Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Tiempos de Pidna
25%

Tiempos de Pidna

Roma y Macedonia, abril a junio del 168 a. C.

La despedida

Emilio Paulo, enfundado en su uniforme de campaña, aguardaba con el gesto serio en mitad del atrio. Sus hijos Emiliano y Fabio lo hacían justo detrás de él, también ataviados con su panoplia y con semblantes igualmente circunspectos, incluso nerviosos, conscientes de la relevancia de aquella jornada. Las esclavas de la casa, casi todas ellas mayores y al servicio de los Paulo desde hacía décadas, se apostaban alrededor de la amplia estancia, entrecruzando las manos y enjugándose las lágrimas. Completaban la escena dos esclavos jóvenes de brazos fornidos que esperaban la orden para abrir los portones de la domus.

Nadie movía un músculo.

Apenas se oían las respiraciones.

Las figuras expectantes parecían un bello cuadro del más afamado pintor griego con magníficos colores con tonalidades rojizas, púrpuras y azuladas. Solo una realidad distinguía aquella escena de un luminoso fresco: el vocerío, uno apagado, pero al mismo tiempo atronador, que penetraba por las rendijas e inundaba el atrio de grandeza y agitación.

Paulo cerró los ojos e inspiró muy despacio. Después desplegó los párpados y giró su cuello hacia la estantería de los templetes que guardaban las imagines familiares. Pareció musitar algo, porque sus labios se movieron. Después rotó aún más su cuello y miró a sus hijos, hechos ahora un manojo de nervios. Y sonrió.

—¿Preparados?

Emiliano y Fabio cabecearon sin asomo de duda.

Paulo esbozó una nueva sonrisa y volvió a mirar al frente, otra vez con gesto grave, apretando los puños. Sabía que tenía la virtud de infundir en los demás tranquilidad, lo que no era impedimento para que él mismo necesitase su propia chispa e impulso. Al fin y al cabo, las esperanzas de todos los romanos descansaban sobre sus hombros.

Bombeó una vez más su pecho. Las crines escarlatas del casco se suspendieron en el éter. La coraza se expandió. Su manto rojo ondeó.

Miró a los esclavos que sujetaban los portones.

Y asintió.

Las puertas se abrieron de golpe. Entró la luz, pero también un griterío ensordecedor. Roma despedía a sus héroes.

Paulo abandonó su casa acompañado por un enorme séquito de ciudadanos, clientes, senadores y caballeros de la más alta nobleza y cruzó una ciudad que palpitaba en el jolgorio colectivo, rumbo al Capitolio para pronunciar sus votos ante Júpiter, siempre rodeado por una entusiasta multitud que se asfixiaba en las calles, que tomaba tejados y cubiertas de tabernas, que asomaba cabezas y brazos por las ventanas y que contemplaba cómo los más jóvenes y temerarios subían a lo alto de trofeos, estatuas y columnas.

Por supuesto, no había quien no lanzara flores y vítores hasta la ronquera. Siempre sucedía de este modo, pero mucho más ahora, porque los que partían a la guerra iban a ofrecer sus vidas frente a un enemigo más que renombrado y sobradamente peligroso, sobreexcitándose los ánimos y las muestras públicas de arenga y cariño que solo escondían el temor a la incertidumbre de la guerra y la muerte.

En los bordes del clivus Capitolinus y de la plaza del templo de Júpiter no solo se habían apelotonado gentes del común, todas ellas en éxtasis. También habían acudido a la despedida personajes de inmenso prestigio que con su mayestática y regia presencia honraban a los combatientes al son de canciones bélicas interpretadas por decenas de compañías de flautistas acompasadas por tubas de combate y tambores.

Paulo, encabezando la procesión de valientes, se detuvo en innumerables ocasiones para apretar su mano, siempre con aquel gesto de serena confianza en lo que fuese a emprender.

—¡Nos va a traer la victoria! ¿Es que no lo veis? —profetizó un ciudadano, que no pudo contenerse al ver aquel semblante.

Se redoblaron entonces los gritos y las marejadas de tal modo que Emiliano y Fabio, que avanzaban detrás de su padre, prácticamente lo vieron desaparecer engullido por la multitud. Pese a ello, los doce lictores hicieron bien su trabajo y despejaron el camino, abriendo una bolsa de espacio gracias a sus delicados mamporros.

