Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Un enviado de los dioses
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Un enviado de los dioses

Roma, poco después

El acoso y derribo era ya insoportable. Emiliano abandonó el Campo de Marte como ya lo había hecho el día de su derrota frente a Craso por el mando de Asia, furioso, con paso de legionario, sin querer hablar con nadie, cruzando Roma como un bólido incandescente. Se consumía en los fuegos de su propia ira.

Todos querían arruinarlo, ¡todos!, también ahora por cuestiones de moralidad cívica, a él, ¡justamente a él!, que defendía las tradiciones contra viento marea. No podía haber más injusticia.

Una vez más cerró el portón de su domus en las narices de Fabio y de Lelio, que trataban de calmarlo, lo que era imposible.

Después galopó hasta el tablinum, corrió encendidamente la gruesa cortina que lo separaba del atrio y se sentó con el rostro demudado en una pequeña cátedra, con mirada violenta, deseando una vez más arrasar Roma entera. Ya no había pasaje de la Odisea que pudiera sosegarlo. Ya no había palabra que pudiera rescatarlo de su tormento. La humillación pública era insoportable. Y la ingratitud, aquella maldita ingratitud, un cuchillo clavado en sus vértebras.

—Señor —oyó de pronto, como un tímido susurro.

—Señor —oyó de nuevo.

Sumamente contrariado, no creyendo que nadie en aquellos momentos se atreviera a importunar su soledad, levantó la vista en busca de aquel cansado murmullo. Para su sorpresa, su viejo esclavo Estacio, aquel mismo que le había dicho pocos años antes que Roma lo necesitaba para aplastar Numantia, estaba delante de él, como una aparición, con actitud humilde y sumisa, discreto, aferrando en sus huesudas y desgastadas manos un estuche cilíndrico.

Tentado estuvo de echarlo a patadas, pero no lo hizo.

—Qué quieres, Estacio —le dijo con brusquedad. El anciano no contestó, depositando en una mesita un estuche de cuero.

Emiliano, extrañado, miró sucesivamente a su siervo y al objeto. Estacio se arrancó de nuevo, a su manera, cual tortuga centenaria.

—Señor, soy ya muy mayor, pero mis ojos y mi lengua materna griega me permiten seguir leyendo, porque en esta casa siempre nos ha permitido hacerlo a condición de que cumpliéramos bien con nuestras obligaciones. Y yo lo he hecho —dijo con un poso de orgullo—. Yo he leído con entusiasmo al gran historiador Fabio Píctor, del que he aprendido que esta ciudad trata injustamente a sus grandes hombres…

Una sonora tos de garganta seca interrumpió a Estacio, pero ya en ese momento el rictus destructor de Emiliano había mudado a otro de pasmo e incluso de admiración por aquel saco de huesos que tenía delante. Era verdad que Estacio era un esclavo aqueo de los tiempos de Macedonia y que, en efecto, sabía leer griego —era como escribía Píctor—, pero que le estuviese contando aquello como si fuese uno de los siete sabios de Grecia lo había dejado totalmente desarmado.

—Continúa, Estacio, continúa —le conminó cuando dejó de toser.

—Decía que Roma trata mal a sus grandes hombres. Marco Furio Camilo tuvo que exiliarse a Ardea. Cayo Marcio Coriolano marchó injustamente a tierra de los volscos. Y el propio Escipión Africano murió en Literno. Por qué Roma se comporta así, yo no lo sé, pero si ocurre de nuevo es porque el señor de esta casa tiene que ser también un grande entre los romanos. El destino de todos ellos es la incomprensión en vida, pese a que, después, son recordados como héroes —dijo con permanente humildad al tiempo que señalaba el estuche y, con pasitos cortos, giraba poco a poco en redondo y se marchaba como lo hace un alma tranquila, desvaneciéndose.

Emiliano estaba estupefacto. Incluso se asomó al cortinaje por si Estacio no era tal, sino algún dios generoso que había tomado su cuerpo para traer uno de sus mensajes.

No, no lo era. Por el atrio avanzaba el viejo siervo hecho carne y hueso, tan real como las sorpresas de la vida.

Emiliano volvió a su cátedra, se sentó e hizo lo que parecía imposible apenas unos instantes antes, sonreír. Y recordó que Carbón había nombrado pocos días antes a Eurípides, cuyas tragedias se caracterizaban precisamente por mostrar dioses y héroes un tanto cómicos, hombres con pasiones y defectos, mujeres fuertes y, sobre todo, esclavos inteligentes. ¿No era aquella Roma justo de este modo? Pues siéndolo, cómo le alegraba contar con un siervo instruido.

Tranquilizado, tomó el estuche de cuero —Estacio no había traído uno cualquiera— y lo abrió, dejando resbalar el rollo de papiro.

Emiliano dibujó una nueva sonrisa.

La vida volvería a depararle otra oportunidad, como a Camilo y a Coriolano, porque si sus adversarios nunca se rendían, él tampoco, por mucho que tratasen de cortarle los pies. Jamás capitularía.

Desenrolló el papiro y volvió a recordar.