El discurso
Roma, comienzos de febrero
Metelo se levantó eufórico.
Era su gran día.
Desayunó acompañado de su esposa Atilia y de sus siete hijos, cuatro varones y tres féminas, que le iban a dar tantos nietos que en pocos años Roma entera vería caminar por el cursus honorum un sinfín de Metelos, porque su gens, la Cecilia Metela, crecía y crecía, y no solo en número, también en influencia. Cuando los Claudios menguaran y los Escipiones decayeran, solo iba a haber Metelos para dirigir los designios de Roma. ¡Era maravilloso!
Deglutidas con fruición todas las viandas matutinas —los nervios y la impaciencia no le quitaban el hambre, sino todo lo contrario—, se vistió con la toga de candidato, realizó los sacrificios rituales a los lares del hogar, le dio un cariñoso beso en la mejilla a su querida esposa y a sus tres hijitas e irrumpió en la calle seguido de sus cuatro hijos varones, todo un espectáculo familiar.
Ondeando ya la bandera roja en el Janículo, descendió la colina palatina, salió de la ciudad por la puerta Carmenta, quemó bajo sus pies el suelo del Campo de Marte, se acercó hasta los multitudinarios saepta por en medio de un pasillo de gentes que admiraban su gigantesca presencia, subió al estrado de los candidatos y, simplemente, sonriendo como un labriego que ve cómo su cosecha de lechugas germina de modo espléndido, esperó a que la mayoría de las centurias le dieran su voto, una detrás de la otra.
Y pasado el mediodía ya pudo decirlo.
Era censor de Roma.
Había ganado.
Siguiendo la costumbre, investido ya con la toga enteramente púrpura, caminó hasta el altar de Marte con semblante magnánimo pero severo, controlando cada gesto, cada mirada, cada insolencia, cada desgana o cada descuido de los ciudadanos, porque aquel que no superara sus cánones de moralidad pública y privada sería expulsado del censo, del álbum de los senadores, de la lista de caballeros o de donde hiciera falta, que para algo era censor y proverbial su exigente disciplina.
Poco después, rodeado por los padres conscriptos, por los miembros de los colegios religiosos, por los más altos ciudadanos de la clase ecuestre y por una inmensa multitud apelotonada a su alrededor, se sentó solemne en la silla censal. Hizo lo propio, aposentando sus nalgas blanquecinas, su colega en la censura, el ojos de huevo Quinto Pompeyo.
Metelo lo miró de soslayo.
Por mucho que la vida le deparara con desquiciante monotonía compartir senda con aquel insoportable pelirrojo, lo seguía odiando con todas sus fuerzas, más ahora que también era su colega en la censura. Eso sí, no podía comprender que las centurias le hubiesen dado un solo voto. Y es que Pompeyo era tan mentiroso y traidorzuelo que debería expulsarse del Senado y devolver el caballo público. Era una ofensa a la integridad de Roma que alcanzase la censura, pero de todos era conocido que el cuerpo ciudadano romano, cuando ejercía el sufragio, era un espectro caprichoso de escasa memoria y nula capacidad para valorar qué era lo mejor para la colectividad.
—Metelo, tienes que hablar ya —oyó que le graznaba Pompeyo con su desagradable voz de pito.
Metelo gruñó desde la profundidad de sus cuerdas vocales. Era verdad que como censor más votado debía iniciar el ritual con un discurso, como lo hacían todos los censores para mostrar las directrices que iban a marcar el lustro y cuán o poco de rigurosos estaban dispuestos a ser en su censura, pero lo haría cuando él quisiera, no porque se lo ordenara Pompeyo. ¡Faltaría más!
Lo que sí hizo fue escudriñar a los senadores más cercanos, todos ellos en primera fila, formando un amplio círculo a su alrededor. Los recorrió con la vista, a todos, pero precisamente a él no lo encontró.
—Metelo —oyó que graznaba de nuevo Pompeyo.
—Todavía no, que esperen —espetó sin dejar de buscarlo.
—¿Y por qué no? —ladró su colega con cara de asco.
Fue entonces cuando Emiliano se abrió paso hasta la primera fila.
—Ahora sí —dijo Metelo con una enorme sonrisa, y se puso en pie. Ya estaba en disposición de cumplir lo prometido.
