos alas itálicas que ya operaban en Macedonia. Con estos nuevos contingentes, cada legión y cada ala de los aliados itálicos alcanzarían la excepcional cifra de seis mil infantes y trescientos jinetes, en total la nada despreciable cantidad de veintiséis mil hombres, y todo ello sin contar con los auxiliares que habían prometido los aliados griegos y otras ciudades y reinos como Pérgamo y Numidia para totalizar treinta y siete mil combatientes.

También habían llegado a tiempo las ricas sociedades navieras contratadas por el Senado para transportar las fuerzas terrestres por el mar Jonio, más de ciento cincuenta naves panzudas de gran tonelaje ancladas en el puerto o diseminadas en mar abierto a la espera de ser llamadas para embarcar hombres, caballos, acémilas, armamento, tiendas de campaña, carros, bagajes y provisiones.

No faltaban tampoco algunos trirremes y quinquerremes de la marina a cargo del pretor Gneo Octavio, encargados de escoltar la flota pese a que el dominio del mar era indiscutiblemente romano.

El espectáculo del puerto de Brundisium era sublime y de gigantescas dimensiones, con miles de hombres y marineros subiendo a las naves en medio de un griterío y de una actividad frenética.

Emiliano, sin embargo, estaba inquieto. Era la primera vez que emprendía una ruta por alta mar y no eran pocos los naufragios en aquellas tempranas fechas de primavera.

Fabio, al verlo agitado y con mirada perdida en el navío que iba a llevarlos, no perdió ocasión para pasar un buen rato. Era lo propio de los hermanos mayores, hacer rabiar a los pequeños.

—¿Eres capaz de agarrar a un jabalí por los colmillos en nuestras partidas de caza y te da miedo navegar? —le chinchó, partido de risa.

—No es lo mismo —refunfuñó Emiliano, poco dado a las bromas.

—Pues tenemos una solución —añadió Fabio con guasa antes de girar su cuello y lanzar un voceo hacia la taberna más próxima del puerto—. ¡Traed todo el vinagre que tengáis! ¡Todo! —les gritó a los dueños, que dejaron sus tareas y levantaron confundidos la cabeza.

—No me hace gracia —bufó Emiliano con el rostro contraído antes de añadir—: Con un poco de vinagre será suficiente.

Fabio abrió los ojos como platos y lanzó una carcajada.

—¡Pero si no eres supersticioso! ¡Eso es cosa de pescadores miedosos! —se mofó en cuanto pudo parar de reír.

Emiliano gruñó de un modo que a Fabio le hizo reír aún más.

—Se hará —bufó Emiliano, cada vez más tenso—. ¡Rociad la embarcación de vinagre! ¡Protege de las tormentas! —les ordenó a unos marineros. Su valor no admitía discusión, y así lo demostraba en los ejercicios y combates del Campo de Marte, en los que le importaba un bledo que le partieran la crisma con tal de salir victorioso, pero, eso sí, con los pies en la tierra. Ni era Mercurio ni un hipocampo.

Apestando el buque a vinagre de forma tan escandalosa que ni el viento racheado de alta mar pudo despejarlo, zarparon a la puesta del sol junto con el resto de la enorme flota. Cruzaron mansamente el mar Jonio y tocaron tierra nuevamente a la hora novena en la isla de Corcira.11

Allí, aprovechando vientos favorables, la armada tomó rumbo sur con la costa griega siempre a la izquierda, alcanzado en dos jornadas de navegación la isla de Cefalonia, lugar en el que la flota giró a babor y se adentró en el tranquilo golfo de Corinto. Dos días después, el ejército desembarcaba ordenada y felizmente en el puerto de Anticyra,12 una de las ciudades de la Fócida que ya en otras ocasiones había servido de refugio a la flota romana.

Emiliano fue de los primeros en saltar a tierra. El suelo, no obstante, parecía moverse bajo sus pies en una extraña sensación que no comprendía, pero que superó rápidamente, más si cabe cuando abrió las aletas de la nariz y respiró con la pasión de la juventud la atmósfera helénica. Porque sin haber estado nunca allí, ya amaba el mundo griego y cada una de sus montañas, ríos, bosques y templos, vibrando al pensar que pisaba el suelo de Pericles, Pitágoras, Sócrates o Aristóteles.

Su padre, por suerte, les había regalado una educación basada en los pilares de las virtudes romanas, por supuesto, pero también en el conocimiento, la cultura y la sabiduría griega, un obsequio verdaderamente incalculable y muy aristocrático.

—Estamos en tierra de héroes, porque nuestra religión no conoce de héroes, pero sí la griega —le dijo a su padre lleno de emoción.

Paulo lo contempló risueño, contento por ver disfrutar a su ojito derecho. Además, su hijo tenía razón. Los dioses patrios eran cosa seria y muy estatal, pues de ello dependía la pax deorum. Pero en héroes, pendencias sexuales, amoríos y épica, los griegos eran insuperables.

