Enemigos de Roma (Escipión Emiliano 3) Rematar a Emiliano
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Rematar a Emiliano

Roma, comienzos de febrero

Tan pronto como Craso partió rumbo a Pérgamo, la actividad política de Roma, indiferente al cataclismo de Emiliano, se activó nuevamente cual viborilla a la que le pisan la cola.

Llegaron nuevas noticias desde Sicilia que anunciaban que el procónsul Rupilio no solo había puesto por fin orden en la isla después de limpiarla de esclavos insurrectos, sino que sufría de un especial ataque de creación legislativa con el fin de regular la vida de los hombres en la región cual Solón de Atenas. Ese espasmo legislativo tenía forma de ley. La ley Rupilia, la llamaban.

—Una extravagancia ególatra —opinó Metelo Macedónico en la intimidad de su hogar y en presencia de sus cuatro hijos tan robustos como las columnas del Partenón de Atenas. El mayor de su vástagos, aquel al que había abroncado hacía ya doce años en su campaña celtibérica, tenía ya casi la edad para presentarse a la edilidad, y a la cuestura el segundo y el tercero de sus queridos vástagos a los que amaba sin mesura. Hombres ya hechos y derechos.

También por aquellas fechas Carbón presentó ante el pueblo una rogatio para que las asambleas que votaran la aprobación de los proyectos de ley fuesen por tablillas, o lo que es lo mismo, secretas, propuesta que fue aprobada con entusiasmo, la lex Papiria tabellaria.

—Este sí que es un ególatra peligroso de los de verdad —dijo igualmente Metelo antes de añadir con guasa—: Pero me cae bien. Él solito ha provocado que Emiliano y el resto de los radicales que pueblan el Senado estén ahora dando chillidos de desesperación mientras se chocan entre ellos como pollos sin cabeza porque nunca más podrán usar la coacción en los comicios y asambleas. ¡Me parto de risa! —bramó, y lanzó una grotesca carcajada ante sus hijitos que le miraban como oseznos deslumbrados por la salvaje fuerza de su padre oso.

Ocurría que Metelo, después de un tiempo callado como un muerto en el foro y en el Senado, había decidido desperezarse y volver a hablar de nuevo de cuestiones políticas. Que le hubiera tocado los testículos a Emiliano el día de la asamblea de la guerra de Asia no era casualidad, sino su deseo de activar su vida pública. ¿Y por qué? Pues por puro interés al haber presentado su candidatura a la censura o, lo que era lo mismo, a la magistratura del censo, de la moralidad pública y privada, de la honradez, de la rectitud y de la integridad.

Como él creía poseer todo aquello en abundancia, no tenía duda alguna de que en los comicios centuriados que iban a celebrarse próximamente alcanzaría tamaño honor, convirtiéndose a sus cincuenta y nueve años en el primer miembro de la gens Cecilia en conseguirlo, hito que le inflaba como un pavo. Por fin podría mirar cara a cara las imagines de sus antepasados más ilustres con la certeza de haberlos superado. No podía estar más exultante.

En estas lides, brincando cual cervatillo feliz por su próxima censura, tres días antes de las elecciones recibió en su domus palatina una visita de lo más inesperada, Sempronia.

Metelo la recibió de inmediato, conduciéndola al comedor. Ella, no obstante, rehusó llevarse nada al estómago.

—En tu despacho, por favor —pidió ella educadamente, pero con signos de que no iba a admitir otra cosa, mostrando que algo serio barruntaba en su cabecita.

Metelo, una vez que la tuvo sentada enfrente, apenas separados por una mesita redonda en la que solo había una jarra de agua, la observó con detenimiento. Sempronia, que rondaría ya los treinta y seis años, seguía luciendo un rostro alargado dominado por unos enormes ojos ovalados. Su rostro, sin embargo, ya no era juvenil. Las arrugas asomaban alrededor de su boca. Peinaba también canas por mucho que tratase de disimularlas con un tinte cobrizo, y su piel, antaño lisa y tersa, descubría pequeñas manchas marrones.