Emiliano y Fabio apenas podían creerlo. Con diecisiete y veintiún años respectivamente lucían caras de felices pasmarotes por participar por primera vez en tamaño aparato de honor y dignidad, saludando sin parar a los grandes hombres que les despedían, ya fuesen los miembros del colegio de los pontífices, entre ellos el gran pontífice máximo Emilio Lépido; los flámines mayores y menores; todos los decemviri sacris faciundis, custodios de los Libros Sibilinos; los tresviri epulones y, en fin, el Senado al completo, muchos de cuyos patres participaban también de la marcha porque la alta cámara había decretado que los cargos de las legiones con jerarquía superior a los centuriones fuesen ocupados por quienes ya hubiesen desempeñado una magistratura. Tal era la importancia de aquella campaña contra Perseo de Macedonia.

Entre todas las personalidades colocadas en el borde del pasillo humano destacaba Tiberio Sempronio Graco,8 hombre ilustre donde los hubiera, que acababa de finalizar su censura y que a sus cincuenta y dos años era en sí mismo un dispendio de virtudes.

Emiliano puso cara de tonto al pasar a su lado, porque Graco era, a sus ojos, un monumento en vida, respetado incluso por sus adversarios.

—Que Fortuna os acompañe, y haced caso a vuestro padre en todo cuanto os diga —le dijo Graco a su paso, formal, como era él, pero con tono afectuoso.

Emiliano inclinó ligeramente la cabeza, con humildad y enorme respeto, hecho lo cual dedicó una abierta sonrisa a una mujercita adosada a Graco. Se trataba de la esposa de este, su prima Cornelia minor.

—¡El más guapo de todos los jóvenes legados! —rio ella al tiempo que le guiñaba un ojo.

—¡Y la más guapa de todas las matronas de Roma! —contestó Emiliano, agarrándola cariñosa y fugazmente del brazo, sin detenerse, pues no lo hacía el cortejo que se dirigía al templo de Júpiter—. ¡A mi regreso conoceré a tu nuevo hijo! —añadió alejándose. Su prima estaba nuevamente embarazada.

—¡Va a ser una niña! —intuyó ella alegremente.

—¡Una Sempronia entonces!

—¡Una Sempronia será! —celebró Cornelia, posando sus manos en su vientre. Después elevó la vista—. ¡Vuelve de una pieza! —gritó.

—¡Si tú me los pides, así será!

—¡Te lo pido! —chilló ella con efusividad.

Poco más adelante, cerca de donde se estaban iniciando las obras de la basílica cuya construcción había ordenado el propio Graco en la parcela que había ocupado la vivienda de Escipión Africano, Emiliano se topó con Catón, que lucía —cómo no— su famoso rictus avinagrado.

—Joven Emilio y Escipión —graznó el rancio senador, recordándole sus dos filiaciones, algo que le gustaba hacer a menudo para no citar solo a los Escipiones, porque conocida era su aversión a los mismos—. Joven Emilio y Escipión —repitió Catón—, ten siempre tus ojos y tus armas bien dispuestas, y si ves que mi hijo no lo hace, repréndelo con la mayor severidad.

Emiliano hizo un gesto con la cabeza, como si fuera un simple legionario al que le habla su cónsul, hecho lo cual, con mucho disimulo, miró hacia atrás con una media sonrisa, justo donde desfilaba el hijo mayor de Catón, que a sus veinticuatro años se había alistado en la caballería con desmedido entusiasmo.

Alto y delgado como su padre, rubio también, con iguales ojos azules tormenta e idéntica y magnífica napia, Catón hijo se detuvo un instante junto a su temible progenitor.

—No me defraudes —espetó Catón padre, sonando aquello como si una espada rozara estridentemente contra una lámina de hierro.

—Nunca —contestó el hijo, dicho lo cual se cuadró y continuó.

Emiliano cruzó su mirada con la de su hermano Fabio, ambos muertos de risa en su fuero interno. Si a cualquier otro hijo su padre, en lugar de animarlo, le hubiera ladrado aquel férreo «No me defraudes», habría salido corriendo rumbo a la Galia para perderse en los Alpes, pero no Catón hijo, acostumbrado a unas formas inclementes, aunque, eso sí, las propias de un buen padre y esposo, porque Catón, por muy agrio que fuera, era también un buen padre y esposo, cumpliendo siempre fielmente con sus obligaciones. En realidad, no había deber que no satisficiera el gran Catón.

Emiliano tuvo ocasión de saludar también a su prima Cornelia la mayor, que se meneaba nerviosa porque su amado esposo, Nasica Córculo, también marchaba como tribuno militar de la segunda legión.

—¡Un año entero de edil curul sin verle el pelo y ahora se marcha a Macedonia! —protestó ella con su rechoncho cuerpo.

—¡Pero qué edilidad más maravillosa! —exclamó Emiliano, que tenía con su prima una relación fantástica.