La agitación de Emiliano se desbordó cuando ese mismo día su padre le anunció que iban a visitar el cercano, famosísimo y sagrado oráculo de Apolo en Delfos.

—¡El santuario por antonomasia! ¡El centro del mundo! ¡El lugar en el que se encontraron las dos águilas soltadas por Zeus! ¡La sede de los Juegos Píticos! ¡El escenario de la muerte de la serpiente Pitón a manos de Apolo y donde la Pitia habla en nombre del dios! —exhaló Emiliano sin resuello, dando botes de alegría.

No fue Emiliano el único que no pudo dormir esa noche, en vilo por la ilusión, ya que se unió con entusiasmo a la excitante excursión todo el consejo militar al completo, ya fuesen los legados, los tribunos militares, los prefectos de las alas itálicas y los centuriones de mayor graduación, entre ellos también su hermano Fabio, Metelo y Nasica. Felices como niños con un juguete nuevo, nadie quería perdérselo por nada del mundo, unos ochenta hombres en total.

Al amanecer del día siguiente cabalgaron llenos de felicidad y expectación por una senda polvorienta, aplastados por un calor que estimulaba especialmente a las moscas, en aquella región enormes, peludas, verdosas y pelmas hasta decir basta.

En el trayecto fueron superando grupos enteros de peregrinos que iban y venían al tiempo que estiraban sus cuellos con el vivo deseo de que tras cada recoveco del camino irrumpiera el complejo. Porque todos ansiaban ver con sus propios ojos el gran toro en bronce de Corcira, las diez estatuas de los reyes de Argos, el carro de oro ofrecido por Rodas o la enorme estatua broncínea del caballo de Troya dado por los argivos, porque en Delfos todo era riqueza y exhibición de una historia de leyenda, de guerras de Esparta contra Atenas, de esta contra Esparta, de los griegos contra los persas o de Creso, rey de Lidia, contra aquellos.

Pasado el mediodía, sus corazones se desbocaron al dejar atrás una curva cerrada. Tiraron del bocado de las monturas y allí, en silencio, sin hablarse los unos a los otros, con el permanente canto de las chicharras, simplemente disfrutaron de la majestuosa visión del abigarrado conjunto de templos que constituían el santuario de Atenea Pronaia, la «Atenea frente al templo», donde todo estaba levantado en mármol, incluidas las veinte columnas dóricas del conocido tholos, el templo circular.

Descabalgaron extasiados. Recorrieron todos los recovecos. Entraron en los templos, pero la excitación no había hecho más que comenzar, puesto que no se encontraban todavía en el oráculo, sino en el atrio de la casa sagrada, lo primero que veían los viajeros en su búsqueda de las respuestas divinas que estremecían a propios y extraños. Era detrás de aquel complejo inicial, a poco más de una milla, en las abruptas y secas faldas meridionales del monte Parnaso, donde se alzaba el complejo délfico, en cuya cima se erigía el templo de Apolo.

—En este lugar puede palparse la presencia de los dioses inmortales —declaró Paulo con solemnidad.

Todos asintieron.

Dejando atrás el santuario de Atenea Pronaia, pasaron junto a un bosquecillo de laureles consagrado donde estaba la fuente Castalia, que brotaba entre dos piedras Fedríades.

—Piedras brillantes —tradujo Emiliano—. En sus aguas se purifica la Pitia y los peregrinos —añadió con la boca abierta.

Poco después descabalgaron y entraron a pie, en procesión, en la vía Sacra, ya en el interior del complejo religioso principal. Muchos eran los visitantes y devotos, pero se apartaron sin rechistar ante el paso de tan intimidante comitiva militar.

La calzada sagrada, perfectamente enlosada, ascendía una pronunciada pendiente que estaba flanqueada por doquier por columnas, estatuas en mármol y bronce, por unas maravillosas cariátides danzantes, por trofeos variopintos y, especialmente, por los conocidos «tesoros», los templetes y capillas con magníficas y policromadas metopas que representaban escenas mitológicas.

Aquellos pequeños templos, construidos por las más prominentes ciudades de Grecia, como Atenas, Corinto o Tebas, albergaban ricos exvotos y donaciones, casi todos en oro y plata, que los ciudadanos de las polis habían entregado al santuario como agradecimiento por algún hecho excepcional.

—Quien toque una sola ofrenda volverá a Roma nadando —abroncó Paulo al ver que algunos de los suyos, atraídos por el fulgor del oro, se desviaban y metían las narices en los tesoros.

Ya en lo alto, vigilados por la esfinge ofrendada por la isla de Naxos, colocada en la cúspide de una altísima columna, accedieron por fin al gran templo de Apolo, donde salió a recibirles un sacerdote del culto que pronto sacó a relucir sus dos principales y sibilinas armas, a saber, una sonrisa embaucadora y mover su lengua a gran velocidad.