Iba a hacerlo, además, con una perorata de lo más original que le iba al pelo, una que no iba a dejar indiferente a nadie, impactando violentamente como lo hacía el rayo al caer sobre un árbol, por sorpresa, fugaz y vertiginoso, hasta derribarlo aparatosamente. Él, por supuesto, era el rayo y Emiliano el pobre arbolito.
Se arrancó con formidable frecuencia vocal.
—Quirites, ¿qué creéis que es lo más importante? ¿Qué creéis que nos hace verdaderamente fuertes? ¿Acaso lo es cuidar los campos, gestionar con diligencia nuestros bienes o servir en las legiones como buenos ciudadanos? ¿Lo es? —interpeló inquisitivo y bien metido en su posición moralista—. Son estas, sin duda, cosas importantes que nosotros, los censores, cuidaremos con celo, tanto que si no sois capaces de hacerlo nos encargaremos de que lo hagáis por vuestro bien y el de todos, colocándoos dentro de las centurias y de las tribus allá donde lo merezcáis, no más. Aun así, insisto, ¿es esto lo más importante? ¿Lo es?
Nueva pausa, la suficiente para inflar sus pulmones y arremeter de improviso como solo él sabía hacerlo.
—¡Pues no, no y no! —abroncó súbita y desaforadamente, provocando que miles de ciudadanos pegaran un brinco. El Metelo más rudo y bruto, el de pobladas cejas, el de pecho de toro y manos de campesino se les echaba encima sin compasión—. ¡Lo más importante de vuestras vidas, aquello que sustenta todos nuestros valores más esenciales es la familia! ¡Sí, la familia! ¡Familia, familia y familia! —despotricó hasta que, nuevamente, de pronto, fingió calmarse y poner cara de sorpresa—. Pero, oh, claro, hay quienes afirman que para tener familia hay que pasar por el matrimonio, que es, dicen, cosa de lo más incómoda porque debe soportarse a una mujer… Pero yo os digo, ¿desde cuándo hay que verla como nuestra enemiga? Porque yo comparto que si pudiéramos estar sin ellas todos nos evitaríamos ese fastidio, por supuesto, porque no hay quien no sufra las molestias inacabables que nos dan. ¡Esa es la verdad y yo no podría ser vuestro censor si os mintiera! ¡El matrimonio, base de la familia, es incómodo! ¡Mucho! —tronó más ancho que largo.
Prosiguió sin descanso.
—Pero como la naturaleza humana ha dispuesto que no podamos vivir sin ellas, debemos mirar por la conservación eterna y hacerlo como orgullosos ciudadanos de Roma. Por ello debemos satisfacer una trascendental obligación, ¡casarnos! —bramó todo digno, hecho lo cual se encogió como para contar un confidencia—: Pero, quirites, debemos casarnos, sí, pero hay que hacerlo en realidad por un bien superior. ¡Qué digo, un deber inexcusable! ¡Uno que, oh, por todos los dioses, no todos cumplen! Eso he dicho, ¡un deber que no todos cumplen! —aulló con renovado énfasis y miró fijamente a un solo hombre de los miles que se apelotonaban en el Campo de Marte.
A uno solo.
A Emiliano.
Metelo sonrió imperceptiblemente.
Su aguijón más venenoso pugnaba por salir despedido.
Y emergió mefítico y chorreante.
—¡Ese deber que no todos atienden, quirites!, ¿sabéis cuál es? ¿Lo sabéis? ¡Pues yo sí! ¡Es la procreación de los hijos! ¡Porque para ello sirve precisamente el matrimonio, para procrear, procrear y procrear! ¡Y yo, como censor, esposo y padre ejemplar de siete hijos, os exijo que engendréis sin descanso! ¡Porque quien no lo haga no podrá llamarse ciudadano! ¡No podrá ser digno ni de esta ciudad ni de sus ilustres antepasados! ¡Quien no tenga hijos nunca será digno de llamarse romano! ¡Nunca, nunca y nunca! —sentenció en un gutural chillido, agresivo, a lo Catón, exteriorizando la descomunal potencia moral de un censor al tiempo que seguía clavando sus ojos de forma inclemente e inculpatoria en Emiliano.
Este seguía milagrosamente en pie, firme como otro coloso, imperial, pero azotado por el gigantesco vendaval de reproche de los miles de ciudadanos que acababan de rotar sus cuellos para recordarle con desprecio que él, todo un Escipión Africano, no tenía descendencia.