—¡Todos me dicen lo mismo! —refutó ella con los brazos cruzados sobre el pecho, siempre tan picajosa.

—¡Es que no es para menos! —rio Emiliano—. Nadie puede olvidar sus juegos circenses con sus sesenta y tres panteras y cuarenta osos y elefantes —añadió con matemática precisión, y no por capricho, sino con pura ironía, teniendo en cuenta que Catón había denunciado hasta la extenuación el derroche de adquirir para los juegos organizados por Nasica Córculo precisamente eso, sesenta y tres panteras y cuarenta osos y elefantes, ni uno más ni un menos, una inmoral novedad.

—¡Yo solo quiero a mi Nasica! —insistió Cornelia la mayor con el morro torcido, pero con tanta gracia que Emiliano no pudo evitar mirarla con sincera ternura. Qué distintas eran las dos hermanas. La mayor, afable y divertidamente enfadadiza. La menor, elegante e inteligente, reclamando, a decir verdad, haber nacido hombre.

Emiliano, sin embargo, no miró con tanto apego al niño de doce años que se aferraba a Cornelia maior con gesto antipático. Se trataba de su único hijo varón, Nasica el Joven, al que revolvió los cabellos dorados como forzada muestra de cariño para hacer feliz a su prima.

—Tu padre volverá siendo un héroe —le dijo al mocoso.

—Y tú no —se despachó la criatura.

—¡Cosas de niños! —se apresuró a decir su agobiada madre antes de añadir bondadosa—: Mi hermana y yo misma haremos diariamente sacrificios por Fabio y por ti. ¡Por todos los dioses, volved y hacedlo con la victoria! ¡Volved!

Emiliano sonrió, fulminó disimuladamente al pequeño y emprendió su camino justo cuando un soberbio manotazo impactaba en su espalda, aderezado con una estentórea carcajada. No había que ser muy agudo para saber de quién provenía aquel golpetazo.

—Metelo, no me partas la espalda antes de que lo hagan los falangitas macedonios —satirizó Emiliano sin dejar de sentir una intensa vibración por todo su cuerpo.

Metelo, con su corpachón campesino, vigoroso a sus treinta y dos años, cejudo y narigón, exhaló otra risotada. Se le veía muy feliz por tener la oportunidad de servir como tribuno militar en la cuarta legión y demostrar su valía, más si cabe cuando, en aquella ocasión, por voluntad del Senado, los tribunos no habían sido elegidos por el pueblo en asamblea electoral, sino directamente por Paulo, todo un honor.

—Todos temen por nuestra seguridad —dijo ufano tras repasar a la muchedumbre, contento por el protagonismo, pero algo sorprendido por tanta muestra de cariño.

—¡No es para menos! —exclamó Emiliano con gesto de que algo muy grande se les venía encima, porque no se partía para luchar contra simples ligures, galos o hispanos. Se hacía para combatir contra la tradición militar de los macedonios, el pueblo guerrero por excelencia, fruto del genio de Filipo y de su célebre hijo Alejandro.

Y es que Macedonia era tanto como hablar del poder de los cartagineses en su máximo apogeo o del imperio sirio de los seleúcidas, una autentica máquina bélica vigorosamente adiestrada con iguales o superiores recursos que la misma Roma, capaz de poner en el campo de batalla ejércitos de infantería pesada y de caballería superior a los cuarenta mil efectivos. Macedonia, en suma, infundía mucho temor, y aquel día, en medio del jolgorio, se advertía en las risas nerviosas de senadores, combatientes y ciudadanos, viniendo a las mentes el pensamiento de cuáles serían las vicisitudes de aquel enfrentamiento, lo incierto de los lances de la fortuna o la imparcialidad de Marte en la guerra.

Pensando en todo ello, Emiliano señaló a su padre y miró a Metelo, instándole igualmente a que posara sus ojos sobre Paulo.

Y dijo:

—Quién sabe si lo veremos pronto remontando el Capitolio con el ejército victorioso al encuentro de los dioses de los que ahora nos despedimos, o si dejaremos esa satisfacción al enemigo. Nadie es capaz de predecirlo, por lo que solo debemos desear una cosa, el coraje para alcanzar la victoria.

Y aceleró su paso, dejando a un Metelo pasmado por las palabras de aquel jovenzuelo. Él, desde luego, no habría sido capaz de pensarlas y mucho menos de expresarlas. ¡Vaya con el talentoso y grandilocuente polluelo de Escipión, ni que fuese Pericles!

Eso sí, él estaba completamente de acuerdo, porque coraje no iba a faltarle. Si se veía obligado a cargar en solitario contra las picas macedónicas, pues lo haría, que para algo era un Metelo.