—Compórtate de este modo ante estos rudos e ignorantes romanos y conseguiremos que nos den una gran ofrenda —le había instruido poco antes el sacerdote mayor con aires de superior desprecio.

Dicho y hecho. El interés por el oro movía montañas, por lo que el aludido sacerdote se plantó delante de Paulo y su séquito.

—Mi nombre es Pantauco y estoy a vuestro servicio. Os enseñaré todo cuanto hay que visitar. —Y se puso a narrar el origen del santuario desde el principio de los tiempos sin que sintiera la necesidad de respirar.

Paulo miró a sus hijos con gesto divertido. Mejor aquello que ser recibido con descargas de venablos, que es a lo que estaba acostumbrado en su larga vida militar cada vez que pisaba suelo extranjero.

Pantauco, un verdadero especialista en un parloteo asfixiante, les enseñó todo, en primer lugar las máximas escritas en el pórtico de entrada. El sacerdote leyó en griego con teatral afectación las tres primeras, y por ello las más conocidas.

—Conócete a ti mismo, nada en exceso y la confianza trae la ruina —reprodujo antes de callar por un segundo.

—La confianza trae la ruina —musitó Paulo, y miró nuevamente a sus hijos, remarcándoles bien aquellas palabras, como dándoles una lección. Siempre lo hacía, incansablemente.

Pantauco recuperó el aliento, llamándoles la atención para que se deleitaran con las metopas del templo, adornadas con los escudos persas capturados en la batalla de Maratón trescientos veintidós años antes.

Después, embelesados todos por aquella grandeza del pasado, les hizo pasar a la sala donde la pitonisa, sentada en una especie de trípode, entraba en trance y donde, por boca de Apolo, lanzaba sus oráculos y respuestas a las preguntas que se le formulaban.

Los romanos, alborotados por la ilusión, entraron como gallinas cluecas, muy ruidosas y desordenadas.

—Callad —exigió Paulo, esta vez muy sombrío—, no sea que queramos comenzar esta campaña ofendiendo a los dioses.

Todos sellaron sus bocas, pero no Pantauco. Qué razón tenía el gran sacerdote, pensó. Aquellos extranjeros eran tan poderosos como palurdos en aquella tierra que era superior en todo al resto de los pueblos.

Riendo en su fuero interno, reactivó su verborrea, contando algo que a buen seguro los divertiría.

—Cuando el gran Alejandro de Macedonia visitó el oráculo antes de marchar contra el imperio persa —se arrancó, señalando la grieta rocosa que despedía los vapores sobre los que se colocaba la pitia— preguntó si sería el dueño del mundo entero, ¡a lo que la pitonisa respondió que volviera más tarde! —exclamó como si contara una cuento para niños, consiguiendo el mismo efecto, pues los romanos le escuchaban con la boca abierta y ojos como platos—. Alejandro, que no podía admitirlo, cogió entonces a la pitonisa por los pelos, ¡y la arrastró por estas mismas losas! —declamó en su mejor interpretación, tanto que los romanos, impresionados, ahogaron un grito. Pantauco sonrió. La ofrenda iba a ser muy generosa. Continuó—: Fue entonces cuando la pitonisa gritó: «¡Alejandro, eres invencible!». Y el macedonio la soltó al instante y dijo: «Ya tengo la respuesta que buscaba».

Fue decir estas palabras y los romanos soltaron un coro de carcajadas y vítores, admirados por aquella historia protagonizada por un hombre excepcional en todo, Alejandro.

Paulo, esta vez, dejó hacer, pero por mucho que se lo insistió el pesado Pantauco, se negó rotundamente a realizar consulta alguna a la pitia, no fuese a ser que escuchase lo que no quería, más si cabe a la vista de lo supersticiosos que eran sus hombres.

Lo que sí ordenó de buen grado fue ofrendar un sacrificio con víctimas adultas debidamente adquiridas en el propio santuario. En este sentido, los sacerdotes se las apañaban para realizar pingües negocios, vendiendo ellos mismos los animales a un precio desorbitado.

Hecho todo esto, Paulo y su comitiva se marcharon encantados de Delfos, no sin que uno de los cuestores de las legiones entregara a los sacerdotes una pesada bolsa como donativo de la República de Roma.

—¿Ves? —le dijo el sacerdote principal a Pantauco, muy satisfecho de sí mismo y de su inteligente estrategia—. A los griegos hay que engañarlos con la astucia; a los romanos con cuentos.

—La historia de Alejandro nunca defrauda, especialmente por la maestría de mi narración —contestó Pantauco.

El sacerdote mayor torció el gesto de inmediato.

—A tus tareas, y a partir de ahora menos charlatanería —zanjó con sequedad y manifiesta autosuficiencia. Si los estúpidos hombres de la loba habían entregado aquel generoso donativo era por su brillante idea, no por la narración de Pantauco. ¡Qué tontería!