Con todo, lo que más le sorprendió a Metelo fue su mirada, antes dulce y tonta y ahora dura, profunda y apaleada, carente de ingenuidad. Demasiado sufrimiento en aquel cuerpecillo de cuello largo y brazos desarticulados.

—Te creía en Miseno, con tu madre —le dijo para activar la conversación a la vista de que Sempronia permanecía tan hermética como hierática.

—Y lo estoy. He venido solo para estar contigo y volveré en cuanto termine —espetó ella sin perder su gesto abrupto.

Metelo apretó los labios y cabeceó suavemente.

—No me equivoco si afirmo que debajo de ese semblante adusto aflora la felicidad por los batacazos políticos de tu esposo —persistió en su intento por arrancarle las palabras, en este caso con ironía, lo que funcionó, pues ella habló, y de qué manera.

—Por mí, como si se muere.

Metelo sintió que un escalofrío recorría su espinazo.

—¡Por Hércules, Sempronia, ¿a qué has venido?!

Sempronia, con su espalda estirada como una cobra, echó el cuerpo ligeramente hacia adelante.

—He venido para reclamar de ti algo muy sencillo.

—No hay en la vida nada sencillo.

Sempronia contrajo los labios sin que Metelo supiera si aquello era una sonrisa o un gesto de repugnancia.

—Escúchame bien —dijo ella—. Quiero que mi esposo conozca, no solo la vergüenza por haber fracasado en su intento de dirigir la guerra, sino una humillación pública aún peor.

—¿Y existe si hablamos de Emiliano?

—Por supuesto que sí —aplastó Sempronia—. Hablo de un juicio moral de reproche, aquel que encuentra su origen en el bochornoso incumplimiento de uno de los deberes de todo hombre —siseó enigmática y rezumando rencor.

Metelo arqueó una ceja. Aquello parecía una propuesta de lo más interesante.

—¿Y cómo puedo hacer yo tal cosa?

—Muy simple, siendo censor de Roma y hablando al pueblo como tal —contestó Sempronia—. He venido hasta aquí arrastrándome en las sombras y miré por las mismas tinieblas solo para pedirte que hables como debe hacerlo un censor de Roma.

—Entiendo…

—Porque nadie duda, y yo tampoco —continuó Sempronia como una aparición fantasmagórica—, de que vas a ser censor.

—Este año no hay candidatos patricios —recordó Metelo.

Sempronia asintió malévola.

—Más a mi favor. Serás el primer censor. Y a ti te corresponderá abrir el lustro. Habla por mí —remarcó, clavando sus ojillos ovalados.

Fue esta vez Metelo el que inclinó el cuerpo hacia adelante.

—¿Y qué gano yo con todo esto?

Sempronia dejó escapar una risita destructiva.

—¿Me tomas por tonta? Ya no soy la niña ingenua que él ha manejado a su antojo —enfatizó sin decir en ningún caso «Emiliano».

—Ya me he dado cuenta —resopló Metelo.

Sempronia ladeó la cabeza, un gesto muy de su madre Cornelia.

—Todos conocemos el estado de salud de Claudio. Cómo cojea, su color pálido, sus dolores de huesos… No estará mucho en el mundo de los vivos.

—Probablemente.

—Y sin Claudio y con él humillado y derrotado —prosiguió ella, evitando una vez más citarlo—, Roma acabará siendo tarde o temprano de los Cecilios Metelo. Contribuye a su destrucción. Erosiona sus cimientos y llegará el día en el que se desplomará.

Metelo se recostó en el respaldo de la cátedra, cruzando sus manos en la nuca, visiblemente satisfecho. Nunca había querido implicarse en la lucha entre Claudianos y Emilianos, dejando que poco a poco se matasen entre ellos. Y a fe que estaba ocurriendo, pero aquella propuesta no le exigía ponerse en medio, solo debilitar a uno de los contendientes. Era una buena oferta.

—¿Y de qué quieres que hable? —preguntó malicioso.

—De algo de lo que tú eres un ejemplo —sentenció Sempronia con el odio galopando por sus venas azuladas.